adela, el olvido de la muerte.

Fue el día de su cumpleaños número 120 cuando a Adela la invadió por primera vez la sospecha.

Al principio se sintió feliz y sobresaltada, como cuando algún comerciante distraído falla a nuestro favor e intentamos disimular saliendo rápidamente del local sin mirar atrás, haciéndonos los distraídos.

Estaba atenta todo el tiempo a cualquier señal de que le hubiera llegado la hora, para aferrarse a la vida con todas su fuerzas, llegado el caso, hasta que confirmó sus suposiciones: no sabía como lo sabía, pero era una certeza. La muerte la había olvidado.

Era la última sobreviviente de un siglo que había quedado atrás. Uno a uno, sus parientes y amigos habían desaparecido. Adela era el resquicio de generaciones que ya no estaban, la voz viva del pasado, al alcance de la mano.

Pero también era una carga, una vieja hinchapelotas y bastante cascarrabias, o al menos eso pensaban sus nietos, que ya tenían nietos propios para cuidar, con esa tendencia tan humana a despreciar a los mayores.

Hay que decirlo, las quejas y el trato despectivo cesaron cuando ella cumplió 128 años y se convirtió en la persona que más había vivido desde que se registraban ese tipo de datos inútiles.

Cuando su tataranieto, licenciado en administración de empresas, comenzó a ocuparse del canon que cobraba la mujer más longeva del planeta por sus apariciones públicas, el nivel de vida de la familia entera mejoró sustancialmente. Ella no pudo evitar notar que a medida que aumentaban las arcas aumentaba la hipocresía con la que la trataban. Los dejó hacer, sabía que tenía todo el tiempo del mundo para cortarles el chorro de la explotación y el afecto fingido.

Era la única persona en el mundo que podía afirmar acerca de cualquiera que bailaría sobre su cadáver.

Con su habitual lucidez, un día dijo basta. A los 135 años tomó la mitad del dinero que había ganado por perdurar y lo entregó a su numerosa familia. Ellos pensaron que la anciana estaba dando su último adiós. Fueron a dormir con la sospecha de que ya no volverían a hablar con ella, anticipando cada uno su estrategia en la batalla por la mitad de la pequeña fortuna que la vieja egoísta les estaba escatimando.

Estaban en lo cierto, ya no la verían. A la mañana siguiente el único rastro de Adela era una carta de despedida.

Con su parte del dinero, contrató un chofer que la llevara hasta el aeropuerto, donde sacó un pasaje solo ida hacia el Caribe, y compró una modesta pero acogedora choza a orillas del mar, donde pudiera disfrutar del calor y la belleza de ese paisaje de ensueño.

No pasó mucho tiempo antes de que los pueblerinos supieran su secreto y decidieran hacer uso de la presencia de Adela para levantar la economía local. El pueblo se transformó en foco del turismo, y a toda hora, en la entrada de la casa de la pobre mujer que solo quería vivir tranquila acampaban alemanes con bermudas y medias con mocasines, colorados como camarones, japoneses con cámaras de fotos, yanquis ruidosos y molestos, y todos los que pudieran pagar un viaje al Caribe para escapar de sus rutinas y de sus propias patéticas existencias mortales.

Como había llegado, Adela desapareció. Dedicó los siguientes cinco años de su extensa vida a explorar el mundo, buscando un lugar en el que pudiera estar en paz.

No hubo caso. En todas partes se repetía la historia.

Una noche, Adela se hartó. Estaba en el Tíbet, donde habían comenzado a considerarla una divinidad. Agotada de la estupidez de los hombres, que se le hacía insoportable, escribió una carta a la muerte.

“De mi consideración:

El motivo de la presente es informarles que obviamente hubo un error en sus registros. Llevo en esta tierra más tiempo del que deseo, y si bien amo la vida, ya no soporto confirmar una y otra vez que la especie a la que pertenezco está irremediablemente perdida.

No quiero más, ¿podrían venir a buscarme, por favor?

Atte.,

Adela.”

Una semana después, una comitiva de hombres muy elegantes se presentó en su casa. Cargaban maletines negros. Le explicaron que eran enviados de Parca Inc., le pidieron disculpas por el lamentable error y le comunicaron que ya estaban iniciados los trámites para su fallecimiento, que debido a las circunstancias especiales que la afectaban serían rápidos y con la menor burocracia posible, ya que estaban marcados como prioritarios. Adela les agradeció la deferencia y les ofreció un refresco. Rechazaron amablemente la oferta y se retiraron.

Al día siguiente, Adela no se despertó. Tenía 140 años. Todavía hoy figura en el libro Guinness de los records como la persona más anciana del mundo.

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  1. #1 por estrella gusfa el enero 9, 2010 - 18:34

    esta buena la historia de adela desde que recibi de manos de no se quien creo que un dia(no se cual)saliendo del pabellon 3 de ciudad univercitaria la oblogo 23 me di cuenta que porfin las computadoras m daban elgo mas. ley princesita una noche que no podia dormir y me senti tan identificada!
    me criaro para ser ama de casa criar hijos y cocinar rico como una virtud. hoy llevo mi vida por otro lado que no son las 4 paredes de una cocina y soy muy feliz desafiando miradas cuando algun macho prehistorico no puede cree que una mujer suelda y hace rejas etre amoladoras,chispas,y fragua

    • #2 por g. el enero 9, 2010 - 21:00

      guau… gracias! y si, claro, siempre es divertido ver como algunos hombres (todavía!) se asombran de la capacidad de hacer cosas que tenemos.
      saludos!

  2. #3 por micromios el enero 10, 2010 - 6:56

    Irónico y ocurrente relato. Me ha gustado lo de Parca Inc. jeje.
    Salut

    • #4 por g. el enero 10, 2010 - 16:34

      si, es que la muerte necesita organizarse, con tanto trabajo…
      salut.

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