lilith.

“Me voy al bar con los muchachos. No me esperes”, espeta Camilo, antes de cerrar la puerta de calle. La enorme casa queda en silencio. Maite yace en el piso, hecha un ovillo. Un hilo de sangre se desliza desde su boca hacia el mentón. Un moretón anterior, amarillo, bordea su ojo izquierdo.

Maite se incorpora trabajosamente, con la mano en la costilla derecha. Una sola lágrima se desliza, sigilosa, por su mejilla, mezclándose con la sangre. Está oscureciendo. Entre penumbras, Maite sale de la habitación. Prende la luz del lujoso baño y se para frente al inmenso espejo de tres cuerpos. Se inclina y se toca con suavidad el moretón, y con un trozo de papel tissue limpia la sangre y la lágrima. Abre la canilla, toma el agua que cae con sus manos y bebe un poco. La pileta blanca, inmaculada, se tiñe de un rojo desabrido cuando escupe. Se mira de nuevo al espejo, levanta el mentón. “Basta”, le dice a la imagen en el espejo, se dice a sí misma, le dice a él.

Entra al dormitorio y toma la escopeta que cuelga de la pared. Va hacia la cómoda, abre un cajón y extrae dos cartuchos. Los sopesa con la mano, piensa que nunca los había sostenido, que no pesan tanto como creía. Se sienta en el borde de la cama, coloca el arma entre las piernas y carga los cartuchos en las cámaras.

La puerta de entrada se abre. La luz exterior se cuela en el comedor oscuro, proyectando la sombra de Camilo. Arroja las llaves en una mesa y se saca la campera. Entra al dormitorio. Un fogonazo y un estruendo inundan el cuarto. Camilo se arroja al piso, cubriéndose la cabeza con los brazos. Astillas y un poco de revoque le caen encima. Maite está parada al lado de la mesa de luz, apuntándole, con un bolso negro al lado. Le hace señas a Camilo para que se levante. Los pantalones de Camilo están húmedos por la orina, que forma un pequeño charco en el piso al ponerse de pie. Maite se acerca, lo da vuelta bruscamente y se coloca detrás de él. Le pega con la culata, tan fuerte que Camilo se desvanece.

Cuando despierta, está en la cocina, sentado en una silla. Intenta soltarse, pensando en cagar a trompadas a esa hija de puta. Pero no puede. Tiene la muñeca derecha inmovilizada con unas esposas que lo sujetan a la estructura de metal de la alacena, la estructura por la que alguna vez discutieron tanto que él terminó la conversación con una bofetada.

Camilo le ordena que lo desate. Maite sale de la cocina. Camilo le grita que lo va a lamentar, que cuando se suelte… Maite entra sin el arma y con el bolso en la mano. Deja el bolso en el piso. Ceremoniosamente, se quita el anillo de la mano izquierda y lo apoya en la mesa. Luego abre todas las hornallas y el horno y cierra las ventanas de la cocina. El aire se llena del olor penetrante del gas, y de su silbido, suave y monótono. Aterrorizado, Camilo empieza a gritar, pide perdón, jura que la ama y que nunca más va a volver a tocarla. Maite lo mira y asiente. “En eso tenés razón”, murmura, mientras toma el bolso y cierra la puerta tras de sí.

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  1. #1 por micromios el octubre 26, 2009 - 4:56

    Buen relato, lástima que la realidad supere la ficción.
    Saludos

    • #2 por g. el octubre 26, 2009 - 22:36

      si, es más triste la realidad – y mas compleja.
      saludos.

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