el señor gonzález.

El señor González camina decidido hacia la oficina del jefe. Renuncio, piensa, y se estremece de miedo y placer imaginando la cara de sorpresa del jefe cuando le cante las cuarenta, le diga en la cara lo que opina de él y de la mierda de trabajo que se hace en esa mierda de oficina a la que le dedicó tantos años que como es de esperarse, fueron años de mierda.

El señor González es administrativo, hace tareas de facturación, libros de entradas y salidas, pagos y cobranzas. Columnas con números y más números, que no significan nada, pero que le pueden costar un descuento si los hace mal. Odia el dinero, el señor González. Está convencido de que es la causa de todos los males de la sociedad y no hay quien le quite esa idea de la cabeza, que lo hace odiarse profundamente por necesitar el dinero para llegar a fin de mes.

Pero ya no más, masculla González mientras sube las escaleras que van del primer piso al tercero, porque no puede esperar el ascensor, es tanta la ansiedad que siente por salir inmediatamente de allí que la espera se le hace eterna, y mientras camina se afloja la corbata y se abre un botón de la camisa. Odia los trajes, odia la política de la empresa, las dos cosas lo asfixian en igual medida, piensa, mientras se siente crecer como Alicia cuando toma la poción mágica. Cada vez más grande y poderoso, cada vez más dueño de su destino va González a liberarse del yugo de esa cotidianeidad que desprecia.

En el descanso del segundo piso, González repasa su discurso en voz alta. Está solo y nadie lo interrumpe, porque nadie usa las escaleras si el ascensor funciona. Ascensores, escaleras mecánicas, sillas con rueditas. Los que los usan son los mismos que después se suben a bicicletas fijas y cintas de correr. Moverse para llegar a ninguna parte, la recompensa de los que no se mueven si lo pueden evitar.

Se admira González de su capacidad de reflexión, se felicita interiormente por su amplia comprensión del mundo en el que vive, y se da fuerzas convenciéndose de que su modo de pensar es el inicio de un gran cambio. Primero para él, luego para los que lo rodean, más tarde, quién sabe… Se le dibuja una sonrisa que trata de ocultar con humildad, como si lo estuvieran mirando, cuando piensa en la palabra “revolución”.

Quizás su acto de arrojo, su renuncia inminente, despierte a otros, los haga ver lo equivocados que están todos. Sería conveniente, reflexiona, despedirse de sus compañeros a todo trapo, invitarlos a unirse a su estrenada libertad. Sabe que Martín, el cadete, lo seguiría gustoso. Ya los imagina levantándose conmovidos, algunos hasta las lágrimas, caminando todos juntos por las calles del centro, hablando con todos los otros oficinistas grises y comenzando una nueva comunidad en la que las ocho horas sean solo un amargo recuerdo. Todos tirando las corbatas al aire, como en las publicidades de gaseosa que le recuerdan a González que hay otra vida que algunos se animan a vivir.

Tal vez, por qué no, su rebelión traiga otro beneficio, y finalmente Carla, la preciosa e inalcanzable secretaria del jefe descubra en él lo que realmente es, y se entregue a cumplir todas las fantasías que se le ocurren a González cada vez que la ve pasar caminando altiva, ignorando su existencia.

González asiente con la cabeza, respira hondo y sube en un suspiro el tramo que lo separa del tercer piso. Cuando abre la puerta que lo separa del pasillo, se lleva por delante a la hermosa Carla, que carga una pila de papeles.

–         Ah… – ve en sus ojos el intento de reconocerlo – Fernández, ¿no?

–         González.

–         Eso ¿Va para abajo? ¿Me hace el favor de llevarme esto? Es para su sector. Tienen que estar listos para esta tarde. Sin falta.

–         No… no puedo. Vengo a hablar con Díaz. Es imperativo que hable con él – las palabras salen alborotadas, una encima de otra. Se da cuenta de que está transpirando como un cerdo. Malditas mujeres, siempre le pasa lo mismo.

–         Imposible, el señor Díaz está muy ocupado con reuniones toda la tarde y después se va a pasar el fin de semana a Cariló, es el cumpleaños del hijo menor.

Antes de que González pueda abrir la boca, Carla le apoya los papeles en el pecho.

