la escalera del fondo.

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Pobre Paco. Por más que intenta e intenta, no tiene suerte con la escalera del fondo.

Cada vez que se acerca sigiloso para tratar de descubrir qué hay detrás de la puerta al final de los peldaños altos de cemento una voz lo censura, parece que los patrones tuvieran ojos independientes del cuerpo.

Parece que lo olieran, que el olfato hipersensitivo del Paco se les trasladara como por arte de magia cada vez que el bicho se quiere acercar al primer escalón.

Encima los muy infelices no dejan nada librado al azar. Cuando se van, le cierran con candado la reja que pusieron al principio de la escalera.

Lo mata la intriga, cada vez que los ve subir con bolsas y bajar con bolsas que no sabe qué contienen. Se pone peor cada vez que Patrona sube con Carmela, esa sinvergüenza que por ser gata nomás se ganó derechos que él no tiene, como dormir encima de Patrón o en la cama del Quique. La única vez que Paco atinó a subirse a la cama del Quique, Patrona lo corrió con la alpargata y le dio una tunda que te la voglio dire.

El Paco odia a Carmela, la odia porque se cree superior y se lo demuestra, con la mirada torva y ese maullido molesto e insistente con que lo provoca mientras se pasea delante de él contoneando la cola, rozándole apenas las patas cuando está tirado al sol en las tardecitas de otoño, para despertarlo.

Y cuando le ladra, enseguida escucha algún “¡Shhhhhh!” desde el interior de la casa, así que no tiene otra opción que llorar bajito mirando a Carmela mientras se manda entre las rejas de la base de la escalera del fondo y sube peldaño por peldaño, lentamente, deteniéndose en algún tramo para limpiarse la pata con afectación gatuna y mirarlo de reojo hasta que llega a la cima, da una vuelta sobre sí misma y se recuesta en el último peldaño, moviendo la cola con evidente satisfacción, burlándose de su condición canina.

Qué difícil ser perro, piensa el Paco de vez en cuando, y desea ser un callejero que va donde quiere y al que no le está prohibida ninguna escalera, porque no tiene nada que perder.

Pero claro, él sí tiene cosas que perder. No es solo la comida, el agua, el refugio del frío y el calor. Es el amor enorme que siente por el Quique lo que lo hace seguir en esa casa. No es que odie a los patrones, pero con ellos no se puede jugar. Ellos prefieren a Carmela. El Quique no. Al Quique tampoco lo dejan subir la escalera del fondo. Le dicen que es chiquito, que se puede caer.

Son compañeros en la desgracia el Quique y él, y por eso lo quiere tanto. Por eso y porque le presta los juguetes, y no se enoja cuando él se entusiasma y los rompe. El Quique le tira de las orejas, le agarra la lengua rosada y húmeda con los deditos regordetes, riéndose como loco cuando Paco le lame la cara y le pone la pata enorme en la mano. A veces desea hacerse entender, proponerle huir juntos a lugares lejanos y a otras casas, con escaleras abiertas para chicos y perros.

Esa mañana como tantas otras, cuando Patrón está atendiendo el almacén y Patrona está preparando el almuerzo, se lo escucha a Patrón que la llama con la misma voz que usa para retar a Quique o a Paco o a los dos.

Patrona deja el guiso en la hornalla y al Quique en el piso de la cocina con los autitos, donde lo hace sentar para tenerlo a tiro y controlado. Pero el Quique se levanta y sale al patio. Antes de que Paco pueda ladrar, lo hace callar con una caricia y un “sh” bajito, muy diferente a los de los patrones.

Camina hasta la reja de la base de la escalera del fondo y la abre. Paco lo agarra del pantalón con suavidad, con los dientes, queriendo tirarlo para atrás. El Quique lo corre de un manotazo, y Paco lo mira atento subir al primer escalón. Cuando trastabilla y casi se cae, Paco le pone el lomo y Quique aterriza suavemente encima de él.

Desde arriba de la escalera, Carmela, que estaba echada con la impunidad del que tiene permiso, se sienta más con curiosidad que con preocupación.

El Paco la ve a Carmela, mira la reja abierta y lo mira a Quique. Desde la entrada se los escucha a los patrones hablando con alguien más. Por el olor el Paco cree que es Doña Emilia, la vecina de enfrente.

Pero Quique está parado y decidido, y vuelve a la carga con la escalera. El Paco tiene miedo, su instinto le dice que no, pero las ganas y ese nene pueden más.

Topetea con el hocico a Quique. Cuando éste lo mira, el Paco agacha el lomo, como un caballo, aunque él nunca vio un caballo en sus veintiún años de perro. El Quique lo entiende, y como un jinete, aunque él nunca vio un jinete en sus tres años de humano, se sube a horcajadas de Paco y se le agarra fuerte del pelo.

Arriba, Carmela se eriza y empieza a maullar como descosida. Buchona, piensa Paco.

Con Quique asegurado, Paco empieza a subir la escalera del fondo. Si fuera por él, subiría los peldaños de dos en dos, pero va de uno en uno, despacito y en silencio, mientras oye las voces en el almacén adelante y los maullidos desesperados de Carmela al final del recorrido.

Cuando llegan arriba y le pasan por al lado Carmela les muestra los dientes. El Quique se baja del lomo de su perro y le tira la cola y le da una patadita a esa gata antipática, no muy fuerte, que llena de felicidad a Paco. Quisiera ladrar de alegría. Como no puede, mueve la cola como si fuera un molinete arrinconando a Carmela, que baja con la velocidad de quien vencido pone pies en polvorosa.

Quique abre la puerta poniéndose de puntillas. Ambos entran a un cuartito lleno de estanterías, en las que hay latas de conservas, sacos de harina, arroz, fideos y bolsas con chocolates y golosinas.

Paco hace su reconocimiento del terreno y Quique agarra una de las bolsas, con caramelos redondos de colores. La abre. Se mete un manojo en la boca, que se le pone húmeda y pegajosa. Le da otro manojo a Paco. Quique se sienta y Paco se le echa al lado.

Después de tragar esa bola de masa dulce, Paco se dispone a marcar territorio. Quique ya tiene otro manojo de caramelos en la mano. Con seriedad respetuosa mira al Paco, que ya tiene la pata trasera levantada y está apuntando a un saco de harina cuando ven en la puerta al Patrón y la Patrona.

A Quique se le caen los caramelos y cierra la boca manchada de colores. Paco agacha la cabeza y entrecierra los ojos. El Patrón y la Patrona están boquiabiertos, mudos. Entre las piernas de ambos Carmela da vueltas mirando a Paco victoriosa.

Paco y Quique bajan la escalera del fondo a patadas y chirlos.

Esa nochecita el Quique no se puede sentar sin quejarse. Paco lo ve salir al patio y caminar hasta donde está él, atado con la cadena de castigo.

Quique se arrodilla al lado de Paco, que le acerca el hocico a la cara. Le da un par de palmaditas en el lomo y se lleva la mano al bolsillo. Saca dos caramelos de colores. Le da uno al Paco, y se lleva el otro a la boca.

Los dos mastican en silencio sumidos en sus pensamientos, pero cerca, muy cerca uno del otro. Desde el último peldaño de la escalera del fondo, Carmela maúlla tratando de llamarles la atención. Ninguno la mira.

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Este relato forma parte de un juego surgido entre los talentosos carme carles y david silva, que amablemente nos invitaron a quienes los visitamos asiduamente en sus blogs a formar parte del mismo, y que consistió en escribir relatos que tuvieran una escalera como parte de la trama.

Fue una experiencia enriquecedora y desafiante, y los resultados están a la vista. Los invito a subir -o bajar- otras escaleras de los autores que se sumaron a la propuesta, no se van a arrepentir:

micromios.

cuento chino.

historias ciertas y no tanto.

anne fatosme.

david silva.

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  1. #1 por micromios el enero 25, 2010 - 19:13

    Oh Gabriela que espléndido relato. Casi te dan ganas de zurrarle a la gata y acariciar al fidel perro. Me ha gustado muchísimo. Creo que este ejercicio ha demostrado que una triste escalera puede convertirse en un hermoso escaparate de historias de los más variado.
    Salut

    • #2 por g. el enero 25, 2010 - 19:17

      estoy leyendo todos los demas relatos, y no se cual me gusta mas. disfrute mucho del ejercicio, y me alegra encontrar tantos buenos autores formando parte de él. gracias por la iniciativa.
      salut

  2. #3 por chrieseli el enero 25, 2010 - 20:42

    Simplemente delicioso. Me recordó mucho un episodio que alguien me contó alguna vez de un perro y un niño convalesciente de hepatitis comiendo a escondidas del mismo salchichón.
    Francamente G, arrobador el cuento. Yo que soy amante acérrima de los gatos, esta vez voto sin pensarlo dos veces por el tierno can.
    Un gustazo

    • #4 por g. el enero 25, 2010 - 21:17

      gracias!
      lo mismo yo, elijo gatos sobre perros sin pensarlo dos veces, pero ya ves… se ve que hay una parte de mi que sigue idealizando a los que ladran sobre los que maullan.
      salut!

  3. #5 por El Gaucho Santillàn el enero 26, 2010 - 8:46

    Muy bueno. Esa Carmela es una buchona de primera!!

    Saludos

  4. #6 por annefatosme el enero 26, 2010 - 12:44

    Un relato escrito con gran sensibilidad sobre la amistad entre un niño y un perro. Me ha enternecido.
    Un saludo

  5. #7 por fanou el enero 27, 2010 - 18:54

    Que tierno… Que amos/padres más estrictos, rozan lo odioso…

  6. #8 por g. el enero 27, 2010 - 19:01

    gracias a todos…
    si, esta vez los amos/padres y la gata se han llevado la peor parte. quizas habria q escuchar tambien la campana de carmela, que seguramente nos contaria una historia diferente y a su favor.
    saludos!

  7. #9 por Concha Huerta el enero 28, 2010 - 13:09

    De perros y gatos. Muy original tu relato de escaleras. Yo personalmente no se que me ocurre con los gatos. Los diviso a un kilometro y comienzo a estornudar.
    Enhorabuena
    La de temas que nos han sugerido unas escaleras
    Saludos

    • #10 por Concha Huerta el enero 28, 2010 - 13:20

      Por cierto que he añadido tu dirección a mi blogroll, creo que a mis lectores les interesara tu página.
      Un saludo

      • #11 por g. el enero 28, 2010 - 13:27

        muchas gracias. yo tambien te voy a añadir.
        salut

    • #12 por g. el enero 28, 2010 - 13:20

      gracias concha. es verdad, esperemos que se repita la experiencia.
      salut!

  8. #13 por Emi el enero 30, 2010 - 13:48

    El relato remarca la amistad entre el pequeño Quique y Paco, el cachorro con ganas de conocerlo todo, ya que son de la misma quinta.

    El relato me ha parecido fabuloso y, en cierta manera, le acabas pillando odio a la gata Carmela…

    Un saludo.

    • #14 por g. el enero 30, 2010 - 14:38

      gracias emi. pobre gata, la he pintado despreciable. quizas algun dia tenga que reivindicarla.
      salut!

  1. -10 escaleras- « Micromios's Blog
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