ulises.

El día que Ulises se suicidó yo había soñado con él. Es un dato irrelevante que seguramente no signifique nada, porque lo más probable es que haya soñado miles de veces con él antes, solo que mi inconsciente no pudo recordarlo porque Ulises no se había suicidado todas las otras veces que lo soñé.

Cuando su hermana me llamó para avisarme, el sueño de la noche anterior se me apareció como si tuviese que recordar algo, como si en algún momento de ese sueño hubiera habido algún dato que me diera una pista, una explicación a lo que estaba escuchando.

En el sueño él y yo montábamos una banana gigante, de esas que se usan para pasear veraneantes en las ciudades costeras. No había tierra a la vista. La banana era gris y no tenía manijas de donde agarrarse. Estábamos uno frente al otro y él me hablaba sin parar, gesticulando. Yo no podía oír lo que decía por el sonido de las olas que rugían alrededor pese a que el mar se veía calmo y tranquilo. Sentía el agua en los pies y los movía con dificultad, como si fuera una sustancia más densa y viscosa. Hacía calor y yo quería bajarme, pero Ulises, que a  veces tenía puesto un snorkel y otras no, me hablaba sin parar. Me daba pena interrumpirlo porque se notaba que me estaba diciendo algo fundamental, aunque yo no tenía idea de qué podía ser.

Mientras me preparaba para ir al velorio pensaba en el sueño y en qué cosas podía decir de Ulises, cuando todos recordarían anécdotas para retenerlo un rato más entre nosotros. Me preocupaba no hacer honor a su vida por no tener nada interesante que contar y parecer una invitada de compromiso más que una de las personas que mejor lo había conocido.

Ulises disfrutaba horrores de reírse a costa mía. Cuando venía a mi casa tomábamos mate y fumábamos un par de porros, hasta que todos los problemas se veían como puntos lejanos en la vida de alguien más, de esa forma podíamos burlarnos uno del otro sin lastimarnos.

Tenía la costumbre de hacerme ver programas de novias, esos programas vergonzosos en los que una mujer desesperada por alguna fantasía religiosa-consumista acepta felizmente que la transformen en merengue y la hagan pensar que ese será el momento más hermoso de su vida. Yo me enojaba tanto que terminaba discutiendo a gritos con el televisor, mirando a Ulises de a ratos, buscando apoyo, diciendo cosas como “vos podés creer”, “mirá vos que pelotudez”. Ulises se reía de mí a carcajadas y al terminar el programa me acariciaba la cabeza y me decía que me quería mucho porque yo era la esperanza de todas las mujeres que no se dan cuenta de que están atrapadas en sueños de princesas que no existen. Anita la justiciera, me llamaba, y me alentaba a escribir un libro sobre el tema. Yo nunca se lo dije, pero me hacía sentir especial y valiosa, dos sentimientos a los que no estaba habituada. Salvo con él. Después, tal vez se quedaba a pasar la noche conmigo, y según estuviera en una fase hetero u homo, cogíamos o no.

El sexo con Ulises era triste, patético. Era como coger con un hermano, incestuoso y torpe. No había grandes hazañas en la cama, no había polvos para recordar. Los dos cerrábamos los ojos y pensábamos en otra gente y otras cosas, pero no importaba. Era silencioso, apenas algún gemido involuntario, una pausa en nuestra amistad, mojones de vidas paralelas. Al terminar nos abrazábamos y nos quedábamos dormidos, y a la mañana siguiente era borrón y cuenta nueva. No había planteos ni charlas profundas, pasaba o no y no había nada que decir.

El velatorio transcurrió como todos: una suspensión irreal del tiempo, un espacio ritual en el cual todos se miran y se preguntan por qué y cómo puede ser, si era tan joven y tenía toda la vida por delante. La madre de Ulises no se separaba del cajón, que estaba cerrado porque Ulises se había tirado de un décimo piso y había caído boca abajo, estrellando la cara entera contra el pavimento, frente a un grupo de chicas que justo en ese momento salían del colegio e iban a tomar un helado en esa cuadra.

Yo no podía llorar. Veía a los demás y me sentía extraterrestre. No entendía cómo esto los había tomado por sorpresa. Yo sabía que Ulises iba a terminar así, lo habíamos hablado muchas veces y había intentado disuadirlo aunque sabía que era inútil, era terco y estaba triste.

Aquella tarde conocí en persona a varios ex de los que lo sabía todo. Vi a Javier el perverso, que disfrutaba cuando les hacía creer a sus parejas que tenía una enfermedad terminal. A Caro la llorona, que obligaba a Ulises a detenerse frente a locales de ropa para bebés y se quedaba parada ahí varios minutos, sollozando en silencio con un pañuelo de papel en la mano. También estaba Tato el patovica, que usaba un repasador entre las piernas para que la gente creyera que tenía un pene enorme. Quería saludarlos y contarles lo que pensaba Ulises de ellos, pero no tuve el valor.

Una semana después del entierro me llamaron por teléfono a mi casa. Un abogado quería concertar una entrevista conmigo para llevar a cabo la última voluntad de Ulises. Al llegar al edificio me sentí como ingresando en una morgue. Era una construcción vieja, con pisos de madera gastados y enormes pasillos invadidos por paredes de durlock levantadas durante las décadas siguientes sin planificación ni sentido estético. Las puertas de las oficinas tenían nombres de firmas legales, carteles viejos, como si nadie hubiera elegido ese lugar en los últimos veinte años para instalar un estudio.

La oficina del abogado era una continuación del ambiente de los corredores. Madera pesada en los muebles y paredes corroídas por la humedad. El profesional era un anciano que me atendió personalmente cuando toqué el timbre, con un traje marrón que había conocido tiempos mejores y con la bragueta baja, por la cual asomaba el doblez de la camisa blanca. Debía tener más de ochenta años. Sobre su escritorio había una vieja Olivetti automática con dos papeles y un carbónico intercalado.

Eso era propio de Ulises, y por un momento me hizo gracia el asunto. Siempre le había gustado lo lúgubre y era de esperar que en esta ocasión lo hubiera llevado al extremo del mal gusto.

El viejo me leyó una serie de documentos en los cuales se certificaba que el señor Ulises Manzano había expresado su deseo de que yo heredara una caja con sus libros más queridos y su colección de LP’s, además de un sobre cerrado a mi nombre, con letra manuscrita, en el cual me contaba los motivos de su decisión.

Al llegar a mi casa encendí un cigarrillo y un porro y me serví una copa de vino tinto. Me senté en el suelo con la caja y la miré un rato largo sin tocarla. El sobre estaba arriba de todo, lo dejé a un lado y comencé a revisar los libros uno por uno. Eran todos los que alguna vez yo le había pedido y por un motivo u otro no me había prestado. En la primer página, la página en blanco, donde solía escribir su nombre, éste estaba tachado y había sido reemplazado por el mío. Los LP’s tenían canciones marcadas con fibra indeleble, con comentarios y anotaciones indicando por qué creía que yo debía escucharlas. Lloré toda la noche y me quedé dormida abrazando la caja como antes había abrazado a Ulises.

La carta nunca la abrí.

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  1. #1 por Alan Rulf el enero 18, 2011 - 18:33

    Una bonita historia que se lee bastante a gusto. Me ha gustado el final.

    Saludos.

    • #2 por g. el enero 19, 2011 - 12:06

      gracias alan,
      abrazo

  2. #3 por Vi el enero 18, 2011 - 20:22

    Esperá. En un rato lo leo con la debida atención. Pero me pasó algo extraño, hace un rato estaba por empezar a leer el Ulises de Joyce (a retomar por enécima vez, bah), pero a último momento me dije: mejor leo La odisea, y eso hice hasta hace un rato, cuando ví que tu nueva entrada se llamaba, justamente “Ulises”. Cuántos Ulises hoy, no? Ya está, tenía que contar esto. Después lo leo concentradamente.
    Abrazo

    • #4 por g. el enero 19, 2011 - 12:08

      en serio, cuánto ulises en tu día. suerte con el de joyce, yo nunca me le animé aún, pero no pierdo las esperanzas de juntar coraje algún día.
      abrazo!

