el crítico (II).

Parte I.

Los miembros del directorio miraban al crítico boquiabiertos. Uno de ellos, que estaba bebiendo un café para ayudar a bajar una medialuna, se ahogó y tuvo tal acceso de tos que tuvo que ser asistido por su compañero de al lado, que lo palmeaba en la espalda mientras no quitaba los ojos de la puerta y del recién llegado.

El hombre atildado, pulcro y prolijo que siempre andaba de impecable traje y corbata a tono, había desaparecido. En su lugar, un hombre barbudo, despeinado, con camisa de lino, pantalones de jean y un morral atravesado – ¡y ojotas!-, les sonreía con una sonrisa ancha y luminosa.

Cuando se apagó la tos del directivo atragantado con el café y la medialuna, el silencio fue sepulcral. Podía oírse el roce de los trajes carísimos de los miembros de la junta mientras cambiaban discretamente de posición para mirarse unos a otros.

Estaba confirmado, el hombre había enloquecido.

–         ¡Muy buenos días a todos! – exclamó, como ignorando el efecto que causaba su transformación.

Se sentó en la única silla que quedaba libre. Ya que nadie hablaba, habló él.

–         Bueno, aquí estoy. Ustedes dirán.

El presidente de la junta de directivos se aclaró la garganta.

–         Verá, hemos notado que últimamente sus columnas no son lo que solían ser…

–         Lo sé, ¿no es maravilloso? – lo interrumpió el crítico.

–         Bueno, señor, no sería la palabra que estamos buscando, ejem…

El que había palmeado al hombre de traje que casi se ahoga fue en su auxilio.

–         Es que percibimos que no está cumpliendo con su trabajo como lo hacía antes, ¿sabe? – dijo, en tono conciliador.

–         Pero si yo sigo escribiendo críticas como siempre, doy mi opinión sobre lo que veo, ¿no me contrataron para eso?

–         Si, bueno, pero últimamente a usted le gusta todo, no es lo que esperan nuestros lectores de alguien con su reputación, con su autoridad para la crítica de arte…

–         ¿Y qué autoridad sería esa, si se puede saber?

Silencio. Murmullos. Como siempre que se hace una pregunta de respuesta tan obvia como negada, nadie sabía bien qué responder.

–         ¿Qué autoridad…? La autoridad que le dan sus años de excelencia en el trabajo, claro está.

El crítico levantó una mano para pedir silencio.

–         ¿Ustedes saben lo que se siente tener que opinar siempre y siempre estar buscando el defecto o la falla? ¿Les ha pasado? – Cuando uno intentó abrir la boca, él no le permitió hablar – Yo sé que no. Sé que no lo saben, porque ustedes, como miles de otros, confiaron en mí para encontrar lo malo en cualquier obra. Delegaron en mí el prejuicio y la sentencia. Y mientras yo mostré mi rencor y mi resentimiento hacia la creación ajena todo estuvo bien.

Se levantó y comenzó a caminar por la sala.

–         Busqué la perfección toda la vida. Exigí al resto de la humanidad que satisficiera mis elevados estándares, que les aseguro, no sé de donde salieron. Mientras otros hacían, yo los criticaba, los destruía. Y mientras eso sucedió, ustedes me aplaudieron y me elevaron a la categoría de voz autorizada ¿Puede alguien decirme por qué ahora que entendí que la vida se trata de hacer en lugar de mirar desde arriba señalando con el dedo acusador, mi crítica es motivo de crítica?

–         Tenemos un público que busca lo que usted les daba y no podemos defraudarlo – replicó uno, que se sentía profundamente incómodo, no sabía si por el atuendo del hombre o por sus palabras que caían como latigazos.

–         Ah, el público. Mediocres todos, si son capaces de formar su opinión por la opinión que dan otros, y son incapaces de pensar por sí mismos ¿Qué creen que dice del público el hecho de que les guste mi antiguo modo de pensar el arte? – volvió a levantar la mano, aunque esta vez nadie pensaba interrumpirlo – Son morbosos, envidiosos. Disfrutan la decadencia de su especie, quieren confirmar una y otra vez que el mundo va hacia la ruina, que nada es rescatable. Que todo tiempo pasado fue mejor. Y es mentira. Yo, señores, me cansé de ser un gurú del odio.

Se dirigió hacia su morral y comenzó a sacar unas pequeñas bolsitas negras de plástico. Tantas como miembros del directorio. Todas ellas con pequeños carteles escritos.

–         Hace algunas semanas tuve una epifanía. Estaba sentado frente a mi monitor, pensando en cómo despreciar una obra que había visto. Y no se me ocurría, se me habían agotado las ideas – caminó alrededor de la mesa ovalada colocando una bolsita frente a cada uno de los miembros del grupo allí reunido – estaba en crisis, la hora de cierre estaba cerca y yo no tenía nada. Casi sin pensarlo, tomé un clip de alambre de la mesa, y comencé a estirarlo. Me sorprendió ver con qué facilidad podía moldearse, y decidí hacerme a mí mismo sentado en esa silla.

Las bolsitas hacían ruido mientras los hombres sacaban pequeñas figuras de alambre realizadas a su imagen y semejanza.

–         Desde entonces no pude parar. El placer de hacer algo con mis manos, algo mío, crear, aunque sea esto, convertir una cosa en otra, fue tan grande, que entendí que ya no podía criticar como lo venía haciendo. Por primera vez, me sentí cerca de toda esa gente que se rompe el alma en una puesta en escena, en una composición musical, en un lienzo que les presenta el desafío de ser llenado. Ya no estaba en ese estúpido pedestal en el que ustedes me pusieron y yo me dejé poner. Estaba en el llano, y ya no podía juzgar a los otros como lo venía haciendo.

Los directivos miraban las figuras y se las pasaban unos a otros, mostrándose tal rasgo o tal característica propia que estaba capturada en esas figuras. Eran tontas y simpáticas a la vez.

–         Son articulados, pueden moverlos y darles la postura que quieran – dijo el crítico dirigiéndose a uno de ellos, que se había empezado a sonreír.

El director de la junta no había sacado la figura de la bolsa.

–         A ver si entiendo… ¿usted pretende decir que como hace estas ridiculeces – señaló los muñecos de alambre de los demás – su visión sobre la vida ha cambiado y ya no puede seguir haciendo su trabajo como corresponde?

Los demás dejaron las figuras en la mesa para poder prestar atención al duelo.

–         No puedo hacer mi trabajo como usted pretende que lo haga – respondió el crítico, con una mirada amable y resignada. – Porque creo que todos deberían tener la posibilidad de expresarse, ser escuchados a través de la creación, y yo no soy quien para ponerles palos en la rueda. Todo lo que creía que sé no vale nada, y lo cambio por la libertad que he descubierto ahora. Aunque a usted le parezca ridícula. A nadie debería negársele al menos una oportunidad. Incluso a un mercenario como usted.

El director estaba rojo de ira. El crítico tomó su morral, saludó con la cabeza a los presentes y se retiró sin decir una palabra más. Sabía que estaba despedido, pero no le importaba.

***

Cuando el director se quedó solo, tomó la bolsa con su figura. Al sacarla, no pudo evitar una sonrisa. Como un espejo, la figura reflejaba el mismo ceño fruncido que él mostraba en ese momento.

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  1. #1 por fanou el febrero 12, 2010 - 23:14

    Ves, era mucho mejor eso que transformarlo hare crishna. Me ha gustado mucho, el tono y la moraleja. Parece una fábula.

    • #2 por g. el febrero 13, 2010 - 2:22

      gracias fanou! sigo pensando que lo de hare krishna no estaba mal.
      salut!

  2. #3 por micromios el febrero 13, 2010 - 5:14

    Una crítica a la crítica criticada por un crítico que a la vez es criticado por no criticar. (perdona, no he podido evitar escribir lo que parece un sinsentido)
    Muy buena reflexión sobre todo en este fragmento: “Mediocres todos, si son capaces de formar su opinión por la opinión que dan otros, y son incapaces de pensar por sí mismos ”
    Salut
    PD:En mi universidad los profesores buenos eran los que suspendian a casi todo el mundo, los malos eran los que aprobaban a casi todo el mundo. Me ha hecho pensar en ambos.

    • #4 por g. el febrero 13, 2010 - 15:23

      es todo un tema la transmisión de conocimiento y el juicio sobre la misma, porque en definitiva no hay un solo saber, sino un saber hegemónico al cual adaptarse o no.
      lo mismo suele suceder con la critica y el arte, creo, y en este sentido cuando uno lo piensa un poco, es un sinsentido en si mismo basarse en opiniones ajenas, las experiencias son tan propias e intransferibles…
      salut!

  3. #5 por Concha Huerta el febrero 16, 2010 - 11:57

    Conozco a varios criticos que han mantenido durante años la insidiosa posición de enfrentarse a todo por el mero hecho de enfrentarse. Me alegra que los relates en tus relñatos. A veces me pregunto ¿qué es un critico? ¿alguien que se opone a todo? o ¿alguien que acercarlo todo? y sobre todo como tu ¿para que sirve un critico?
    En mi caso acercar sensaciones para animar a que los lectores experimenten.
    Un relato muy inspirador. Enhorabuena

    • #6 por g. el febrero 28, 2010 - 18:18

      es que creo que es un arte a su manera, y hoy esta lleno de “criticos” que solo se dedican a criticar negativamente todo o casi todo.
      gracias por leer, salut!

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