el hombre de piedra.

Cuando se vio la punta del dedo meñique notó algo raro.

Fue al baño a lavarse, pero nada. Era su piel la que se había tornado gris y más sólida.

No sentía dolor, sólo una cierta rigidez que nunca había sentido antes. “Qué extraño”, pensó.

A la mañana siguiente, el asunto era francamente preocupante. Todo el dedo. Era como si se estuviera convirtiendo en piedra. Pero no podía estar convirtiéndose en piedra. ¿O sí?

Esa misma noche estaba frente a un grupo de médicos que lo contemplaban estupefactos. Sus brazos y piernas se habían tornado mineral sólido. Podía razonar y hablar a la perfección, pero ya no podía moverse.

Los doctores trabajaban contrarreloj buscando una cura a esa enfermedad que nunca habían visto. Cerca de la medianoche le comunicaron que probablemente no llegara a la mañana siguiente. Lo que suponían un virus seguía avanzando, y no creían que hubiera nada que hacer.

Desesperado, confundido, sabiendo que esas insólitas horas eran las últimas, mandó llamar a su anciano padre. Sabía que ver a su hijo en ese estado le rompería el corazón, pero necesitaba decirle adiós. Era su única familia en el mundo, y aunque algunas diferencias que ya no parecían importantes los habían separado muchos años atrás, no quería irse con esa carga en el corazón.

El viejo llegó de madrugada, luego de de viajar en micro desde la ciudad costera en la que vivía.

Entró en la habitación, en la que una pantalla titilaba monitoreando la actividad cerebral del pobre moribundo, que para ese momento era una estatua con cabeza humana.

El padre se acercó a su único hijo y lo tocó en la mejilla, que se iba endureciendo progresivamente.

El hombre de piedra ya no podía abrir la boca. Miró a su visitante con ojos amorosos, esperando que no hicieran falta palabras.

El viejo se irguió, sosteniéndole la mirada, apoyando todo su peso en el bastón. Suspiró, y con impotencia apenas contenida, exclamó:

– No podías convertirte en oro, ¿no? – se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta – no hay caso, siempre fuiste un completo inútil.

Antes de que su cerebro se transformara en roca sólida, mientras lo veía salir, el hombre recordó qué era lo que más le molestaba de su padre.

Era esa gente a la que nada, pero nada, le venía bien.

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  1. #1 por micromios el noviembre 26, 2009 - 18:54

    Me ha encantado. Para que veas que tenemos cierta conexión yo escribí hace unos dias un relato de alguien que se da un golpe en un dedo y se transforma. Aunque creo que el final del tuyo es imposible de superar.
    Saludos

    • #2 por g. el noviembre 26, 2009 - 21:01

      que bueno que te haya gustado!… ahora espero ansiosa el del golpe en el dedo eh…
      saludos.

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