la gran cosa.

La primera vez que hicimos el sexo con el Alber yo era una jovencita. Apenas si me había terminado de crecer el busto cuando me apuró con que si yo no le decía que sí, él se iba a ir a la casa de la Betty y se iba a sacar las ganas con cualquiera de sus chicas.

Me acuerdo la amargura que me agarré esa tarde. Lloraba en el hombro de Marita, que en ese entonces era como mi hermana mayor, y le preguntaba a ella qué hacer. Es que para mí Marita en esa época era voz autorizada. Tenía diecinueve y estaba casada con Mario (siempre nos hizo gracia con el Alber decir “Marita-Marito”, esos juegos de parejas que no le hacen gracia más que a los dos que los comparten). En cambio yo era inocente. Tenía dieciséis recién cumplidos, y la verdad, me cagaba toda cuando pensaba en hacer el sexo.

Cuestión que Marita me dijo que le dijera que sí, que tampoco era la gran cosa, que más valía pájaro en mano que cien volando; esas cosas que se dicen cuando una es chica y se piensa que el hombre con el que está es el hombre con el que va a estar siempre porque ni siquiera sabe cómo hizo para conseguirse ése. Mirá si después no encontraba otro y quedaba como la tía Chona, sola y vieja y con telarañas ahí abajo, me repetía Marita mientras me acariciaba la cabeza y yo lloriqueaba en voz baja para que Mario no escuchara.

–          ¿Pero no te duele? – le preguntaba una y otra vez más asustada que convencida.

Ella se encogía de hombros y ponía aires de señora experimentada.

–          No. Al principio un poco, es como un pinchazo con una aguja grande. Pero después se te pasa.

–          ¿Y te gusta después?

–          Y, no sé. Yo hago como que sí, porque a Marito le gusta que le diga que me gusta. Pero la verdad que no me gusta ni me disgusta. Ni fu ni fa.

Así que esa tarde me fui a lo del Alber con el corazón en la garganta, muerta de miedo. Ese día no me gustó mucho. Ni los días que siguieron a ese. La sensación molesta de tenerlo al Alber encima sacudiéndose como espástico era graciosa más que emocionante, y el líquido caliente y viscoso que me salía después me daba un poco de asco, no les voy a mentir.

Pero el Alber estaba todo contento. Me regalaba flores y osos de peluche. Me iba a buscar a la salida de la fábrica y enfilábamos los dos para la piecita de la pensión donde vivía. Nos quedábamos hasta que se hacía la hora de cenar. Ahí yo me iba a mi casa y hacía como si no pasara nada, aunque mi mamá algo notaba porque me preguntaba muchas veces al día si yo estaba bien.

Y yo estaba bien. Todo seguía igual con el Alber, o mejor por esto que les cuento de que me hacía regalos y atenciones. Lo único que me molestaba un poco era que él sí hacía como que era la gran cosa todo el asunto. Me decía cosas como “Ahora vas a ver cómo se coge, ahora te voy a enseñar lo que es un hombre”. Y la verdad era que no me enseñaba nada.

De a ratos se volvía hasta aburrido estar ahí boca arriba mientras él se portaba como si fuera Clark Gable. Cuando me preguntaba cosas como “¿Te gusta así? ¿te gusta asá?” yo le decía que sí, que sí, que siguiera más, porque Marita me había dicho que había que mentirles en esos casos, sino se les bajaba y se deprimían o se enojaban. No sé si me creía, para mí que no le importaba.

Cuando me empecé a sentir mal por las mañanas ni me imaginé que estaba en estado. Si hubiera sido por mí, no me hubiera casado con el Alber, pero nadie me preguntó nada, directamente me compraron un vestido que disimulara la panza y me llevaron medio de prepo a ver al cura para hacer el trámite antes de que se notara. El Alber estaba chocho. Era como si se hubiera ganado la trifecta en el hipódromo varios domingos seguidos.

Mientras, yo seguía sin verle la gracia al sexo. Cuando hablábamos con Marita ella me decía que yo era demasiado pretenciosa, que tenía aspiraciones de no sé qué, pero no era cierto. Yo nomás quería entender qué era lo que le gustaba tanto al Alber, y seguía pareciéndome que había algo que se me escapaba.

No voy a negar que me ponía contenta que el Alber me buscara todo el tiempo. Me hacía sentir importante. Incluso cuando andaba con un bombo que casi no me podía mover, él seguía dale que dale con el coso parado. Era como tener un poder, aunque no sabía cómo funcionaba. No era algo que yo hacía a voluntad, pasaba nomás.

Después nació el Mati y yo perdí las ganas de darle el gusto a mi marido. Bastante tenía con los pañales, la falta de sueño, los llantos y la plata que no alcanzaba. Aparte estaba el Mati, que era lo más lindo que me había pasado en la vida, con esa sonrisa hermosa, tan chiquito y necesitado de que lo cuidara.

La noche que el Alber se fue por primera vez me echó en cara que se iba por mi culpa, porque yo no lo satisfacía. Noté enseguida que él esperaba que me pusiera mal y le pidiera que se quedara.

Pero yo le contesté que hacía bien. Cada uno sabe lo que necesita para ser feliz; el Alber necesitaba que le hicieran creer que era la gran cosa lo que hacía en la cama. Yo le intenté decir que para mí era ni fu ni fa como decía Marita, y que me daba lo mismo si hacíamos el sexo o no.

Para qué… me llamó frígida y no sé cuantas barbaridades que yo ni sabía qué significaban. A Marita, que vivía al fondo, le hizo un escándalo que ni les cuento. Se mandó justo antes de la hora de la cena y le armó una pelotera impresionante con Mario, que así se enteró de lo que pensaba la esposa.

Cuando se iba para lo de la Betty – con Mario, que aprovechó la volada para rajarse también – el Alber me juró y me rejuró a los gritos que algún día yo me iba a dar cuenta de lo que me perdía y que ahí iba a ver lo que era bueno. Me pareció que lloraba, pero nunca supe si era de pena o de bronca porque nunca más volvimos a hablar de eso.

Pobre Alber. Murió antes de que yo lo conociera a Beto y no le llegué a decir que tenía razón sobre el sexo, aunque conmigo siempre, pero siempre, había estado equivocado.

 

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  1. #1 por chrieseli el diciembre 2, 2010 - 9:06

    Buenísimo. Decirte más es usar aquella palabra que me prohibiste estrictamente que usara. Sí, aquella que empieza con G, como tú.
    Un abrazote

    • #2 por g. el diciembre 3, 2010 - 12:15

      jejeje, usala, usala, solo que me parece mucho aplicada a mi.
      abrazo,

  2. #3 por Concha Huerta el diciembre 3, 2010 - 11:29

    Que tendrán algunos hombres que estan con estas fijaciones. Divertida tu prota que pasa de sexo y de el Albert ese. Que tonto. Un saludo

    • #4 por g. el diciembre 3, 2010 - 12:16

      es que el alber estaba muy concentrado en el sexo en si como para darse cuenta de qué andaba necesitando la protagonista.
      un abrazo,

  3. #5 por micromios el diciembre 5, 2010 - 9:36

    Uno y otro se equivocaron, él por darlo por seguro y ella por no decir la verdad. Buen relato para un debate intesante.
    Salut
    PD: Por aquí seguro que algunos dirían que es por falta de educación y que debería enseñarse en las escuelas como disfrutar del sexo y otros se rasgarían las vestiduras y aprovecharian para atacar a cualquiera que pensara diferente.

    • #6 por g. el diciembre 8, 2010 - 12:36

      totalmente, se deberia enseñar a disfrutar del sexo, a no vivirlo con tantos pudores. los que se rasgan las vestiduras estan siempre, en todos los temas, parece que estuvieran esperando que algo pase para salir a despotricar, incluso sin saber bien por qué.
      un abrazo,

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