chinita.

–          Está muerta.

La frase, pronunciada entre lágrimas por su hija y apenas audible para Domingo, no significaba nada nuevo a esa hora de la madrugada.

Había estado prendido a la radio desde la mañana temprano, temiendo escuchar las palabras que escuchó pasadas las ocho y media de la noche. Desde ese momento, cuando él también había derramado algunas lágrimas por la difunta, había quedado prendado de la palabra “inmortalidad”.

Rezó varios rosarios seguidos, no porque creyera que eso ayudaba en algo a la llegada de esa mujer a ninguna parte, sino para no sentirse tan solo, tan abandonado en esa noche que cambiaba todas las noches que seguirían.

Mientras esperaba que llegara su hija recordaba esos últimos siete años de su vida, de la vida de los que lo rodeaban: obreros, trabajadores venidos del interior con la esperanza de una vida mejor, más justa, sin lujos pero sin las carencias a las que estaban tan acostumbrados por la postergación de siglos.

Y ahora todo había terminado. A pesar de sus cincuenta años, Domingo se sentía huérfano por segunda vez, volvía a sentir el vacío que había sentido treinta años antes, al enterrar a su madre en su pueblo natal.

Poco después del anuncio radial, había salido a la calle con una pava de mate, a aguardar la llegada de la Chinita. No sabía qué otra cosa hacer y la casa se le antojaba demasiado silenciosa, incluso con la radio encendida. Afuera se oían los llantos desconsolados de las mujeres y las plegarias que se elevaban al cielo como una sola repitiendo el mismo nombre, como un mantra infinito.

Y pensaba en la inmortalidad. Qué significa eso, se preguntaba, si ella ya no estará con nosotros. De qué sirve la inmortalidad si te aleja de los que más amás y de los que más te aman. No, la inmortalidad no era una buena cosa, meditaba mientras chupaba unos amargos que se iban enfriando sin que lo notara. Es una tortura lenta e inacabable, una forma de sufrimiento que él esperaba no tener que experimentar jamás.

No se daba cuenta de que de a ratos se tocaba con la lengua la dentadura postiza que le había llegado dos inviernos atrás, con una nota que no era como la que habían recibido sus compañeros de la fábrica con sus propias dentaduras, sino que tenía un saludo especial para él: “para Domingo, muchas felicitaciones por su hija Adelina, una verdadera mujer del pueblo”.

Se había sentido tan orgulloso que había mostrado la nota durante toda la semana, para que lo envidiaran y supieran que la Chinita estaba en ese lugar de privilegio de ver a la señora todos los días. Ahora el pedazo de papel escrito por esos dedos que no volverían a escribir adornaba el espacio más cuidado de la casa, con un marco color dorado y un vidrio para protegerla de las inclemencias. Todos los días, antes de salir a la fábrica lo miraba y recordaba por qué valía la pena seguir adelante.

Ahora no sabía qué hacer. La Chinita lloraba sin consuelo y a él le partía el alma verla así, tirada en la cama, el pelo rubio teñido y el rodete trenzado desarmado.

–          ¿Qué vamos a hacer, Tata? ¿Qué va a ser de nosotros ahora?

Él no sabía qué contestar. Siempre había sido parco de palabras porque dejaba las palabras para los que sabían usarlas. Su hija adoraba a la finada con un amor casi enfermizo. Llegaba del trabajo feliz, repetía todo el tiempo que hubiera cocinado gratis sin dudarlo para los dos, por todo lo que les daban, pero sobre todo para ella, ella que sabía lo que era ser pobre y no tener nada y por eso los entendía tan bien.

Domingo recordaba el día en que su hija había descubierto que ambas compartían el sobrenombre. Era más joven y  todavía usaba el cabello oscuro. Bailaba por el comedor cuando le contaba que lo había escuchado al mismísimo General decir “chinita” con su voz grave y ella en un momento pensó que se dirigía a ella pero no podía ser. Se había dado vuelta para mirarlo llena de vergüenza y ahí se dio cuenta de que le hablaba a su esposa y tuvo ganas de contarles que a ella su tatita le decía igual, pero no se animó, y ahora seguro que lamentaba no haberlo hecho porque cuando alguien se va para siempre todas las cosas que no pasaron se vuelven trascendentales y uno se arrepiente de cada cosa no dicha, cada acto de amor no realizado.

Al fin, la Chinita se calló. Domingo pensó que se había quedado dormida por el agotamiento, pero al rato la escuchó levantarse y empezar a moverse por su cuarto. Eran las tres de la madrugada y todavía se escuchaba fuera la letanía de las mujeres que se lamentaban por la desgracia inminente.

Se calzó las pantuflas y el pulóver viejo, porque el frío de julio arreciaba a esa hora, y se asomó al pasillo. La vio ir y venir agitada e inquieta mientras se peinaba y se arreglaba el sencillo vestido de luto que había estado preparando desde principio de mes, cuando supieron que este final estaba cerca. Siguió sus movimientos sin interrumpirla, hasta que ella lo vio.

–          Prepárese, tatita, que nos vamos para el centro.

–          ¿Ahora?

–          Sí, ahora. Tenemos que despedirnos. Tenemos que verla por última vez.

La voz se le quebró al decir “última”, pero se recompuso y siguió preparándose. Domingo la miraba hacer y no hacía.

–          Pero m’hijita, son las tres de la mañana, hace frío, usté no ha dormido nada, ¿por qué no descansa y cuando empiece a clarear nos vamos?

–          No. Nos vamos ahora, y si usted no quiere venir conmigo no venga, cada uno sabe lo que hace y el Padrecito allá arriba lo ve y juzga.

La vio tan decidida, tan herida, que se rindió ante su voluntad, como hacía habitualmente.

