la bombita.

Otra vez se aflojó la bombita. La mira mientras se refriega buscando sacar una lagaña que le pegotea el ojo izquierdo.

Odio las siestas, piensa. Mira hacia la ventana, donde ya es de noche y ella está a oscuras porque la puta bombita se volvió a aflojar. Las siestas no le gustan por lo mismo que no le gusta dormir en general. Cree que la vida es demasiado corta como para quitarle horas a la vigilia. Si fuera por ella, se pasaría los años que le quedan despierta para no perderse nada, no la convencen esos argumentos de que en sueños también se vive, está atada a la realidad concreta y no le gusta soñar. No porque sus sueños sean malos, es que no puede recordarlos.

Tiempo perdido, piensa. A tientas busca el interruptor del baño. Cuando lo encuentra entorna los párpados para que no le duelan. La luz se mete desobediente por el corto campo de visión y la ciega un poco. Casi puede sentir las pupilas que se achican. Se mira al espejo y la imagen derrotada que le devuelve le produce un escalofrío. Tengo que dejar de tomar. Se acaricia las ojeras y los dedos van solos hacia los surcos rebeldes que se forman un poco más arriba.

Marcas de expresión las pelotas, se lamenta. No gusta de los consuelos y las negaciones, y se hunde gozosa en la angustia de envejecer. Si al menos me animara al botox, pero para qué. Esclava de la imagen ya soy, lo haría peor. Lo mejor es dejar que avance. Entregarse a lo inevitable y aceptar.

Abre la canilla y el agua helada en las manos la despabila. Las junta haciendo un cuenco y agacha la cara para recibir el impacto del frío en el rostro. Qué maravilla el agua, pensar que en algún tiempo vamos a estar matándonos por ella acá, donde hay de sobra.

Afuera se escucha el rugir de los autos y los colectivos. Son el único motivo por el cual le gustaría mudarse. Unas carcajadas. Los pibes de la cuadra empezaron con la cerveza. Deben ser más de las nueve.

Pasea por la casa vacía. La gata la mira, también medio dormida, y hace un amago de maullido inaudible. Estira una de las patas en su dirección, esa costumbre felina de creer que un movimiento o una mirada seductora van a atraerte sin más hacia ellos para proporcionarles el placer del arrumaco y el ronroneo. Lo mejor es que casi nunca falla, pero esta vez ninguna de las dos se mueve de su lugar, el animal en su sillón favorito y ella en medio del comedor. No piensa en nada, más bien piensa que es sábado y que no sabe qué hacer.

Como una idea implantada, muy en el fondo de sus cavidades intercraneales, aparece la idea recurrente pero vaga. Qué pasaría si saltara por la ventana. Me mataría sin más, o quedaría parapléjica y babeante, postrada en un colchón, sintiendo las escaras que se forman y perdiendo masa muscular. Incluso saltar debe ser un arte, hay que saber hacerlo bien, tratar de caer de cabeza para que no falle y no duela.

Arrastra los pies hacia el cuarto. Podría cambiar la bombita, pero está tan oscuro que teme electrocutarse y ahí sí que no cuenta el cuento, una vez de chica se quedó pegada a un enchufe y la salvó su padre que andaba por ahí. Desde entonces tiene miedo a los manicomios.

Va a la cocina y abre la heladera. Una botella de agua de la canilla por la mitad y un pedazo de queso fresco en avanzado estado líquido, un frasco de mermelada de damasco y un tomate que se va poniendo negro. Está segura de que si lo moviera tendría que despegarlo del vidrio, puede ver las manchas viscosas en los puntos de apoyo. Se rasca la cabeza. Debería pegarse un baño, pero es demasiado trabajo prender el calefón. Las paredes de la cocina son un desastre. Enormes fragmentos descascarados, pintura nueva que se sale y muestra la pintura vieja. Alguna vez buscó formas con sentido en los dibujos caprichosos, pero abandonó al admitir que su imaginación es de vuelo corto y su espíritu lúdico es limitado, por no decir inexistente.

Vuelve al cuarto y trata de encender la luz en un inútil acto reflejo. Chasquea los dientes, bosteza, mira la ventana y las hojas del árbol que se mueven con la brisa fresca de verano. Se acuesta y la gata, que ya se ha desperezado, se sube a su lado, y le pone una pata en el brazo. Ella coloca la mano en el lomo de su mascota y la empuja con suavidad hasta el borde del colchón, para hacerla bajar. El animal se resiste un poco y después obedece.

Ella cierra los ojos y salta al vacío en sueños.

 

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  1. #1 por MX el enero 9, 2011 - 20:51

    Era hora de que aparezca algo optimista por acá. Y yo no le veo nada de malo a las marcas de expresión (y mucho menos a las paredes de la cocina, le dan identidad).
    Buena suerte y más que suerte!

    • #2 por g. el enero 9, 2011 - 20:55

      seee, le dan identidad, totalmente. las marcas de expresión también dan identidad, guarda eh.

  2. #3 por carolina el enero 10, 2011 - 0:53

    amo las siestas, no me gustan las ojeras, convivo con las segundas y carezco de las primeras. muy lindo escrito, el estilo coloquial me encanta.
    abrazo!

    • #4 por g. el enero 10, 2011 - 1:16

      más siestas y menos ojeras, eso es lo que nos hace falta para ser más felices.
      abrazo!

  3. #5 por Claudia Ibañez el enero 11, 2011 - 11:59

    Noche de Sábado en el pegoteo del verano sola y sin nada que hacer…casi nadie se resiste a imaginar cómo sería saltar por la ventana. Lo bueno es que el 99,9% no lo hace y cada tanto, las noches de sábados son tan entretenidas que uno ni se acuerda que la ventana está por ahí, como esperando. Un abrazo G!

    • #6 por g. el enero 11, 2011 - 12:02

      es verdad, y las noches entretenidas valen mas por esas otras de deseos de salir volando por algun hueco.
      abrazo!

  4. #7 por Vi el enero 11, 2011 - 20:13

    Ella todavía no se dió cuenta de lo que significa “saltar por la ventana”. Creo que tiene mas que ver con animarse a algo relacionado con la vida, que a matarse. Ojalá se pegue una buena siesta, ojalá busque las formas que deja la pintura descascarada, llene su heladera de cosas ricas, y adopte otro gato para que su gata no se aburra tanto mirando a su dueña en crisis.
    Me encantó el clima.
    Abrazo

    • #8 por g. el enero 11, 2011 - 22:48

      quizás se dio cuenta pero no se atreve, por eso da vueltas y vueltas entre sueño y vigilia, buscando la respuesta que está ahí nomás pero que las bombitas quemadas de su vida le impide ver.
      abrazo vi,

  5. #9 por Cristian el enero 11, 2011 - 22:22

    Me quedo con la sensación del no animarse, algo que le ocurre a tantos seres humanos. No animarse a cosas simples.
    Me gusta el estilo y la descripción precisa de pequeños hechos, como cuando se lava la cara.
    Besote.

    • #10 por g. el enero 11, 2011 - 22:49

      gracias cristian, estaba buscando un estilo más descriptivo, yo que suelo avanzar la acción y no suspender el tiempo, dejando los espacios librados a la imaginación. me alegra que algo de eso se haya colado.
      abrazo,

  6. #11 por Concha Huerta el enero 18, 2011 - 11:48

    Me ha gustado este relato el ambiente la desesperación con un toque de ironía. la siesta…Un saludo

    • #12 por g. el enero 18, 2011 - 17:31

      gracias concha, a veces me levanto de la siesta asi como si el mundo se fuera a acabar, por suerte despues se me pasa. un abrazo,

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