la menor de los cabrera (IV).

Parte I / Parte II / Parte III

Los autos estacionan con el chirriar de llantas. El olor a goma quemada comienza a atraer a la multitud que se pasea con la mirada perdida.

Saben que no tienen demasiado tiempo. Como un mecanismo de relojería, todos, salvo los conductores, descienden de los vehículos.

Cubren todos los flancos mientras Alina, una chica menuda de unos veinte años, la redentora de la jornada, camina decidida hacia la versión zombie de sí misma, una come cerebros de su misma contextura que la mira sin reconocerla y avanza hacia ella dispuesta a arremeter.

Alina no lo piensa dos veces. Con el pulso firme apunta, y con la certeza de quien está entrenado para tales menesteres, dispara. Un solo tiro, casi quirúrgico. La hermana se desploma sobre el banco de madera de la parada.

***

Muchas veces su hermano ha intentado convencerla de que la búsqueda es inútil y peligrosa. Ha llorado en el teléfono, a través de los kilómetros que los separan. Se ha enojado con ella, jurando que ya no la llamará, que olvidará que es su familia, a menos que desista de esa locura. Le ha pedido perdón por no estar ahí, le ha dicho que no puede dejar a los suyos. Ella intentó hacerle ver que ella necesita terminar lo que empezó. Le prometió que cuando termine se irá al sur, a vivir con ellos. Nunca supo si realmente desea cumplir con esa promesa.

***

En el camino de vuelta, Sebastián va contándole algo sobre su vida pasada, pero ella apenas le presta atención. Está pensando en la mirada de Alina, pensando en cuánto tiempo más pasará para que ella pueda tener esa mirada.

De repente, lo ve.

–         ¡Pará!

No sabe que tan fuerte es la orden, pero Sebastián obedece sin vacilar. Y es sin vacilar que la menor de los Cabrera baja del auto, cargando la automática y caminando hacia un hombre que tiene un hombro casi del todo dislocado.

El hombre repara en ella y avanza con el brazo sano extendido.

Ella lo espera. Como desde kilómetros, oye a Sebastián que la insulta y le grita que vuelva al auto. Y escucha los disparos del arma de su compañero, que se ha visto en la obligación de salir a matar.

Cuando el hombre le toca el hombro, ella le pone el arma en la frente. En esa fracción de segundo, lo ve sosteniéndola en brazos, lo ve afeitarse, lo ve reir y llorar. Piensa en decirle algo, en explicarle por qué.

No sabe en qué momento aprieta el gatillo, pero el sonido de la bala al salir de la recámara resulta irreal.

Los segundos se transforman en siglos mientras es arrastrada al interior del auto por Sebastián, que sigue insultando al pisar el acelerador y salir a gran velocidad.

Ella no lo escucha. Por el espejo retrovisor, ve el cuerpo de su padre tendido en el asfalto, hasta que se convierte en un punto y después en nada.

***

Esa noche se sienta a la mesa familiar en bata de baño, con el pelo mojado. Frente a ella tiene una foto en la que los cuatro están armando un castillo de arena en la playa.

Con la fotografía en la mano marca un número en el celular.

– Hola, hermano – la voz se le quiebra, se convierte en un sollozo. – Encontré a papá.

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  1. #1 por El Gaucho Santillàn el enero 25, 2010 - 9:14

    Muy bueno. Mantuvo el ritmo todo el tiempo.

    Muy logrado.

    Saludos

    • #2 por g. el enero 25, 2010 - 19:15

      gracias gaucho! y gracias por el enlace.
      salut,

  2. #3 por locomer el enero 28, 2010 - 12:17

    alucinante final, con juego de espejos incluidos cuando hay que matar al gemelo, (muy bueno por su viveza y muy original, que aporta algo al género de zombies, pues no he visto nunca en ninguna película de zombis o videojuegos).
    como anticipido de la resolución de una promesa que arroja luz sobre las partes anteriores.

    Aplausos y salut.

    • #4 por g. el enero 28, 2010 - 12:23

      gracias locomer, me encanto tu devolucion – mira q es dificil “aportar” al genero de zombies, no lo habia pensado.
      ya habra otros relatos de zombies, es q me fascina el genero.
      salut!

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