reencuentro.

A la hora indicada la mujer estaba sentada en el banco de plaza en el cual ambos se habían conocido hacía casi 35 años.

El banco en el cual él le había declarado su amor. En el cual la había dejado, poco tiempo después, cuando le dijo que lo de ellos no sería posible.

Recordaba todo, los momentos de felicidad que habían pasado juntos, y los tristes, los que había pasado sola, recuperándose del dolor, curando la herida que le había dejado ese amor que nunca había vuelto a sentir.

Por eso estaba allí. Dos matrimonios y tres hijos después, aún tenía fresco en su nariz su aroma, mezclado con los cigarrillos que fumaba incesantemente. ¿Seguiría fumando? ¿Seguiría usando el mismo perfume?

No podía negar que se sentía profundamente movilizada por esa vuelta de la vida. Una segunda oportunidad, al fin.

Miró el reloj. Habían quedado a las nueve. Ella había llegado cinco minutos antes, para estar primera. Sabía que él no llegaría a tiempo, nunca se había caracterizado por la puntualidad. Sonrió a los transeúntes que seguramente la consideraban una loca más.

Tantos años atrás…

En aquel momento no entendió por qué la había dejado. Mucho menos cuando lo vio del brazo de esa otra chica. Y de la que vino después. Y de la de después. Y de las siguientes.

Acarició el banco de plaza. Siempre iban allí. Frunció el ceño. No era cuestión de dinero, ella no tenía problema en invitarlo, nunca había sido esas mujeres a las que les gusta que “las saquen a pasear”.

No. Tenía que admitirlo, se trataba de que él no era un tipo demasiado innovador. Vamos, era aburrido.

Pero sus besos… ah, sus besos. Cuanto placer, cuanta satisfacción le daba el contacto con  esos labios rudos y masculinos. ¿Quién necesitaba un hombre con iniciativa si daba esos besos? A los 17 años, era la cumbre del pecado. De hecho, solo pensar en ello le provocaba una ligera excitación ahora, a los 52.

Volvió a mirar el reloj. Era cierto, pensó. Él era un poco corto. No era esa gente que hace sentir cómodos a los demás. Y no se debía a que se pasara el tiempo buceando en las profundidades de su alma, no. Aunque en aquel entonces a ella le gustaba pensar que sí.

En realidad, siempre había sido un tanto…bruto, por decirlo de alguna manera. De hecho, había dejado pasar que los correos electrónicos que le había enviado mientras arreglaban el encuentro estaban no solo mal redactados, sino también plagados de faltas de ortografía. No iba a dejar que el hecho de que él no hubiera aprendido a expresarse detuviera la que quizás era su última posibilidad de experimentar amor…

*****

Cuando él llegó al fin, en el banco de plaza había un sobre. Lo tomó en sus manos, temblando, desilusionado por no encontrarla allí.

“Mi querido Alberto:

Tu llegada tarde – que no me sorprende -, me dio tiempo para reconsiderar nuestra historia.

La verdad sea dicha, no sé por qué motivo pasé todos estos años pensando en vos. Vista en perspectiva, nuestra relación – si puede llamarse así al mes y medio en que me trajiste a este mismo banco de plaza una y otra vez -, no fue ni tan fascinante, ni tan maravillosa como mi memoria me lo ha hecho creer.

Lamento haberte hecho perder el tiempo viniendo hasta acá. Valga por los minutos acumulados que me pasé esperándote.

Por favor, no me escribas más. No soporto tu horrorosa redacción.

Te recuerda siempre,

Beatriz”

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  1. #1 por enerk el diciembre 9, 2009 - 18:51

    Es la memoria. La memoria pone en tensión la experiencia del pasado, con todo el tiempo que ha pasado. La memoria no es una cosa así nomás, es seria. Y acá aperece con toda su potencia feroz: la memoria te transforma el presente. Ay si pudiésemos olvidar… ¿No es nuestro desesperado intento por mantener vigentes los blog un arrebato de súbita desconfianza en la memoria?
    Es hermoso.
    Me voy a llorar otro poco.

    • #2 por g. el diciembre 9, 2009 - 19:11

      y dale con la memoria… que temita tenés con eso eh!
      no llores, despues el tiempo te va a demostrar que no era para tanto. si sabés interpretar el pasado.
      beso.

  2. #3 por cecilia el diciembre 12, 2009 - 20:41

    yo te conté esto? me hiciste la radiografia nena. je¡¡

    • #4 por g. el diciembre 12, 2009 - 21:01

      no, no me contaste, pero si te paso me tenes q contar!
      beso!

  3. #5 por fla el febrero 5, 2010 - 9:10

    E -XE -LEN- TE!!!!! Si, creo que definitivamente hay gente que simpre llega tarde, en toda la extención del término…..
    Me encanto y cuantos Albertos hay, no?

    • #6 por g. el febrero 5, 2010 - 10:18

      puf, lleno.

  4. #7 por fanou el marzo 12, 2010 - 7:24

    Que analítica Beatriz, que sabia y madura. Yo creo que la memoria tiende a idealizar, a recordar lo bueno y pasar por alto lo malo. Bien por Beatriz.
    Excelente cuento.

    • #8 por g. el marzo 12, 2010 - 11:07

      gracias yolanda. es verdad, muchas veces los recuerdos son mas benevolos que la realidad.
      salut!

  5. #9 por carolina el febrero 22, 2011 - 0:13

    Ah, un final fulminante, como los que me gustan!! me encantó

    • #10 por g. el febrero 22, 2011 - 0:42

      un final al fin para la pobre que se habia quedado enroscada en el mambo del ex ideal y no se acordaba del ex real.

  6. #11 por Juan Sebastián Olivieri el marzo 31, 2011 - 14:25

    Me gustó Gabriela. Me gustan tus cuentos cortos. Me gustan mucho.

    “…no soporto tu horrorosa redacción.” es buenísima. Es una frase muy adecuada para dar por fin el alta a 35 años de tratamiento.

    • #12 por g. el abril 1, 2011 - 16:54

      gracias sebastian, me alegro de que te gusten. ojala pueda retomar el ritmo que el trabajo me esta impidiendo retomar.

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