la vieja de los gatos.

En una casa tapada de enredaderas vivía la vieja.

La vieja tenía muchos gatos, tantos que ni ella sabía cuántos eran.

No les ponía nombres, se relacionaba con ellos a través de caricias, alimento y agua.

No se sabe si la vieja dejó entrar a los gatos a su casa para no sentirse sola o si fueron los gatos los que le permitieron a ella vivir allí, a cambio de comida gratis y sin esfuerzo. Una especie de arreglo conveniente para ambas partes.

La vieja siempre aseguró a quien quisiera oírla que le hablaban. Que por las noches, cuando ellos despertaban después de haber pasado todo el día dormitando, vienen y le cuentan cosas del pueblo y las afueras.

Hace unas semanas, la vieja empezó a juntar maderas. Todas las tardecitas salía de su casa con un carro de supermercado que quién sabe dónde encontró, y cargaba las maderas que pudiera llevar. No importaba que fueran grandes o pequeñas, ella las levantaba con una fuerza impensable para su frágil cuerpo y las llevaba con ella a su casa tapada de plantas.

Después, la vieja contrató a un grupo de albañiles, y les pidió que con las maderas le armaran un barquito.

Para reirnos de ella, el otro día nos acercamos mientras regaba su descontrolado jardín. Le preguntamos por qué estaba haciendo el barco. Nos dijo que se venía la inundación, que los gatos se lo habían pedido porque no les gusta mojarse. Le recordamos que el pronóstico era lapidario, no llovería en todo ese verano ardiente y caluroso. La vieja se encogió de hombros, murmuró algo sobre mirar mucha televisión y se fue para adentro. Nosotros no podíamos más de la risa.

La vieja terminó su barquito. Se lo ve fuerte, acogedor e increíblemente espacioso. Las maderas de diferentes colores generan un muy lindo efecto al moverse al ritmo del agua que hace tres días arrasó con el pueblo, sus casas, gente y animales.

Mientras los pocos sobrevivientes esperamos las lanchas de rescate que no sabemos cuándo van a aparecer, no podemos dejar de observar, mojados y hambrientos, como los gatos nos miran sobradores mientras se alimentan de la vieja, que no resistió los embates de las olas y murió en silencio, sentada en una reposera en la proa.

Qué envidia.

Ya quisiéramos nosotros estar secos, tener comida – aunque sea una vieja muerta – y un barco en el que salir de acá.

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  1. #1 por chrieseli el enero 25, 2010 - 8:54

    Incisivas palabras para un final poco ortodoxo en una fábula post moderna. Interesante de punta a cabo.
    Saludos

  2. #2 por g. el enero 25, 2010 - 10:13

    gracias chrieseli. me ha gustado mucho tu escalera.

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