el extraño caso de marta lópez, quien murió sin una gota de sudor.

Marta López sabía que su olor corporal era fuerte y desagradable. No fue algo de lo que ella se hubiera percatado por sí misma – los olores propios, por cuestiones de inteligencia genética y piedad de la naturaleza, suelen ser agradables para los portadores, aun si no lo son para el resto de los mortales –  sino porque había sido la burla tortuosa de su adolescencia, cuando la llegada de la menstruación la convirtió en una explosión de hormonas rebosante de vida.

No había desodorante que le quitara el hedor que había identificado como la causa principal de su falta de popularidad con los hombres y del fracaso de su profesión. Alguien que olía mal no podía llegar muy lejos en la vida, y ella era la prueba fehaciente de ello.

Se bañaba entre dos y tres veces por día en invierno, hasta cinco en verano, sin solucionar con eso el problema, ya que el aroma que le era característico persistía y resistía litros de agua y cientos de panes de jabón.

Marta López sufría su defecto impuesto por otros como se sufre una cicatriz que atraviesa la cara de punta a punta.

Por eso, cuando aparecieron los antitranspirantes, creyó firmemente que eran la solución a todos sus problemas. La magia de la industria que finalmente – finalmente – la haría sentir segura de sí misma a la hora de enfrentar el mundo y ocupar el lugar que, creía, le hubiera correspondido de no haber tenido ese olor penetrante y ácido que le salía por los poros.

Así fue que Marta López se hizo fanática del antitranspirante: se lo tiraba en todo el cuerpo por las mañanas y llevaba un frasco en la cartera, dos si uno estaba por acabarse, que se echaba encima cada hora sin falta.

Su gasto en desodorante era cosa de no creer, a tal nivel que la marca a la que ella era fiel, un antitranspirante con aroma a bambú – Marta López no tenía idea de cómo olía el bambú, pero estaba convencida de que olía como su desodorante de cabecera -, la premió por su fidelidad como clienta con cuatro frascos de desodorante por año en un evento al que ella fue a dar testimonio de cómo el antitranspirante la había convertido en parte de la sociedad.

Cuando salió el desodorante que aclaraba la piel de las axilas, Marta López se sintió en el paraíso ¿qué más podía desear, qué más podía pedir a la cosmética? Era cierto, lo admitió apenas vio la publicidad de ese nuevo y genial invento, que el reiterado uso del desodorante había traído aparejado un cierto desgaste de la piel, que no era tersa y se estaba resecando.

Pero el remedio estaba allí al fin, y Marta se volcó a las góndolas del supermercado como posesa para adquirir no uno, sino varios frascos al mismo tiempo, que no tardó en utilizar con el mismo fanatismo con que usaba el antitranspirante.

Recién cuando notó que podía verse las venas azules que corrían por debajo de la epidermis, Marta López consideró que tal vez debía hacer una visita a un especialista.

Tampoco la alarmó la creciente sed que experimentaba, cada vez más acuciante, la cual la obligó a llevar en su cartera – que tuvo que cambiar por una más espaciosa – una botella de un litro y medio de agua reforzada con sales minerales.

Claro que cuanta más agua tomaba, más temía la transpiración, y más necesitaba echar antitranspirante blanqueador de axilas.

Pero Marta López ya no transpiraba, solo que no lo sabía. La guerra sin cuartel que había declarado a su propio cuerpo estaba ganada, y las glándulas sudoríparas se habían extinguido hacía rato ante la invasión de ese agente en aerosol.

La mañana en la que tenía turno con un renombrado dermatólogo, Marta López se levantó de la cama y se echó desodorante en un acto reflejo. La sed era insoportable, y caminó tambaleante hacia la cocina en busca de un poco de líquido reparador. Pero al verse al espejo que tenía en el pasillo de su casa se horrorizó: su piel parecía un pergamino, las venas azules y violetas se multiplicaban en su torso desnudo, parecido al de un cadáver disecado.

