el exilio de bernardo reyes – parte IV -.

parte III.

***

Bernardo siguió las voces como en un ensueño, con esa sensación que a veces provoca el insomnio, de estar en un mundo a mitad de camino entre el que se habita y otro que apenas se entrevé pero se adivina en la forma en que el aire se dibuja alrededor.

Bernardo encontró a Ramona. Y al encontrarla tuvo que restregarse los ojos para confirmar que el espectáculo macabro que se desarrollaba frente a él pertenecía al mundo real y no al país de las pesadillas.

Sobre una plataforma de madera en medio del bosque vio a su amante desaparecida. Estaba desnuda, hermosa como siempre, la piel morena brillando a la luz de las velas que la rodeaban. Despierta, aunque Bernardo notó por sus movimientos aletargados que su consciencia estaba adormecida. Cinco hombres desnudos, entre ellos el cura y el comisario, observaban extasiados aguardando su turno al alcalde, que penetraba a Ramona mientras el médico del pueblo le inyectaba un líquido oscuro en el cuello. Mientras esperaban, se masturbaban unos a otros, sin dejar de mirar a la mujer que gemía débilmente y se sacudía al ritmo que marcaba el hombre encima de ella.

Bernardo sintió la erección, el miedo y la ira al mismo tiempo. Esas sensaciones lo obligaron a permanecer parado en las sombras, mudo espectador de ese festín demente. La cabeza le daba vueltas y se vio obligado a acercarse al árbol más cercano para no perder el equilibrio. El otoño y la proliferación de hojas secas delataron su presencia, justo en el momento en que el alcalde se incorporaba y Ramona se retorcía en el estertor de un orgasmo, ese movimiento que él había llegado a conocer tan bien.

Como si los hubieran despertado de repente, los hombres giraron su atención hacia el espacio en que Bernardo intentaba ocultarse. Se quedó quieto, inmóvil, con la respiración suspendida. Pero Ramona lo vio. Lentamente abrió las piernas, extendió un brazo, estiró sus largos y delicados dedos hacia él y lo nombró, invitándolo a unirse.

Nunca había corrido tanto, ni con tanta desesperación Bernardo. Mientras corría entendió que la única salida posible era escapar, irse tan lejos como pudiera de su pueblo natal, alejarse de la locura antes que la locura lo alcanzara.

Bernardo Reyes escucha los golpes en la puerta en el momento en que empuja el mosquitero del patio de atrás. Golpea débilmente al ayudante del comisario que ahora vestido intenta cubrir la salida del infortunado testigo.

Todo pasa en un instante: el amague del hombre hacia la pistola en la cintura, el estallido de la escopeta y la mano destrozada: un amasijo de sangre, huesos y carne contra el césped que la madre de Bernardo había mantenido siempre verde y prolijo. El aullido de dolor del ayudante de su suegro. Los pasos acercándose a toda prisa. Bernardo corre sin mirar, hundiéndose en la oscuridad de los árboles, rezando porque las piernas no fallen y la noche lo resguarde de sus perseguidores.

Cuando está lo suficientemente lejos, se detiene a recuperar el aire, sin dejar de escuchar los sonidos, alerta ante la posibilidad de tener que seguir corriendo. Pero no escucha más que las hojas sacudiéndose y el corazón que le late en las sienes y le nubla la vista. Dentro de su cabeza ve a Lidia, a sus padres, las caras de aquellos que fueron parte de su historia hasta allí. Ve a Ramona y siente la impotencia de saberse cobarde e incapaz de salvarla, de dejarla entregada a esos hombres que la ultrajan como evasión a sus vidas ordinarias, se pregunta si es la primera, si no hubo otras, quiénes serán las siguientes. Llora como un chico de veinte años cuyo mundo se dio vuelta y nunca volverá a ser igual.

Las pisadas lejanas lo ponen nuevamente en movimiento. Con cada paso, Bernardo Reyes se despide de su vida armada por otros y parte hacia el exilio sin mirar atrás.

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  1. #1 por El Gaucho Santillàn el mayo 6, 2010 - 8:37

    Bueno, ha sido un final inesperado.

    bien escrito. Me gustò.

    Un abrazo.

  2. #2 por Viviana el mayo 6, 2010 - 9:32

    Bueno, no le falta nada.
    La presencia del cura, el comisario, es realmente la historia negra de este país, y también la historia de muchas mujeres.
    Cuando leí: “vió a su amante desaparecida”, sentí que “desaparecida” era una palabra que hay que usar con cuidado. Al seguir leyendo me alegró, me parece que la palabra en este cuento, es pertinente, sobre todo porque me suena como una gran metáfora a cerca de el poder y de la cobardía.
    Siento que es un cuento genial.
    Y que me dejó pensando, posiblemente en unas horas escriba otro comentario, me dejó pensando en serio.
    Gracias

  3. #3 por chrieseli el mayo 6, 2010 - 9:35

    Qué quieres que te diga. Un final brutal, de miles de aristas. Un final a la vida ordinaria de Bernardo y un comienzo dolorido, como un nacer, a una vida impensada donde no conocerá a nadie, donde este recuerdo dramático condicionará sus movimientos.
    Bien. Valió la pena la espera.
    Saludos

  4. #4 por Cristian el mayo 6, 2010 - 21:05

    El ritmo del cuento, que he leído de corrido todas las partes, no me ha dejado gran espacio para suponer, provocándome cierta sorpresa en la historia y por momentos una leve angustia.
    Hay muchos que se “exilian” pero pocos pueden reinventarse.
    Sos un genio….
    Cristian

  5. #5 por g. el mayo 6, 2010 - 23:59

    cristian: noooo, qué genio…. ojala!

    tere: esta bueno lo del nacimiento a una vida impensada, no lo habia pensado asi.

    viviana: gracias! yo tambien lo pense dos veces al poner “desaparecida” – como nos condiciona nuestra historia con las palabras, no? -, pero me pareció adecuado después de todo.

    gaucho: para la proxima te prometo abducciones y travestis, voy a hacer algo con eso y te lo dedico.

    gracias a todos por seguir la historia que pari (no saben cuanto)

    salut!

  6. #6 por Viviana el mayo 7, 2010 - 9:18

    Eso es! una historia parida con dolor.
    Si al leerla, una puede adivinar las contracciones…
    La escena de Bernardo mirando a Ramona con esos hombres, y teniendo una erección, es asombrosa. Cuántos sentimientos encontrados podemos albergar los seres humanos dentro nuestro? Po momentos pienso que somos tan miserables….

  7. #7 por Concha Huerta el mayo 7, 2010 - 11:50

    Menudo pùeblo mas viciado. No me estraña que dejara marcado al pobre Bernardo. Una historia dura que te deja con sabor amargo. Un buen desarollo dramatico que culmina en un final explosivo. Un saludo

  8. #8 por g. el mayo 7, 2010 - 17:14

    viviana: y si, esas huellas se ven cuando se lee. somos miserables, creo, porque somos humanos, no hay otra forma de ser humano que esa.

    concha, viste vos? una joyita el pueblo. me alegro que te haya gustado.
    salut,

  9. #9 por annefatosme el mayo 9, 2010 - 18:45

    Me ha gustado el final porque no me lo esperaba ni poco ni mucho. Que escena tan macabra: todas las fuerzas vivas del pueblo aprovechándose de la amada de Bernardo, tiene algo de ritual de iniciación, o te sobrepones o te hundes. Muy logrado.
    Un saludo,

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