los reidores.

Somos reidores de profesión.

Trabajamos y entrenamos para ejercer nuestro oficio con seriedad y arte.

Porque señores, saber reír es un arte. También, y sobre todo, saber cuándo hacerlo.

Sino, que lo diga Artemio Fernández, una leyenda en el “show business” (si señores, pertenecemos al show business, aunque se nos niegue el mérito de determinar las risas del público). Claro que Artemio no puede contarlo, recluido como está desde que le ocurrió esa desgracia que lo alejó de los estudios y lo sumergió en la ignominia. Es que así es el mundo del espectáculo, una picadora. Un día estás en la cima, y otro en el fango.

Del Plaza a la plaza, ya lo decía Torre Nilsson. Yo no podría estar más de acuerdo con esa afirmación.

Un reidor que se precie se pasa la vida perfeccionándose, buscando la carcajada absoluta, la que contagia, la que produce tentación y termina, en el mejor de los casos, dando dolor de estómago y la sensación literal de que uno va a morir de risa.

Ustedes creerán que nuestro laburo es fácil, pero no podrían estar más equivocados.

Hay que estar dispuesto a reír siempre. Todos los días, de lunes a viernes, a veces también sábados y domingos. Reír, incluso si no tenés ganas.

Tengo compañeros que se han presentado al trabajo en las situaciones más adversas. Sarita Mazzone, sin ir más lejos, fue a cumplir con su deber el mismo día que un coche sin frenos se le llevó al marido al otro barrio. Lloraba y reía a la vez, haciendo unas muecas extrañísimas. Una cosa bastante chocante de ver, les diré, pero que le ganó el respeto del grupo por su entereza.

Con mis colegas nos reunimos dos o tres veces por semana para ensayar, fuera del horario laboral. Somos aplicados y constantes. También críticos unos de otros. Sabemos que es la mejor (la única) forma de mejorar. Y se las regalo andar practicando risas cuando alguno te soltó un “no es creíble” ó “no tiene alma”. Es una de las cosas más complicadas del mundo.

Yo soy bueno, modestia aparte. Soy poseedor de una risotada potente y clara, que impone su presencia donde quiera que voy. Mi tarjeta de presentación. Una vez, el productor de una tira de mucho éxito me llamó a su oficina para felicitarme. No les digo el nombre porque no me gusta alardear, pero era un pez gordo. En serio.

Me han comparado con el Gran Artemio. Más de una vez, si quieren que les diga la verdad. Yo, que soy un tipo que no gusta de los elogios y no sabe que hacer cuando los recibo, me encojo de hombros, pero en el fondo, creo que tienen un poco de razón.

Sólo espero no terminar como él.

Pobre Artemio.

Él es el mito oscuro del ambiente. El “ojalá que no te pase”. Fue tan grande antes de la debacle que quizás por eso hizo tanto ruido cuando cayó.

Yo lo vi una vez, cuando recién me iniciaba en el oficio. Llevaba una estela de luz consigo, capaz de iluminar una habitación al reír en ella. Atildado y elegante, siempre de punta en blanco y engominado. Su risa era música. Era, como decirlo… bella. Bellísima. No hubo comedia que no triunfara si estaba él. Cuando un espectáculo andaba flojo, su nombre surgía como un susurro entre los directores de los canales, y el efecto era automático. El repunte no se hacía esperar.

La puta distribución de la fama lo obviaba al mencionar la fórmula del éxito de tal o cual programa, pero nosotros sabíamos la verdad: Era por él, por su talento inconmensurable. Nunca volví a ver una cosa igual. Lo juro por mi madre, Dios la tenga en la gloria y no la devuelva.

Era imposible no desternillarse cuando el Gran Artemio trabajaba. Inevitable. Era vano intentarlo. A veces con los compañeros hacemos competencias, a ver si alguno aguanta, pero no se puede. Y él ni siquiera sudaba, ni se despeinaba. Era magia pura, como un hechizo.

Esa fue su perdición.

La última vez que se lo vio en público fue durante la transmisión de “Sábados desopilantes” del viejo canal 11. Un magazine de entretenimientos de esos que duraban cuatro horas, los sábados a la tarde. Llegó como siempre, de punta en blanco, y se sentó como siempre en la primera fila, en el medio, como un director de orquesta, en el lugar que le estaba reservado. Saludó a sus fans, que lo aplaudían a rabiar cada vez que llegaba, y se acomodó en su silla.

La emisión era en vivo – yo no la vi, pero me han contado la historia tantas veces que es como si hubiera estado allí. El conductor, que era un cómico bastante mediocre comenzó con sus chistes lamentables.

Todo marchaba por los carriles habituales, y como era costumbre, el Gran Artemio lanzó la primera carcajada de la tarde. Pero uno de los participantes del programa no se rió. Miró hacia donde estaba Artemio muy serio. Como quien oye llover.

Se produjo un silencio incómodo. Uno de esos momentos que tienen los vivos, de profunda incomodidad. Los otros reidores, estupefactos, no supieron reaccionar, y tampoco emitieron sonido por unos segundos que se hicieron eternos. El conductor salvó las papas y siguió adelante con lo suyo. De a poco, los reidores retomaron el control hicieron de cuenta que el participante serio no estaba allí.

