berretadas (III).

El souvenir.

Telas color pastel.

Confites

Brillantina.

Ceramica fría.

Alambre.

Cartulina brillante.

Nada bueno puede salir de esa conjunción de elementos.

Si hay un objeto inútil, obsoleto, y completamente innecesario, es el souvenir.

No es sencillo entender cuál puede haber sido el motivo por el cual alguien en algún momento de la historia de la humanidad tuvo la desgraciada ocurrencia de entregar un presente berreta a aquellos con quienes había decidido compartir algo importante de su vida.

Entre todos los eventos vulgares, vacíos de sentido y acartonados que integran una celebración de relativa envergadura – bautismos, comuniones, confirmaciones, bar y bat mitzvah, casamientos -, el souvenir es el más triste y patético.

Es el recuerdo decadente de algún rito de pasaje propio o ajeno, que se tira en un estante de la casa, y no se vuelve a mirar jamás.

Y está bien que así sea.

Se ponen amarillos.

Pierden el color.

Se les despega la brillantina.

Su única finalidad es recordarnos que el paso del tiempo es inexorable.

Responden a esa desesperada necesidad que tenemos de dejar una impronta en la vida de los otros, incluso en estos tiempos de tecnología en los cuales quien quiera poder evocar el festejo no tiene más que tomar fotografías con su teléfono o con una cámara digital.

El souvenir no sirve para nada.

Sin embargo, nadie lo rechaza. Las reglas de convivencia en sociedad impiden esta posibilidad. Creemos que si decimos “no, gracias, realmente no voy a apreciar este objeto que estás entregándome, por eso prefiero no aceptarlo antes que mentirte”, podemos desatar una hecatombe en nuestra relación con la persona que tan amablemente nos invitó a celebrar.

La tolerancia al souvenir es un síntoma más de nuestro eterno problema: la falta de sinceridad, que nos lleva a acatar ciegamente las reglas según las cuales tenemos que dar o aceptar algo que no es más que un gasto de dinero y un derroche de mal gusto. Todos lo sabemos. Pero no lo decimos.

Seguimos el juego – como seguimos otros – porque creemos que una pequeña mentira no cuesta nada.

Pero nos equivocamos.

Es esa acumulación de nimias falsedades – no las grandes, esas son como elefantes y pueden detectarse y cuestionarse – la que hace que no podamos cambiar el mundo en que vivimos.

El miedo a ofender al otro en su propia y pequeña estupidez, incluso si la ofensa puede hacerlo reflexionar.

Hay una sola excepción a la regla del souvenir: las bolsitas de cumpleaños, llenas de cosas ricas y juguetes. Permiten disfrutar un ratito de alegría. Es como seguir la fiesta un poco más, y después se acabó. Solo queda el buen recuerdo, que durará tanto como lo merezca, y no morirá amargamente en el estante de algún mueble polvoriento.

Así que empecemos desde lo más pequeño.

Erradiquemos el souvenir entregado de compromiso. Si no es bolsita de cumpleaños, no lo demos ni lo recibamos.

Quizás de ese modo comenzaremos a cambiar algo.

Anuncios

,

  1. #1 por MX el diciembre 11, 2009 - 18:54

    devolvé la bolsa!

    • #2 por g. el diciembre 11, 2009 - 21:21

      claro, la actitud es esa.

  2. #3 por Almita el diciembre 30, 2009 - 18:09

    Peor sería guardar TODOS los que uno recibe. Un catálogo de bizarreces y absurdidades insoportable. A mi hace rato que no me ofrecen, por suerte 🙂

    • #4 por g. el diciembre 30, 2009 - 18:33

      no, hay q ser justos y no guardar ninguno. asi nadie se ofende.

  3. #5 por RP el enero 9, 2010 - 17:23

    a mi me pasa algo similar con los aplausos xq si, cuando habla x ejemplo una autoridad, o cuando solo se la nombra ante el publico. me genera impotencia tener q pararme y apludir!!!!

    • #6 por g. el enero 9, 2010 - 17:38

      eso, eso, empecemos una campaña por no pararse y aplaudir gente porq si.
      beso,

  4. #7 por paola el abril 1, 2010 - 11:51

    jajajaja es cierto, el souvenir junta polvo y confieso que alguno he guardado alguna vez y con el tiempo son hasta tenebrosos, me acuerdo de un angelito medio tornasolado que un día me desperté y me miraba en al oscuridad, ahhhh, fuera bicho! también recuerdo un souvenir de 15 de una amiga de mi hermana que era muy pero muy fea y me pegué varios cagazos también en alguna que otra madrugada…
    yo creo que si una persona tiene así como una necesidad imperiosa de enchufarte un souvenir podría tener la amabilidad de hacerlo comestible, preferentemente de chocolate no? Así el souvenircótico se queda contento entregando algo y el gordito como uno se lo engulle y no junta porquerías que le provoquen un soponcio 🙂
    muy bueno el blog y congrats por salir en OBLOGO!

    • #8 por g. el abril 1, 2010 - 12:37

      siiii, totalmente, el souvenir deberia ser algo aprovechable. chocolate es bueno, si la gente quiere q te dure, q se yo, una vela aromatica, un paquete de sahumerios…
      no entiendo como aun no existe una comision evaluadora de souvenirs…
      gracias por pasar y por las felicitaciones!
      salut!

A %d blogueros les gusta esto: