nushu.

En ese pueblo de geishas y samurais, las mujeres no hablaban con los hombres.

Ellas podían entenderlos, pero ellos a ellas no.

Cansadas de intentar explicarles, se dieron cuenta de que los hombres tenían los oídos tapiados a sus delicadas voces. Les bastaba con que fueran hermosas, sumisas y que cantaran como el ruiseñor.

Pero ellas querían más. Querían sus propias palabras.

Sabiéndose menos poderosas dentro de la ley, se volvieron fuertes fuera de ella.

Durante cientos de años, ellos no se dieron cuenta de las miradas cómplices. No dieron importancia a las sonrisas o las lágrimas en los rostros de sus esposas, hermanas, madres e hijas cuando recorrían un pedazo de tela con las pequeñas manos blancas.

“Cosas de mujeres” pensaban los muy tontos, mientras ellas inventaban formas, dibujaban sonidos, buscaban belleza con sentido y coherencia.

Las palabras les pasaban por delante a esos hombres sin que pudieran comprenderlas. Las cenizas de poemas leídos se evaporaban frente a sus ojos.

Ellas les faltaban el respeto, se burlaban de ellos, se sabían menos ignorantes. Inquebrantables.

No necesitaban legitimidad, ni reconocimiento alguno. Sabían que solo sobrevivirían en el silencio compartido.

Así convirtieron la supervivencia en cultura.

Ningún hombre, ninguna revolución pudo destruir lo que ese puñado de mujeres habían logrado.

Con la tenacidad característica del género, ellas supieron sostener su legado contra todo, sin alardear, un murmullo que no se acalla.

Y finalmente, vieron a sus hijas crecer en un mundo que no las dejaba (tan) afuera.

Y fueron felices, aunque también sintieron un poco de pena por esas chicas que nunca sabrían como era crear en el secreto lenguaje de las mujeres.

(hoy el nushu es una atracción turística que deja ganancias a mujeres y hombres en la región de Hunan, China)

Anuncios

,

A %d blogueros les gusta esto: