cocodrilo volador.

El chico era un salvaje. Cada noche, hacerlo dormir era una lucha cuerpo a cuerpo de la que mamá nunca lograba salir victoriosa.

Era chiquito, pero ningún tonto. Cuando mamá, que siempre había creído que ella no aterrorizaría a sus hijos con historias de monstruos y fantasmas, le dijo en un acto de desesperación que si no dormía lo iba a agarrar el cocodrilo que vivía debajo de la cama, él sacó la cabeza de la almohada, colgó medio cuerpo hacia abajo, y levantando la colcha le contestó desafiante que ahí sólo había zapatos y juguetes, y que no era posible que entrara un cocodrilo.

Así pasaban las noches. Ella ojerosa, él con los ojos abiertos como el dos de oro.

Hasta que mamá le habló del cocodrilo volador. Ése que vendría por el aire, a través de la ventana del quinto piso en el que vivían, a buscarlo y castigarlo por ser un nene malo.

La miró un rato, callado. Le aseguró que los cocodrilos no vuelan, sintiendo un poco de pena por esa mujer que de grande tenía esas ideas locas en la cabeza.

Mamá le juró y le rejuró que sí. Que ella lo había visto una vez asomarse a su propia ventana, cuando tenía la edad de él. Que desde ese día le agarró tanto miedo que se dormía sola para no verlo aparecer con sus dientes filosos y sus alas enormes.

Esa noche el chico no durmió. Como todas las noches. Pero esa vez, y los días que siguieron, se pasaba las horas de sueño en la ventana, esperando.

A la semana, mamá se levantó por enésima vez a retarlo.

La habitación estaba vacía.

Se acercó muda de horror al ventanal, sin querer pensar en el cuerpito de su hijo destrozado en la vereda.

Pero allí no había nada.

Llamó a la policía, a la familia, despertó a todos sus conocidos sin saber qué hacer.

Cuando el sol asomaba entre los edificios, y ella se había cansado de llorar, se produjo un silencio en la casa llena de gente. En ese momento, apenas perceptibles, sintió unos pasos húmedos en la habitación de su hijo.

Entró justo en el momento en que una enorme cola verde oscuro se elevaba en el aire, hacia el cielo que comenzaba a aclararse.

En la cama, su hijo la miraba con los brazos en jarras.

Lo abrazó como si no lo quisiera soltar nunca más.

Él la miró con esos ojos tan parecidos a los de ella.

“Me mentiste. No tiene alas enormes”, le dijo, muy ofendido, antes de dormirse profundamente.

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