civilización (I).

Los hombres y mujeres de Las Lomitas no sabían qué era lo que había en ese camión por cuya parte trasera asomaban grandes estructuras de acero y hormigón.

Llegó de madrugada, interrumpiendo el lento ritmo del despertar de los paisanos con el brrrm del motor.

Se asomaron tímidamente a las ventanas, espiando apenas a través de las cortinas cerradas. No había ninguna indicación en las puertas o en el inmenso capot que pudiera contarles algo. Debía venir de la capital, conjeturaban, ante la falta de patente que pudiera dar alguna indicación acerca de su procedencia.

Esa mañana fue agitada. Los tranquilos habitantes del pueblo estaban a la espera de que algo sucediera, pero el conductor del camión dormía tan orondo en el interior, después de lo que seguramente había sido una agotadora jornada de viaje nocturno.

Para las diez de la mañana, podía decirse que había una multitud apostada en la vereda frente al enorme vehículo. Eso si puede llamarse multitud a los casi 100 habitantes de Las Lomitas, que habían dejado de lado sus labores para llevar sus reposeras, sus termos y mates, y mirar el camión como si se tratara de una nave extraterrestre.

Cerca de las diez y media llegó el intendente, que nunca se levantaba más temprano porque, proclamaba, los asuntos del pueblo lo mantenían despierto hasta altas horas de la noche. Los lomitenses sabían de la afición del buen hombre por la mala bebida, y contrariamente a lo que puede creerse, respetaban sus vicios sin levantar rumores al respecto. Después de todo, el pueblo era un lugar tan tranquilo que no hacía falta un intendente sobrio. De paso,  su cargo lo mantenía alejado del uso de maquinarias pesadas, con las que hubiera podido hacerse daño.

Una vez que lo pusieron en tema, el funcionario tomó cartas en el asunto.

El resto del pueblo lo miraba expectante mientras se acercaba al camión con paso firme. No tan firme en realidad, más bien un poco trastabillante por la resaca. Acostumbrados a esas minucias, los espectadores hicieron caso omiso al momento en que casi se resbaló y estuvo a punto de caer de culo al piso.

El dueño del videoclub comenzó a tararear la canción de “A la hora señalada”, antes de que su mujer lo codeara y lo mirara fijo para hacerlo callar.

El intendente golpeó la puerta del camión. Bam, bam, bam. Algunas cotorras, que disfrutaban en los árboles del sol de la mañana, salieron volando hacia el cielo azul que adelantaba otro día de sequía. Pero del camión no salió nadie.

*continuará.

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  1. #1 por cecilia el noviembre 12, 2009 - 14:11

    Y?que habia en el camion?espero la proxima,atrapante historia¡¡Saludos.

  2. #2 por Flavia el noviembre 12, 2009 - 22:02

    Ahh, noo, que intrigaa!.. odio cuando me hacen estas cosas, me mata la ansiedad…

    Esperando la continuaciónn!
    Saludos!

    • #3 por g. el noviembre 12, 2009 - 22:18

      jejeje… mañana, mañana… saludos!

  3. #4 por RP el marzo 21, 2010 - 12:01

    quiero saber q paso c el chofer dormido!estaba dormido?

    • #5 por g. el marzo 22, 2010 - 9:25

      siga leyendo, que faltan tres partes!
      sakut y gracias por pasar!

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