civilización (III).

priviously on civiliseiyon…

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–  Pero, pero… – el dueño del ramos generales no podía abrir más los ojos sin que le dolieran – yo no puedo competir con los precios que van a tener ellos.

–  Y tienen cafeterías, ¿no? – preguntó el dueño del bar, en tono apenas audible.

–  Cafeterías, librerías, videojuegos, de todo… –

El forastero hablaba con indiferencia, más preocupado por su teléfono que por el efecto que causaban sus palabras. Pero el murmullo y las miradas insistentes lo hicieron levantar la cabeza. Se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, dejó por un momento el celular, vio a esa gente que lo miraba como si se hubiera convertido en el enemigo y afirmó, más como excusa que como realidad,

–  Trae mucho trabajo también eh. Seguro que todos ustedes van a poder trabajar ahí – el silencio era tan pesado como el calor. El camionero carraspeó -. Ahora, si no les molesta, ¿podrían decirme desde donde puedo comunicarme con el resto de la cuadrilla?

–  Nosotros no pedimos un supermercado – repitió el intendente, que para ese momento estaba completamente sobrio.

–  Oiga don, yo lo entiendo. Pero yo sigo órdenes, soy un empleado nomás. Para quejarse tendría que llamar a los capos, a los que toman las decisiones, y hablar con ellos. No sé si va a poder cambiar algo, pero trate. Mire, de verdad necesito hablar por teléfono. No sabe lo que cuesta llegar acá, por ahí los muchachos se perdieron…

–  Sabe que pasa – interrumpió el dueño de la librería –este es un pueblo de gente tranquila, estamos bien como estamos, no nos gusta que vengan de afuera a modificarnos la vida.

El conductor estaba comenzando a perder la paciencia, pero se sabía superado numéricamente. Además no podía evitar sentir un poco de pena por ese pueblo que dentro de poco vería alterada toda su vida por la decisión de unos ricachones en capital.

*continuará

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