la reina del carnaval.

Algunos hombres no saben ver lo bueno aunque lo tengan delante de sus ojos, piensa Matilda mientras se acomoda el escote por enésima vez esa noche.

Como ese energúmeno que en este momento la está invitando a bailar, reflexiona mientras intenta evitar su aliento a vino barato y declinar amablemente la invitación y la borracha insistencia. Debería tratarla como ella se merece, como una reina. Maldice otra vez el momento en que decidió salir del pueblo para ir a vivir a la ciudad. Quisiera poder volver el tiempo atrás y deshacer esa decisión, pero Matilda sabe bien que no es posible borrar el pasado, menos aún cuando el pasado se encarga de recordárselo todos los días en la forma de nene caprichoso que llora y necesita ser alimentado, nene que tenía que haber abortado ni bien se enteró de su existencia, pero era tan joven y tan ilusa que creyó que ella podría llevar adelante su vida y esa vida nueva que se le hacía cada vez más presente en las nauseas matutinas y el aumento de los pechos ya de por sí voluminosos.

Y la maldita educación católica. Eso también influyo en que eligiera (¿eligiera?) tener al chico en uno de los momentos más oscuros de su vida. Es que se sentía tan sola en Buenos Aires, y extrañaba tanto su casa, que le hizo ilusión no volver a estar sola.

Y ahí está Matilda. En la bailanta como todo los viernes cuando lo deja a Pablito con la dueña de la pensión y va en busca de los años que se le fueron tan rápido, a ver si los encuentra, y de un hombre, sí, de un hombre que pueda ver en ella todo lo que ella es.

Porque hace falta un hombre que pueda apreciar a una mujer como Matilda.

No es tan mayor, Matilda, pasa que esos dos años en Buenos Aires la volvieron grande antes de tiempo. De hecho, apenas pasa los veintiún años, pero ella se siente como de cuarenta salvo en esos viernes en los que se olvida de que tiene un hijo, de que terminó limpiando casas como su madre le gritó que pasaría la última vez que la vio, de que no ve un futuro promisorio sino más de lo mismo  y de que cada día envidia más a las hijas de los hombres y las mujeres para los cuales trabaja.

Las ve despreocupadas y felices y no puede evitar acordarse de ella misma apenas unos años atrás, cuando era la más linda del pueblo, la que mejor bailaba la chacarera, la reina de los carnavales. Matilda quisiera volver el tiempo atrás y sabe que no puede, y ese borracho la está haciendo perder el tiempo y quién sabe si el hombre que realmente la pueda ver como lo que realmente es no anda por ahí y no la ve porque la espalda sudada de ese mono la oculta de la gente que va y viene.

Piensa Matilda mientras le esquiva la boca al tipo, piensa en el padre de Pablito, y se regodea con la imagen del día en que vuelva a verlo con el nene de la mano para reclamar lo que le corresponde. Es su as bajo la manga y todas las mañanas, cuando se levanta temprano y viste al nene y se viste ella para enfrentar otro día de limpiar la mugre ajena piensa en ese día como un norte, un objetivo a cumplir.

Por qué no lo ha hecho hasta ahora es una pregunta que la acosa en las noches de insomnio, cuando no sabe si llega a fin de mes y piensa en que esa no es la vida que se merece. No puede dilucidar qué está esperando ni por qué dilata tanto el encuentro y la confesión. La vez pasada fue hasta la vereda de enfrente con Pablito y no se acercó más, cuando lo vio salir con sus hijos, los hermanos de su pobre bebé, y subirse a ese auto groseramente grande con el que Matilda pagaría varios meses de alquiler de una linda casa en una linda zona de la ciudad. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero se quedó ahí, como si los pies se le hubieran atornillado al piso y Pablito la miraba y ambos los vieron alejarse y no se dijeron una palabra de vuelta a la pensión.

