civilización (IV).

Para saber qué pasó antes, lea acá.

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–  Nosotros estamos muy bien así – seguía hablando el librero – tenemos nuestras costumbres, nuestras tardes tranquilas, nuestras siestas, nuestros asados los domingos…

–  Uy, bueno, no saben lo que es la carne del “Compre mucho”, para chuparse los dedos, ¡y los chorizos, no saben lo que son los chorizos!

–  No, usted no entiende. Nuestra carne es mucho mejor.  No queremos carne importada. – dijo la maestra con toda la pedagogía de la que era capaz en ese momento.

–  ¿Cómo importada? No, no. Es carne nacional.

–  Llamamos importada a la carne que no es del pueblo. – el hijo de la médica cerraba los puños para no irse encima de ese hombre desagradable.

El camionero lo miró.

–  Ah. Ah. Claro. Pero ¿tienen vacas acá? Yo no vi ninguna cuando venía.

–  Las vacas son sagradas. Sería un sacrilegio comerlas – remató el cura.

Las cosas estaban poniéndose muy extrañas. Los pueblerinos estaban tomando una actitud francamente hostil hacia el recién llegado, que no sabía bien como reaccionar a las miradas antipáticas. Pero había algo más. Algo que él no podía definir bien, que comenzaba a ponerlo en alerta.

Decidió cortar por lo sano. Definitivamente había algo raro. Un sentimiento mezcla de compasión y miedo lo llevó a cerrar esa charla que se estaba tornando un tanto inquietante.

–  Bueno, miren, vamos a hacer lo siguiente. Les propongo algo. Yo voy a desandar el camino. Cuando llegue a una zona con señal, voy a decir que no existe el pueblo, que teníamos mal las coordenadas. Eso va a darles tiempo para hacer los reclamos necesarios. Quizás puedan modificar lo que va a pasar.

Todos asintieron con lo que él interpretó como alivio y agradecimiento. La tensión que sentía se aflojó en un segundo.

El intendente le extendió la mano para cerrar el trato.

–  Siendo así, lo invitamos a usar el teléfono del almacén –  en la voz del hombre podía detectarse ahora el buen humor -. Y de paso a beber y a comer algo, debe venir cansado.

Y no le soltó la mano, sino que lo atrajo hacia sí y le paso el otro brazo sobre el hombro. Se vio rodeado por el resto del pueblo, que lo miraba con naciente estima. Se sintió importante.

“Qué bueno es hacer algo por los demás” pensó el camionero. “Por ahí puedo venir de vacaciones con la Coqui. Parece tranquilo el pueblito éste”, y se dejó llevar, mientras se vanagloriaba internamente por su capacidad de empatía.

Mientras el intendente se lo llevaba, seguido por varias decenas de personas, quedaron atrás la médica, su hijo y el dueño de la librería, acompañados por algunos lomitenses más. La médica se dirigió a su hijo y a otros jóvenes que lo rodeaban en tono calmo pero incuestionable.

–  Vayan con el camión a la entrada, agarren el cartel de bienvenida, cárguenlo  y llévenlo varios kilómetros al oeste. Ocupense de los carteles indicadores que están cincuenta kilómetros más allá, ya saben cuáles – todos asintieron. -Después sigan un poco más, vayan hasta el río y tiren esta porquería ahí. Lleven otro auto para volver.

Los chicos corrieron a cumplir con las órdenes. La médica y el librero emprendieron la marcha hacia el ramos generales.

–  En unas horas tenemos que empezar a hacer el fuego– dijo él, mirando el cielo despejado. – Va a estar linda la noche para comer al aire libre

La médica asintió.

–  Parece que vamos a comer carne importada, ¿no? – comentó el hombre.

–  Parece – se encogió de hombros -. Está bien. De vez en cuando no viene mal un cambio de hábitos.

* Muchas gracias al Sr. Viñao, que de buena onda se dedicó a corregir los errores de redacción de esta historia. Sí sí, desinteresadamente. Y después dicen que no hay gente buena en el mundo…

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