segunda del plural.

–          Soy un extraterrestre.

Eso fue lo primero que me dijo Lucho el día que lo conocí, apenas habíamos ingresado a la universidad, entre la clase de sociología y la de historia, mientras aguardábamos al profesor sentados en el aula abarrotada de gente tan perdida como nosotros dos.

Yo me reí, le festejé el chiste. Pero Lucho me miró serio, sin una mueca que delatara la gracia que le hacía lo que me estaba diciendo.

–          En serio te digo, soy un extraterrestre.

Miré alrededor. Ni un lugar libre. Solo ese banco al lado de un tipo de aspecto raro pero definitivamente humano que afirmaba sin ningún pudor que no era de este planeta y esperaba que yo le siguiera el juego sin más.

–          ¿Cómo un extraterrestre? ¿Un extraterrestre – extraterrestre?

–          Sí.

La entrada del profesor al salón nos interrumpió y me dio tiempo para observarlo mientras escuchábamos la batería de apuntes que nos deparaba ese cuatrimestre. A Lucho el asunto no parecía preocuparlo. Anotaba en su cuaderno con concentración absoluta, inmune a los bufidos, susurros y miradas que los demás cruzábamos desesperanzados al ver irse nuestro tiempo libre por el desagüe de la necesidad de aprobar materias para seguir en carrera.

Era extraño, eso no se podía negar. El calor de marzo no lo afectaba. Vestía una camiseta de sarga debajo de un pulóver y un chaleco. Colgado detrás de su silla había un saco de lana. Tenía las manos finas y los dedos largos y delicados, como de pianista. Los ojos muy, muy abiertos: casi no pestañeaba y cuando lo hacía, se asemejaba a las ranas. Era un pestañeo rápido, casi imperceptible. Daba la sensación de que luego tenía que volver a acomodar la vista, hacer foco otra vez.

A la salida, mientras estábamos en la parada del colectivo, me contó como si tal cosa que esta era su segunda carrera. Era un niño prodigio. Había terminado la secundaria a los diez años y había pasado los ocho siguientes estudiando Física. Ya tenía un doctorado, mejor promedio todos los años.

–          Estoy acá porque mis órdenes incluyen comprender a su especie.

Así lo decía, en segunda del plural. “Su especie”. Yo no sabía si reírme o salir corriendo con alguna excusa tonta. La curiosidad pudo más y me quedé charlando con él hasta que llegó mi bondi y me volví para casa. No me pude sacar el encuentro de la cabeza durante toda la semana y a la siguiente me dejé llevar por la tentación de sentarme a su lado y seguir conversando para ver si podía descubrirlo en algún error y echarle en cara la mentira con la que se burlaba de mí.

Los meses que siguieron anduvimos de aquí para allá. Yo era bastante paria, solitaria, no me gustaban los grandes grupos y observaba las camarillas que se iban armando sin decidir acercarme a ninguna.

Y Lucho era interesante. Cuando entramos en confianza, me contó acerca de su lugar de origen, que no nombro por cuestiones de seguridad personal, y las costumbres de esos seres indescriptibles para nuestros sentidos. Era como escuchar cuentos de ciencia ficción cada jueves por la mañana, que no repetía porque no quería que nadie se riera de mi nuevo amigo. Además, ya estaba dudando de cuánto de lo que me contaba era falso. Era tan convincente y tan seguro al hablar que no podía desarmar su discurso con ningún planteo. Para todo tenía una respuesta rápida, compleja, elaborada, expresada con tanta naturalidad que pasado el primer mes de conocernos empecé a considerar la posibilidad de que tal vez sí andaba con un alienígena.

Si le expresaba mis razonables suspicacias, él me decía que no tenía que probarme nada: no era importante si le creía o no, las cosas son o no son y lo que pensemos sobre ellas no las hace más o menos verdaderas. No podemos influir en el desarrollo de los eventos con meras opiniones, remataba.

–          Y menos que menos ustedes, ¿te imaginás, con lo poquita cosa que son? Con todo respeto eh.

Nos juntábamos a estudiar. Es un decir, porque Lucho no precisaba repasar ningún concepto. Su velocidad y su capacidad me pasmaban. Sin embargo, él venia a mi casa y yo iba a la de él, porque nos gustaba pasar el tiempo juntos. Me ayudaba a entender el mundo como si lo estuviéramos viendo desde la estratósfera. Y siempre hablaba en segunda del plural. Me hacía mil preguntas sobre temas pueriles y cotidianos. Cosas que todos saben pero que él anotaba en una libretita negra con un lápiz al que le sacaba punta con frecuencia obsesiva.

Lo que más me llamaba la atención era que no había ningún roce casual pero intencionado, ninguna mirada que delatara que estaba conmigo porque le interesaba algo más que mi compañía platónica. Estaba segura de que era virgen, ¿qué otra cosa podía ser semejante bicho raro que había estado la mitad de su vida metido en física y cosas como esas?

