bolsitas.

Usted tiene ritos, como todo el mundo. De esos que ordenan su rutina – a veces tanto como las horas y los segundos -, cosas que lo hacen sentir tranquilo, en paz, que le dan satisfacción. O simplemente, cosas que no puede dejar de hacer, aún si no sabe bien por qué.

Imagine que entre sus ritos favoritos está la reunión de amigos. Mismo día de la semana, suponga que viernes, misma hora, mismas actividades. Entre ellas, el pedido de comida, siempre al mismo lugar. En general, la misma comida.

Todas las semanas, aproximadamente a la misma hora, llama por teléfono a un lugar en el que ya lo conocen. Casi no necesita pedir la comida, tampoco dar la dirección. Es un sentimiento placentero, que lo ubica en tiempo y espacio.

Es la misma sensación que experimenta con la relación amorosa establecida, el placer de la costumbre, de los códigos privados entre dos. Usted y su delivery. La seguridad de lo que conoce.

Cuando suena el timbre, y los estómagos no pueden más, usted va a buscar las bolsas de plástico blancas que presagian la saciedad del hambre con ansiedad maldisimulada.

Ritos.

Hasta el día en que algo cambia. Suena el timbre y usted baja como siempre. Pero las bolsas no están. Mientras sube en el ascensor cargando paquetes que le queman las manos, levemente inclinado hacia atrás para que la torre de milanesas y pastas no termine en el piso del ascensor, se pregunta el por qué de semejante desatención.

Busca la respuesta excusatoria. Probablemente no tenían más. Deja pasar el desliz.

Pero se repite. Una y otra vez, sus manos sienten el calor de la comida recién hecha y sufre por la posibilidad de que un mal paso eche a perder la velada.

Comienza a inquietarse. Y no puede evitar la analogía.

Como en toda relación, un día desaparece la ropa interior de encaje. Aparecen los slip gastados, las bombachas de algodón con los bordes un poco estirados.

Ya no hay cena a la luz de las velas, sino unas empanadas pedidas a las corridas, porque el día fue duro y no hay ganas de cocinar.

Un día se rebela, y pide comida en otra parte. Pero no es lo mismo. Falta ese punto exacto de deleite que se espera porque se recuerda. El sabor en el paladar que parece más delicioso porque lo siente incluso antes del primer bocado.

Finalmente, toma una decisión. Sopesa los pro y los contras de esa relación que aún lo contenta, incluso si no es lo que era. Piensa en que las cosas no siempre son todo lo que uno desea, pero no por eso hay que salir corriendo a buscar nuevas sensaciones.

Y se compromete. Vuelve a llamar a su restorán favorito.

Cuando traen la comida, baja con sus propias bolsitas de plástico.

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  1. #1 por Mirta el septiembre 5, 2009 - 3:38

    Mucha imaginación, mucha vida vivida, mucha observación, viaje hacia adentro, como el cami no de Octavio Paz. Mucho talento, no te lo dijo porque si. <te felicito nuevamente.

    • #2 por g. el septiembre 5, 2009 - 14:59

      mirta, muchas gracias por todos los comentarios! me haces sonrojar…

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