–          Bueno, vamos. Pero abríguese, Chinita, no se vaya a enfermar de la garganta.

Ella dejó de moverse de aquí para allá y se le paró delante.

–          No me diga más así, tata – los ojos enrojecidos le brillaban y el labio inferior temblaba ahogando un sollozo – ese nombre ya no me pertenece, es de ella, es mi regalo para ella, no me diga más así.

Adelina se apoyó en el pecho de su padre para ahogar el llanto desesperado y él la abrazó fuerte al comprender que ellos también habían muerto un poco esa noche. Cuando los espasmos se convirtieron en lágrimas tibias que caían sin cesar, Domingo fue a ponerse su único traje bueno, el que había usado por primera vez en el ’45, para despedirse de los sueños y las esperanzas que se esfumaban esa noche, fundiéndose en un futuro tan negro como la tela del vestido recién estrenado de su hija.

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  1. #1 por Marie el septiembre 20, 2010 - 0:00

    que linda historia, me conmovió hasta el alma…
    es una historia llena de amor

    • #2 por g. el septiembre 20, 2010 - 0:01

      gracias marie, y bienvenida!
      abrazo,

  2. #3 por El Gaucho Santillàn el septiembre 20, 2010 - 9:16

    Asì, fue. justo asì. Buen recuerdo.

    Pensar que hubo salvajes, que salieron a escribir “viva el càncer”, en las paredes.

    Que paìs, este.

    Un abrazo.

    • #4 por g. el septiembre 20, 2010 - 18:13

      pero asi como estuvieron esos estuvieron estos otros. los que lloraron y laburaron y no le desearon la muerte a nadie.
      qué va a ser.
      abrazo.

  3. #5 por Concha Huerta el septiembre 20, 2010 - 10:04

    Un relato muy sentido que trasmite emoción y desconsuelo. Muy bonito. Saludos

    • #6 por g. el septiembre 20, 2010 - 18:15

      gracias concha, cuenta un momento triste – entre muchos – de la historia de nuestro pais.
      un abrazo

  4. #7 por Vi el septiembre 21, 2010 - 9:19

    “fundiéndose en un futuro tan negro como la tela del vestido recién estrenado de su hija.”

    Y vaya que fue negro el futuro.
    Me gustó mucho como pintaste esa cotidianeidad de la clase trabajadora de aquellos tiempos. Aquel fanatismo, esas ganas de creer, esa inocencia, esa incondicionalidad que vista desde hoy puede juzgarse pero que en ese momento, era así y quizás hasta estaba bien, no sé.
    Muy bueno.
    Viva Evita carajo!!! (ups, lo siento, es que el texto me llevó ahí)

    • #8 por g. el septiembre 22, 2010 - 0:40

      eso, viva!
      abrazo,

  5. #9 por chrieseli el septiembre 22, 2010 - 11:54

    Cuando dejas flotar los dedos sobre el teclado, cuando dejas que los personajes cuenten la historia, por Dios que me emocionan tus palabras. Qué sentidos y queridos este Domingo y Adelina, que representan tantos otros que creyeron como que estaban vivos en las maravillas de Evita. No se conoce otra forma más elocuente de admiración, no se conoce otro fenómeno igual y lo has pintado como ha debido de ser, desde la visión de aquellos que erigieron el monumento, que crearon la leyenda, porque creyeron, tan fácil y tan complejo, tan dulce y tan duro. Un sueño, una quimera, una pura mujer en una patria con nombre femenino.
    Un abrazo y enhorabuena, como te dije antes, sos grossa!!

    • #10 por g. el septiembre 22, 2010 - 12:10

      gracias tere! q lindo comentario! fue asi, genero amor incodicional y odio avasallador, y es dificil de entender para los q no estuvimos ahi, pero el recuerdo y el mito son tan enormes que flotan en nuestra vida todo el tiempo, para bien y para mal.
      un abrazo,

  6. #11 por micromios el septiembre 23, 2010 - 11:06

    Siempre me pregunto por qué hay personajes que la gente seguiría hasta la muerte y a otros ni los miraría. Se trata del carisma dicen. No sé pero lo cierto es que unos se van derecho a la inmortalidad y otros al olvido.
    Muy buen relato Gabi.
    Salut

    • #12 por g. el septiembre 23, 2010 - 11:18

      lo fascinante de la historia de eva es que tiene todos los elementos para ser un mito: la chica humilde que llega hasta donde no ha llegado antes ninguna mujer, y en el camino abre puertas para creer en algo mejor para el futuro. si a eso le sumas la muerte tan joven, a los treinta y tres años, las peripecias de su cadaver y los años negros de prohibición que vinieron despues, tenes todo lo que necesitas para un tragico cuento de hadas. estoy convencida de que sin ella el no hubiera sido nada.
      abrazo,

  7. #13 por annefatosme el septiembre 23, 2010 - 12:47

    Un relato muy conseguido sobre el amor tan sentido, la devoción que sentía la gente del pueblo por Evita. Ahora no creo que este fenómeno volviese a ocurrir, por lo menos con una mujer metida en la política. Cuando estuve en Buenos Aires visitando el cementerio me quedé pasmada por la macabra historia de Evita muerta, como si no hubiese muerto, y por su modesta tumba.
    Un abrazo,

    • #14 por g. el septiembre 23, 2010 - 16:18

      no, ahora es imposible, aunque quien sabe… los grandes mitos de la historia aparecen sin avisar, y a veces nos enteramos mas tarde de su importancia.
      abrazo,

  8. #15 por Cristian el septiembre 29, 2010 - 20:00

    Me conmovio mucho! Gracias.

    • #16 por g. el septiembre 29, 2010 - 20:15

      gracias a vos por dejarte conmover.
      abrazo,

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