Casi al final del cuatrimestre, me di cuenta de que necesitaba pruebas. No podía seguir así: me pasaba las horas pensando en cómo confirmar o desmentir de una buena vez los relatos de Lucho. La intriga me carcomía, no podía concentrarme en nada. Tenía que decidir de una vez por todas si le creía o no, y la información que me daba no me alcanzaba para hacerlo.

La noche antes del examen final había trazado un plan de acción. Lo único que podía develar el misterio era tener sexo. No era un hábito de su supuesta especie reproducirse mediante el contacto carnal. Ellos, según me había contado, tenían otros modos, más impolutos, más aburridos. Si no era humano, lo sabría al instante.

Así que me fui a su casa vestida para matar: minifalda, rimmel, labial rojo, escote notorio. Me pasé las horas de estudio tratando de llamar su atención, doblando las piernas así o asá, inclinándome hacia delante en la mesa frente a él, retocándome la pintura en el baño cada cuarenta minutos.

Pero el tipo nada. Seguía en su órbita, hablándome en segunda del plural y sin detectar ninguna de las indirectas, que a medida que transcurría la noche se convertían en obvias invitaciones a la lujuria.

A eso de las cuatro de la mañana tomé el toro por las astas. Lucho estaba explayándose acerca de las motivaciones histórico políticas de la guerra de la triple alianza cuando me levanté de la silla y me le senté a horcajadas. Lo besé y empecé a desnudarlo. Al principio, él no sabía qué hacer, me hablaba de que siempre había querido saber cómo era el sexo para entender por qué nos gustaba tanto “a nosotros”, pero nunca había encontrado la oportunidad. Además, le daba impresión esa clase de contacto con su objeto de estudio. Yo le dije algo así como que su comprensión no iba a ser completa hasta que no cogiera. Eso lo convenció.

Fue el mejor polvo de mi vida. Juro por dios que jamás volví a tener los orgasmos que tuve aquella noche. Creería que en algún momento levité. Supongo que puede haber sido una alucinación, producto del éxtasis en que me encontraba, pero la sensación de despegarme de las sábanas se sintió tan real que el recuerdo me estremece hasta el día de hoy.

Reprobé el final de historia. Lucho no se presentó y no lo volví a ver. Me dejó una nota en mi casa: “Es hora de regresar. Gracias por tu aporte invalorable a mi investigación. Recordaré siempre las cosas que me enseñaste. El intercambio de fluidos para la perpetuación de la especie es un don, el mayor que tienen ustedes. Los envidio”.

Si Lucho fue un loco, un post adolescente desesperado por encamarse o si tuve un encuentro cercano del cuarto tipo es algo que no voy a saber nunca. Pero no me importa. Como dijo él, las opiniones acerca de los hechos no pueden modificar lo concreto de un evento determinado.

Si tengo que elegir, elijo su versión de la historia: esa en la que yo confirmé que existe vida fuera de la Tierra.

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  1. #1 por chrieseli el diciembre 6, 2010 - 11:40

    De que hay tipos raros, los hay, pero tanto??
    Muy buena, realmente. Se pusieron de acuerdo para juntar creatividad. Me alegra
    Un abrazote madame G

    • #2 por g. el diciembre 8, 2010 - 12:39

      yyy, uno nunca sabe con qué se puede cruzar, la vida da sorpresas, je – por suerte -.
      abrazo!

  2. #3 por Vi el diciembre 6, 2010 - 14:27

    Muy bueno, g.! Y coincido, hay cosas que SIEMPRE vienen de la mano de tipos raros…así, medio extraterrestres…. Está bueno ser objeto de determinadas investigaciones interplanetarias, viste que la ciencia es muy importante…y que se yo.
    Abrazo!

    • #4 por g. el diciembre 8, 2010 - 12:40

      sisi, todo por la ciencia, hay que sacrificarse por ella, sobre todo en lo que respecta a tipos raros.
      abrazo vi!

  3. #5 por annefatosme el diciembre 6, 2010 - 16:08

    Los tipos raros y los bad boys, nos atraen a las mujeres, por lo menos un rato; al salirse del molde, nos intrigan, como muy bien detallas en tu texto, y de paso nos sacan fuera de la rutina. Este tenía premio incluido!
    Un abrazo,

    • #6 por g. el diciembre 8, 2010 - 12:41

      anda vos a saber si este era raro, un vivo o qué. pero ella la pasó que ni de otro planeta.
      abrazo,

  4. #7 por Concha Huerta el diciembre 9, 2010 - 8:26

    Que modo tan inteligente de ligarse a una piva. Este Lucho no era extraterrestre. Lo que era es un genio del cortejo. Un saludo

    • #8 por g. el diciembre 10, 2010 - 22:12

      es una opcion, es una opcion. pero la piba no la paso nada mal eh.
      abrazo concha!

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