la muerte es una oficina pública (I).

Fue casi un acto reflejo. Encendió el cigarrillo y le dio una pitada, en esa oficina fría en la que había aparecido apenas dos segundos después de que los médicos lo declararan clínicamente muerto.

Lo saboreó y lo disfrutó enormemente. Hacía varias semanas que no podía fumar, entubado como estaba en esa cama en la que uno a uno sus seres queridos se habían despedido de él.

Pensó en su esposa, ¿qué sería de ella ahora? ¿Volvería a casarse pronto, o se quedaría sola esperando el momento en que volvieran a estar juntos? Esperaba que no, pero a la vez esperaba que sí. “Se ve que ni muertos dejamos de ser contradictorios”, pensó amargamente.

Jorge estaba sumido en esos pensamientos cuando se abrió la puerta de la oficina. A través de ella entró una mujer voluminosa, con los cabellos mal teñidos de rubio ceniza. Vestía un uniforme celeste que no acentuaba precisamente sus atributos, si tenía alguno.

–    Está prohibido fumar, caballero – soltó secamente mientras se sentaba frente a él con una pila de papeles y una Bic azul con la punta explotada.

–    No me va a decir que da cáncer…- como siempre que se ponía nervioso, se escondió detrás del humor negro. Le dio placer descubrir que la muerte no lo había cambiado.

La mujer lo miró por primera vez, como quien ve volar una mosca.

–    El humo nos molesta a todos, no solo a los vivos.

–    ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?

–    Oficina de admisiones, área América Latina – la voz, casi robótica, inició un ritual repetido infinidad de veces – Nombre completo, por favor.

–    Jorge Carides Herrare.

–    Jor-ge-Ca-ri-des-Hee-rre-ra – los dedos se movían con parsimonía manejando la birome sobre el papel.

–    No, no. HerrArE. Con A y E, al revés. HerrArE.

Irritada, la mujer abrió un cajón del escritorio que los separaba, mientras lo miraba como si él hubiera sido el responsable del error. Sin dejar de mirarlo, tomó corrector, lo sacudió y modificó el apellido.

–    Suele pasar, no es un apellido común y…

–    ¿Edad?

–    42.

–    ¿Ocupación?

–    Oficinista.

–    ¿Ciudad de procedencia?

–    Buenos Aires.

–    Firme aquí, aquí, aquí y aquí.

Giró la pila de papeles y extendió la birome. Él la tomó, y mientras firmaba pensaba en cómo averiguar qué estaba pasando. Por más fantasías que hubiera tenido sobre la muerte, nunca había imaginado esto. La voz de la mujer cortó sus pensamientos.

–    Al salir de esta oficina vaya al fondo del pasillo y doble a la derecha. La tercera ventanilla, donde hay una cola larga de gente, es Asignaciones. Presente este formulario ahí.

–    ¿Ahí me dicen qué me toca? –

Jorge se daba cuenta de que la empleada había escuchado miles de veces esa misma pregunta, pero no podía evitar hacerla.

Ella asintió. Estaba claro que no había nada más que decir, así que se puso de pie mirando el formulario. De repente, se detuvo aterrorizado.

–    Este, disculpe, acá hay un error. Está marcado “Infierno” -, extendió el papel a la mujer, que seguía haciendo anotaciones en la pila.

Ella contestó sin levantar la cabeza.

–    No es un error. Pasillo al fondo, a la derecha, tercera ventanilla. Buenas tardes.

–    ¿Cómo que no es un error? ¡Yo no me merezco el infierno! – su voz sonaba extrañamente chillona, nunca había estado tan asustado – el infierno es para los Hitler, los Mussolini, el Papa. Yo soy un tipo que no hizo daño a nadie, ustedes no pueden condenarme sin que yo me pueda defender, ni protestar.

–    Señor, yo necesito seguir con mi trabajo, me quiero ir en horario, y si usted me distrae yo no puedo trabajar.

–    Yo no me voy hasta que usted no me solucione este problema, y si usted no puede, quiero hablar con su supervisor.

En el rostro de la mujer aparecieron algunos puntos rojos de irritación.

–    Señor, hay más gente que usted esperando eh…

–    Dije que no me voy y no me voy.

Se sentó pesadamente en la silla. La mujer respiró hondo y levanto el teléfono, mientras le dirigía una mirada asesina. Habló conteniendo el enojo.

–    ¿Don Pedro?. Tenemos un agitador.

Colgó el tubo. Ambos se estudiaron en silencio. Él repiqueteó los dedos impacientemente contra uno de los apoyabrazos.

continuará.

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  1. #1 por Flavia el noviembre 30, 2009 - 17:29

    eehh! un agitador!! ajaj .. interesante… espero con ansias la continuación =)
    Saludos!

    • #2 por g. el noviembre 30, 2009 - 17:36

      ya viene, ya viene…

  2. #3 por Juan Sebastián Olivieri el abril 6, 2011 - 9:35

    No pude encontrar la continuación

    • #4 por g. el abril 6, 2011 - 12:28

      arriba del post, a la derecha, em gris clarito, esta la entrada posterior. esa es la segunda parte.

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