No sabe Matilda por qué piensa en esas cosas tan tristes ahora, en una noche tan linda como esta, con esa música que le retumba en los oídos y que tanto le gusta. El pesado ese se fue y ahora Matilda está parada contra una pared del boliche y los hombres no la miran, y aunque la miraran, ella no ve a ninguno que valga la pena conocer.

Recuerda con nostalgia las tardes de sol y las mañanas con olor a pan recién hecho en el horno de barro. Hasta las moscas extraña. No hay moscas en la ciudad. Siempre las odió, odió el incordio de esos insectos zumbándole alrededor en todas partes, y ahora las extraña.

Y Matilda no quiere pensar en moscas, pero no puede parar los pensamientos que fluyen sin permiso y sin piedad.

Extraña a su madre silenciosa, a sus hermanos toscos y callados, que no la dejaban sola ni a sol ni a sombra. Extraña la montaña roja que podía ver desde su habitación, su pueblo tranquilo a la hora de la siesta.

Matilda empieza a llorar. Las lágrimas le brotan saladas y un regusto amargo le inunda la boca. Ahí, en medio del barullo de la bailanta, Matilda llora por todo lo que dejó atrás, por haber creído que siempre, donde fuera, sería la reina del carnaval.

Sale Matilda sola de la bailanta, taconea por las veredas del barrio de Once y busca una parada de colectivo que la alcance a la terminal de micros para comprar dos pasajes solo ida. La brisa fresca la reconforta y le seca el llanto. Mientras camina se va enderezando, apura el paso y se le dibuja una sonrisa que sabe a sal.

La reina del carnaval vuelve a casa.

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  1. #1 por El Gaucho Santillàn el marzo 4, 2010 - 8:32

    Muy buen relato.

    Y que suerte que termina bien. Ya me estaba amargando. sobre todo porque es una historia repetida, que no siempre termina asì.

    Te dejo un abrazo. bien escrito.

  2. #2 por Gustavo el marzo 4, 2010 - 13:00

    Me conmoviò…evidentemente està bien escrito, pero me sensibilizò, que bueno…Gracias!
    Abrazo

  3. #3 por fanou el marzo 5, 2010 - 5:47

    Que bueno. Me encanta.

  4. #4 por g. el marzo 5, 2010 - 10:53

    gracias a todos. qué bueno que les produzca esas sensaciones.
    un abrazo,

  5. #5 por Concha Huerta el marzo 5, 2010 - 11:32

    Un relato inundado de delicadeza, en las descripciones de esta pobre ingenua, en los suspiros en sus recuerdos. Muy bello. Y el final iluminado con un soplo de esperanza. El único fururo de los desamparados. Buenas también las sutiles críticas veladas, a una educación burda a una religión que no comprende la vida. Enhorabuena
    Un saludo

  6. #6 por Fla el marzo 5, 2010 - 11:51

    Me parece muy rico el análisis , si me permitís, de Matilda. Sólo alguien muy observador y de un asencibilidad que no muchos tienen, puede narrar algo así. Historias como esta pasan todos los días , pero tal vez nadie las siente tan intensamente….
    Matilda es autocrítica, real, se equivoca y lo mas importante , creo, no es esclava de sus errores , no le teme a volver a empezar y creer que puede ser felíz, aún cuando no tenga muchas razones …

  7. #7 por g. el marzo 5, 2010 - 12:09

    gracias a ambas, me halagan sus observaciones.
    un abrazo,

  8. #8 por Maximiliano el marzo 9, 2010 - 18:14

    Hermoso relato. Gracias por los buenos momentos de lectura en mis descansos laborales.

    • #9 por g. el marzo 9, 2010 - 18:16

      de nada, faltaba mas y para eso estamos, je.
      salut,

  9. #10 por Cristian el abril 19, 2010 - 18:31

    Cuánta realidad en un solo momento.
    Te quiero mucho loca.

    • #11 por g. el abril 19, 2010 - 19:41

      gracias querido! que bueno que te pases por aca!

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