Pero el Gran Artemio no pudo. Se sintió tocado en lo más profundo de su ser, como todo artista cuando se cuestiona su arte. Así que se empezó a reír por todo. Por cualquier cosa. Por situaciones que no eran para reírse. Todo para quebrar la voluntad de ese hombre que parecía no tener sentido del humor.

Así que Artemio reía y el participante lo miraba fijo, sin siquiera un mohín que delatara que estaba conteniendo las ganas de explotar en un ataque de hilaridad. Dicen los que lo vivieron que al cabo de un rato Artemio comenzó a sudar profusamente, mientras seguía riendo. Lo peor era que el resto del estudio no podía más. Los cámaras se sentaban en el piso para no hacer temblar los aparatos. El micrófono entraba y salía de cuadro al ritmo espasmódico de los movimientos del sonidista. El conductor no podía articular palabra. Los productores se agarraban unos de otros para no caer al suelo. Y el participante serio nada. Los observaba a todos como si viniera de otro planeta.

Cuando le dio el infarto a Cacho Galíndez, el director de piso, el estudio se había convertido en una bacanal frenética de risas. Galíndez se desplomó tomándose el brazo izquierdo, se sacudió un instante y murió con un rictus extraño en el rostro.

La asistente de Galíndez, que estaba a su lado, comenzó a gritar en un ataque de histeria, y de a poco todos dejaron de reír y rodearon el cadáver de Cacho. Nadie sabía que hacer. Nadie entendía nada.

Lo único que se escuchaba todavía era la risa de Artemio, que no le quitaba la vista de encima al participante circunspecto. Cuando llegó la ambulancia, los paramédicos, en lugar de llevarse a Galíndez, por quien no había nada que hacer, se llevaron a Artemio, que seguía carcajeando como un loco, con la desesperación en los ojos y señalando al hombre que lo había llevado a la ruina.

No fue hasta un par de días después que el Gran Artemio se enteró de que el responsable de su tragedia padecía una extraña condición debido a la cual tenía muertos los músculos de la cara. Fue entonces cuando se internó voluntariamente en un manicomio, un poco para castigarse por la muerte de Galíndez y otro poco para desaparecer de la faz de la tierra y no tener que enfrentar el escarnio público.

Del pobre Artemio Fernández no se volvió a saber. Su parábola es para todos los reidores un recordatorio constante del precio de la fama, que se transmite de generación en generación: en la risa, como en todo lo demás, no se trata solo de talento, sino también de saber cuando parar.

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  1. #1 por El Gaucho Santillàn el junio 10, 2010 - 9:21

    jajajja!!! Yo pensè que el tipo era sordo.

    Eso es un “workaholic”!!

    Divertido, che.

    Saludos

  2. #2 por chrieseli el junio 10, 2010 - 11:54

    Me impresionó el giro que le diste a la historia. Me gusta como lo narras y como vas presentando los personajes. “Sábados desopilantes” me hizo recordar a “Sábados rimbombantes”, la parodia de un programa de TV ícono en los ochenta.
    Esta historia bien podría ser el inicio de un buen, un muy buen libro.
    Saludos

  3. #3 por pipermenta el junio 10, 2010 - 19:45

    Me ha encantado tu historia y por supuesto me he reído mucho. Un texto muy muy divertido.
    Un saludo.

  4. #4 por MArtin el junio 11, 2010 - 19:25

    Me gusto como esta contado. Muy divertido!!
    Felicitaciones.

  5. #5 por Eliseo el junio 13, 2010 - 6:10

    Hacen falta muchos más reidores como Artemio (y más gente como tú que los haga reales y cercanos)

  6. #6 por g. el junio 13, 2010 - 21:08

    gaucho: podria haber sido sordo… te voy a contratar como asistente!

    tere: aca habia uno que se llamaba “sabados de la bondad” pero ese no era parodia, era en serio. tremendo…

    martin: gracias! espero q encuentres mas cosas que te gusten por aca.

    piper: si, ultimamente ando probando el humor, a ver que tal sale.

    eliseo: si, pero que no terminen igual.

    gracias a todos por leer.

    un abrazo

  7. #7 por Concha Huerta el junio 18, 2010 - 13:01

    Pense que el tieso era un muñeco para mortificar al pobre Artemio. Dificil oficio el de arrancar risas que sin embargo dominas con tus letras. Un saludo

    • #8 por g. el junio 19, 2010 - 11:18

      si, pobre artemio, se dejo devorar por su talento.
      gracias por pasar,
      salut

  8. #9 por micromios el junio 22, 2010 - 17:26

    “Se produjo un silencio incómodo. Uno de esos momentos que tienen los vivos, de profunda incomodidad.” Me ha gustado la frase.
    Salut

  9. #10 por Maximiliano el junio 24, 2010 - 15:21

    Jajaja… me hizo acordar de un personaje de la tele (un drácula) al que había que hacer reír para llevarse un premio…
    Muy bueno como siempre g.

  10. #11 por g. el junio 24, 2010 - 23:27

    carme: me alegro, ahora que me la marcas, esta mal construida, es redundante! pero bueno, si te gusto, bienvenido sea.

    maximiliano: claaaro! en noti dormi! (creo)

    gracias a ambos por leer,

    salut!

  11. #12 por annefatosme el junio 25, 2010 - 4:46

    Me he reido con tu texto y te agradezco el regalo. Unos momentos de risa son un lujo para la salud física y mental.
    Un saludo,

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