perro viejo.

Los perros viejos tienen esa mirada, piensa Eleuterio al ver a ese can mestizo que pasa caminando chueco frente a él y lo otea de refilón. Como si no le interesara nada ese tipo canoso que toma sangría en un vaso de plástico, en una silla de plástico en la entrada de un bar decadente. En una ciudad cada vez más llena de plástico y de bares como ese.

Ese perro podría caerse muerto antes de llegar a la esquina, reflexiona Eleuterio por reflexionar algo y no pensar en el calor aplastante, en la modorra de esa tarde que amenaza lluvia en el cielo que se encapota levantando humedad, un aire denso que apenas se puede respirar.

La camisa se le pega a la espalda pero él no se inmuta. Sigue el andar cansino del animal, hasta que desaparece y la vereda vuelve a quedar desierta y lo único que se escucha es la cumbia que sale desde adentro del bodegón del gordo José y el tintineo de los vasos en la cocina del fondo.

Eleuterio toma un sorbo largo de sangría y frunce el ceño. Está caliente. Hace buches con la bebida y la escupe en el piso, justo en el momento en que Berta, la mujer del gordo, se para en la puerta ahuyentando las moscas con un repasador grasiento.

– Calor – comenta Berta.

– Ajá – Eleuterio extiende el vaso sin mirarla -. Traeme más sangría, Berta. O traeme unos hielos.

Berta toma el vaso de plástico pero no se mueve.

– Ayer vinieron a buscarte.

– ¿Quiénes?

– No te hagas el pelotudo, Eleuterio. Vos sabes que acá te queremos bien, pero yo tengo que cuidar el negocio. No voy a permitir que un día te revienten los sesos en la puerta del local, ¿o vos nos vas a dar de comer cuando tengamos que cerrar porque tenemos un fiambre en la puerta?

Eleuterio gira la cabeza para mirar a Berta. Una vez fue la mina más linda del barrio: alta, seductora, pechos de película. Ahora, el peso de los años le ha encorvado la espalda y le ha formado una joroba prominente. Siente lástima por el gordo José y se le ocurre que la vida no fue justa con Berta. Pero tampoco fue justa con él. De hecho, piensa, la justicia no es algo inherente a la vida.

– ¿Querés que me vaya?

La mirada se le suaviza a Berta, y Eleuterio percibe algo parecido a la compasión en la voz agravada por los miles de cigarros negros que ha fumado.

– No, viejo. Quiero que te andes con cuidado, nada más – pega la vuelta y entra en el bar – ¡José, sacame unos hielos para el Eleuterio!

Eleuterio gira la cabeza hacia la esquina al oír un gemido débil. El perro ha vuelto. Está sentado ahí, observándolo como si estuviera esperando algo. La lengua fuera.

– Y a vos qué te pasa, ¿tenés sed? – le dice Eleuterio, en su tono de voz habitual, un tono que no da lugar a réplicas, bajo y controlado. El perro se levanta y amaga caminar hacia él, pero mira más allá y retrocede hasta que Eleuterio solo puede ver su hocico.

Eleuterio gira la cabeza en cámara lenta. El Chino Suárez y dos de su banda doblan la otra esquina.

El aire pesado se torna irrespirable cuando las miradas del Chino y Eleuterio se cruzan. El Chino se lleva la mano a la cintura. Pero Eleuterio ya tiene la 45 en la mano. El disparo sacude el silencio y es seguido por el golpe seco de la cabeza del Chino que va a dar contra el cordón de la vereda.

Los otros dos lo ven caer impotentes y se preparan para liquidar a Eleuterio, que tiene a uno de ellos en la mira. Siente la adrenalina que le sube desde las piernas y le revoluciona la sangre. No tiembla cuando dispara por segunda vez y acierta a uno, antes de esconderse en el bar y ver pasar como un rayo a Berta con la escopeta, que lo empuja hacia dentro, apunta protegida por el vano de la puerta y tira. La calle queda en silencio.

Eleuterio guarda la 45 mientras Berta se incorpora trabajosamente. Se miran. Eleuterio teme que Berta le parta la escopeta en la cabeza, y entorna los ojos preparándose para recibir el golpe.

Pero Berta le pasa por el costado, hacia el fondo del boliche

– Gracias.

– Andate, viejo, la puta que te parió. No quiero que te encuentren acá – dice ella caminando hacia el fondo del local sin detenerse.

Ha salido el sol, y su luz ciega a Eleuterio hasta que la vista se le acostumbra. Un reguero de sangre se desliza viscoso hacia el desagüe desde los tres cuerpos tirados en la calle. Se aleja caminando con el andar cansado parecido al del perro viejo que lo espera en la esquina y se va caminando despacito atrás de él, cuando dobla la esquina.

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  1. #1 por El Gaucho Santillàn el mayo 10, 2010 - 8:37

    “Esos que lo han visto todo”.

    Que buen final.

    Buen texto. Me gustò.

    Saludos

  2. #2 por chrieseli el mayo 10, 2010 - 10:31

    Si, un final de tango. Muy bueno G. Me lo he leído de un tirón, divisando tus personajes, sintiendo pena por el perro (sí, soy una tarada, siempre los perros me dan pena), boqueando por el calor y sorprendiéndome de este final de far west, orquestado limpiamente, sin caer en la exageración, bien armados los personajes, la complicidad, el entorno.
    Muy bueno, realmente 🙂

  3. #3 por micromios el mayo 10, 2010 - 17:49

    El calor convierte la calle en un espejismo lejano mientras el perro observa con ojos de mil años. Ojos que perciben el soplo del aire y una mujer que ya fue, pero que se ha convertido en más mujer.
    Buen relato de un instante que se alarga bajo el sonido de unos disparos.
    Estupendo.
    Salut

  4. #4 por g. el mayo 11, 2010 - 18:51

    gaucho: gracias. te debo el de los travestis abductores, o algo por ahi.

    tere: a mi tambien me dan pena los perros, si en una historia hay un perro que se puede llegar a morir, ya me angustio por anticipado.

    carme: me gusto tu descripcion de berta, me gusto ese personaje en particular.

    gracias a todos por leer, salut,

  5. #5 por annefatosme el mayo 12, 2010 - 12:12

    Tu relato me recuerda a una matanza ocurrida en un pueblo español, hace unos cuantos años, en pleno mes de agosto bajo un calor de muerte. En aquel entonces leí lo que había pasado pero no sabía que atmósfera envolvía los hechos. Después de leerte aquella matanza cobra relieve, color, olores, profundidad…y un perro observándolo todo.
    Un saludo,

    • #6 por g. el mayo 12, 2010 - 21:42

      que bueno anne, me gusta que hayas podido completar otra historia con la mia.
      salut,

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