–         Esta tarde. Sin falta.

Pega media vuelta y se aleja, moviendo las caderas como si fuera una modelo de esas de los programas de cable que González ve para masturbarse. Frena y lo mira.

–         ¿Quiere que le diga algo a Díaz?

González intenta acomodar los papeles para que no se le caigan.

–         No. Sí. – es el momento, piensa González, es ahora o nunca, ahora o nunca… – Eh… Dígale que necesito tomarme el día lunes. Cuestiones personales.

–         González, eso pídaselo a su jefe directo, el señor Díaz no se ocupa de esas cosas, usted lo sabe – lo mira detenidamente – y acomódese la corbata, haga el favor. Ya conoce la política de la empresa.

Carla se contonea hasta desaparecer por el pasillo. González la ve doblar la esquina. Se queda parado en silencio. Luego, mientras se arregla la corbata, va a esperar el ascensor.

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  1. #1 por micromios el marzo 22, 2010 - 3:39

    La decisión de cambiar es un hilo muy frágil que en cuanto tira el de arriba se rompe y te deja tirado.
    Salut

  2. #2 por fanou el marzo 22, 2010 - 6:01

    Me da la impresión de que es un relato muy al hilo de tu anterior post.
    Me ha gustado, me parece muy cruel y realista. Me encanta como deshilas las historias.

  3. #3 por El Gaucho Santillàn el marzo 22, 2010 - 9:27

    Bien relatado. me gustò mucho la parte en que Gonzàlez imagina la reacciòn de la gente.

    A mì, suele pasarme algo parecido. Uno cree que es el centro del mundo.

    Eso sì, si yo fuese Gonzàlez, habrìa estado decidido del todo, y a la mina, èsa, le tiro los papeles por la cabeza.

    Un abrazo.

  4. #4 por cecilia el marzo 22, 2010 - 10:38

    Bien el Gaucho Santillan,yo procedí igual,je¡¡ pero…sin tirarle los papeles ajaja¡¡¡

    • #5 por g. el marzo 22, 2010 - 15:10

      pero sabes el placer q debe ser tirarle los papeles…
      beso!

  5. #6 por g. el marzo 22, 2010 - 10:40

    micromios: a veces solo se necesita la fantasia de la decision, como pasa con gonzalez y con tantos otros… y me incluyo, je.
    fanou: si, se ve que los domingos dan ese estado de animo tan especial, je
    gaucho: seeee, todos somos un poco el che!
    gracias a todos!

  6. #7 por Camaché el marzo 23, 2010 - 16:28

    ahh… rutina, rutina, rutina. La maldición de los espíritus citadinos del tercer milenio.

    Me ha gustado el relato, creo que es como una foto, pero más larga, es decir, lo que acabas de hacer, a mi parecer, fue arrancarle un típico momento al tiempo. A un típico empleado, en un típico empleo.

    Se llena uno de energía para despedirse de Diaz y luego tu me estampas contra la realidad. Fantástico.

    • #8 por g. el marzo 23, 2010 - 21:54

      gracias david, me gusto mucho tu critica. y si, la rutina es ciertamente una maldición.
      salut.

  7. #9 por Concha Huerta el marzo 24, 2010 - 15:32

    hay personas a las que matar estaria justificado y una de esas es esta secretaria prepotente que tan bien describes en tu texto. Personajillo que se aprovecha de la debilidad ajena. Un relato muy bien construido.
    saludos

    • #10 por g. el marzo 24, 2010 - 20:07

      y se aprovecha de la supuesta importancia que le da un puesto en el cual es absolutamente reemplazable…
      salut!

  8. #11 por Tauro el marzo 26, 2010 - 18:20

    Este es un mensaje que me dejaron en el facebook para vos y te lo queria entregar, es Diana la madre de Paula desde españa:
    Diana Estrella Tarello Martinez Walter todos los cuentos me gustaron ,estan muy Bien redactados ,felicita a Gabi,,creo que tiene que potencial y sera una gran escritora ,,suerte y besossssssss
    Lo que pensamos varios.
    ; )

    • #12 por g. el marzo 26, 2010 - 20:42

      jajaja… decile q gracias! igual, lo de “sera”, mas vale q sea rapido, los años no vienen solos, no?
      besote

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