Espantada, se dirigió a la heladera para tomar un sorbo de agua y poder llamar a emergencias, pero el agua que bebió pareció traspasar su garganta y comenzó a salir a borbotones por todo su cuerpo, gastado de tanto prohibirle transpirar.

Mientras caía al suelo, donde la encontrarían horas más tarde los bomberos, inerte como una planta reseca, Marta López llegó a percibir que el agua que emanaba por cada uno de sus poros tenía un fortísimo, insoportable, aroma a bambú.

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  1. #1 por El Gaucho Santillàn el julio 8, 2010 - 8:44

    Brrrr! que cuento oscuro!. Me recordò cosas de Lovecraft.

    Bien escrito. g.

    Saludos.

    • #2 por g. el julio 8, 2010 - 16:35

      uy gaucho, no sera mucho?
      igual, gracias, ya quisiera!
      un abrazo

  2. #3 por chrieseli el julio 8, 2010 - 12:58

    Genial como de costumbre. Ese toque de ironía y de humor negro hacen muy entretenida la lectura. Me parece que hay más de alguna Marta López por ahi, claro que aún no saben lo mal que hace el antitranspirante.
    Un abrazo

    • #4 por g. el julio 8, 2010 - 16:38

      si tere, hay montones, es terrible lo que puede hacer la publicidad, mi imaginacion se disparo con un desodorante q dice q te blanquea las axilas, un sinsentido, la creacion de una necesidad inexistente que de golpe es el principal atributo de un producto.
      en fin, asi esta el mundo, loco loco.
      un abrazo,

  3. #5 por pipermenta el julio 9, 2010 - 9:36

    Me gustó muchísimo. Es más aún sigo dándole vueltas. Eso de que un desodorante te deje las axilas blancas da para mucho. Las descripciones que haces son geniales. El olor a bambú- desconociendo por completo cómo huele el bambú- me quedara para siempre guardado como uno de esos olores para olvidar.
    Me pregunto que te pasó entre lo escatológico de la anterior entrada y el mal olor de esta ¿Existe alguna relación? (je,je,je)
    Un abrazo.

    • #6 por g. el julio 14, 2010 - 0:01

      sabes q no se… despues de publicarlo note la unidad de tematicas y pense en ello, se ve que algo me esta pasando con lo fisiológico, tendré que revisarlo, jejeje.
      gracias por pasar, piper.
      un abrazo,

  4. #7 por Concha Huerta el julio 10, 2010 - 17:29

    Un cuento muy bien desarrollado que hace incapie en como las obsesiones pueden dar cabo de una vida. Divertido e irónico.Casi puedo ver el agua salir de cada poro de esta pobre Marta. Un saludo

    • #8 por g. el julio 14, 2010 - 0:17

      es asi, concha. las obsesiones y el marketing pueden resultar una mezcla letal.
      gracias por leer, un abrazo.

  5. #9 por Maximiliano Insua el julio 12, 2010 - 11:06

    Me encanto!!
    La sociedad te hiere uno mismo se da el tiro de gracia.

    • #10 por g. el julio 14, 2010 - 0:25

      claro que si. buen remate para la historia de marta.
      un abrazo,

  6. #11 por micromios el julio 14, 2010 - 14:39

    Entre el esperpento y el humor negro. Muy buen texto G. Yo tenía una compañera que cuando tomaba el ascensor, todas las demás subiamos a pie.
    Salut

    • #12 por g. el julio 15, 2010 - 1:53

      jejeje, me has dejado una imagen olfativa tremenda! pobre del que se subia a ese ascensor despues!
      gracias por pasar, como siempre.
      un abrazo,

  7. #13 por Viviana el julio 16, 2010 - 9:36

    Muy bueno!!! Me dió risa y tristeza. Me hizo pensar en lo expuestos que estamos, y lo inseguros que somos. Además, es genial tu manera de llevar al extremo una situación cotidiana.
    Me encantó. Gracias

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