en este barco.

Este barco no está mal. No es que me moleste el camarote que me toca, o la gente que me rodea. Es buena gente, con buenas intenciones.

Este barco avanza y yo avanzo con él, inevitablemente, dentro de él. Soportando las mareas y las tormentas. Y sé que hay mareas peores, aunque eso no me consuela.

Por algún motivo siento, sé, que este no es mi barco. Mientras avanzamos ambos, yo soy consciente de que el destino al que me lleva no es el destino al que quiero llegar, que al final del camino hay un puerto en el que las decepciones y los arrepentimientos serán más de los que pueda soportar. Y solo podré arrodillarme en las maderas húmedas y podridas del muelle y llorar porque no pude cambiar el recorrido.

Sin embargo, no puedo bajarme a mitad de camino. Tengo miedo de ahogarme, miedo a los tiburones y la inmensidad del océano. A convertirme en un náufrago tratando de mantenerse a flote, aferrado a una madera y muriendo de hambre y sed.

Tengo miedo de abandonarlo y extrañarlo después.

Ningún barco es perfecto. No me lo repitan, no es necesario. Me doy cuenta de que a la larga todos los barcos son igual de monótonos. Pero hace mucho que no hay tierra a la vista, y temo que la próxima parada sea la definitiva. Y si no lo es, si es una más, quizás – seguramente – no tenga el valor para negarme a volver. Al mismo barco. Al mismo rumbo.

No puedo amotinarme. Mis compañeros de viaje no van a acompañar mi necesidad de modificar la ruta, están conformes o no se preguntan cómo están, y si se lo preguntan no lo comparten conmigo. Así que debo aceptar que lo que haga, lo voy a hacer en soledad.

He visto a otros bajarse. Los he visto subir a otros barcos, incluso los he visto atravesar tribulaciones para lograrlo. Admiré su coraje y desprecié mi cobardía. Los vi alejarse y deseé ser ellos. Luego los olvidé, como se olvidan todas las cosas que nos recuerdan que no somos capaces de ser lo que seríamos capaces de ser si fuéramos capaces de asumir el riesgo.

Pero cada vez más el mar me llama. Quiero sumergirme en el agua fresca y salada y dejarme ir, flotar hasta ver tierra o encontrar una canoa, un botecito, algo pequeño pero mío, que me lleve al barco en el que quisiera estar.

Tengo la certeza de que ese otro barco está en alguna parte. Quizás no esté lejos.

Así que voy a cerrar los ojos y tomar todo el aire que puedan contener mis pulmones.

Voy a saltar.

Después, sólo es brazada tras brazada.

Y yo sé nadar.

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  1. #1 por Gustavo el diciembre 14, 2009 - 9:57

    Que bueno sentir que el barco en el que estamos no es el nuestro!!
    Miles y miles de personas jamàs se lo plantean siquiera, algunos cientos lo hacen, pero prefieren la comodidad del camarote en el que nacieron y crecieron, y solo unos pocos se animan a bajarse…todo es cuestiòn de saber esperar el momento adecuado…aunque sepamos nadar.

    • #2 por g. el diciembre 14, 2009 - 12:33

      si, igual, mas alla del planteo, requiere un coraje que te la voglio dire bajarse eh…
      un abrazo.

  2. #3 por fanou el diciembre 14, 2009 - 14:23

    Que hermosa metáfora…

    • #4 por g. el diciembre 14, 2009 - 14:38

      gracias!
      saludos,

  3. #5 por enerk el diciembre 17, 2009 - 23:20

    Tu post me exige actualizar un dicho popular en clave marítima: no hay barco que venga bien. Y acá, barco reemplaza a poronga en un sentido figurado, porque si lo hiciese en un sentido literal, sería problemática. Quiero decir que en un sentido literal, el dicho es posible pensando en una poronga, con un barco se complica aún más. O mejor dicho, la metáfora del barco está tan bien construida, que por eso se asume como metáfora. Pero con la poronga, no hay metáfora que alcance.
    Genial, como siempre.

    • #6 por g. el diciembre 17, 2009 - 23:23

      pero hay tantas metaforas poronguiles… sera porq no alcanzan?
      muy fino lo tuyo. sutil. delicado.

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