  3. #5 por Cristian el enero 18, 2011 - 22:47

    Hace cinco minutos que titila el cursor esperando que escriba el comentario, mientras yo no dejo de pensar en la historia cautivo.
    Abrazo.

    • #6 por g. el enero 19, 2011 - 12:12

      buenísimo comentario, qué más quiere una cuando escribe que dejar pensando al que se copa en leer.
      abrazo, querido, nos debemos una visita.

  4. #7 por carolina el enero 18, 2011 - 22:53

    me hiciste llorisquear. me encantó.

    • #8 por g. el enero 19, 2011 - 12:18

      me alegro, me alegro, no por la parte del lloriqueo sino por la parte que te encantó, je.
      abrazo,

  5. #9 por blopas el enero 19, 2011 - 9:37

    Vaya a saber qué razón(es) tuvo Ulises. Siempre encuentro explicaciones en cosas obvias y directas, pero es parte de las limitaciones que uno tiene. Me siento más cómodo imaginando que hay energías muy oscuras que corren por nuestro interior como arroyos subterráneos, zanjando lentamente carne y materia gris, a veces llevándonos hasta puntos de los cuales no hay retorno. Esa carta… esa carta… Probablemente Anita haga bien en no abrirla.

    Tengo un tío llamado Ulises (de la época en que no había tantos Ulises), jubilado. Fue referí de fútbol y Contador Público. Todavía está casado con mi tía… ¡Ana!

    Saludos.

    • #10 por g. el enero 19, 2011 - 12:21

      ey! bienvenido! las razones de ulises nadie las conoce, creo que ni él las sabía al tomar la decisión, pero no sé si es tan importante saberlo, en definitiva lo que importa son las acciones y no las meditaciones que nos llevan en tal o cual dirección.
      un saludo a tu tio ulises, que seguramente se habra divertido mas como referí que como contador.
      abrazo!

  6. #11 por Nadia el enero 19, 2011 - 13:43

    Me atropellaste! Gabi genia.

    • #12 por g. el enero 19, 2011 - 14:18

      uy, perdón! jejeje.
      abrazo,

  7. #13 por Concha Huerta el enero 20, 2011 - 17:46

    Extraña esa relación con un hombre de nombre tan exquisito. Lo elegiste por Joyce?. Y que sorpresa que le dejara esos libros y música. Un buen detalle. Pero, la verdad, me habría gustado saber el contenido de la carta. Quizá no se atrevió a abrirla para evitar el embarazo por si Ulises volvia a reírse a costa de ella. Un saludo

    • #14 por g. el enero 21, 2011 - 12:55

      no no, la verdad que todavia no lei a joyce, es una deuda pendiente que tengo. los motivos por los que ella no abrió la carta los conoce ella y nadie más, pero me aventuro a creer que pensó que no hacía falta, que las palabras estaban de mas.
      abrazo!

  8. #15 por paula el enero 22, 2011 - 15:47

    Qué texto tan genial. Leído por Gonzalo, leído desde acá sigue siendo genial.

    • #16 por g. el enero 22, 2011 - 15:56

      se agradece, se agradece. lo de genial es raro, pero extrañamente esta vez estoy contenta con el resultado.
      abrazo,

  9. #17 por micromios el enero 23, 2011 - 6:12

    Me encantó el tipo, aunque se haya largado con prisa desde el septimo piso, quizás para huir de los que le rodeaban o para no cargar a los otros lo que él creía pesado.
    Muy buen relato.
    Como anédota te dire que en el colegio matriculamos un niño de Colombia que se llamba Ulices porque su padre no pronuncia la “s” y cuando fue al registro dijo que queria que se llamara “Ulices” y así le quedó el nombre.
    Salut
    PD: estos dias estoy con la mitologia por un trabajo y ayer me releí el mito de Ulises.

    • #18 por g. el enero 23, 2011 - 22:18

      jejeje, vos sabes que acá nosotros la “c” seguida de vocal la pronunciamos casi igual que la “s”, creo que con los colombianos debe pasar algo parecido.
      abrazo,

  10. #19 por annefatosme el febrero 1, 2011 - 8:36

    Me ha llegado muy hondo tu historia. Un hombre que solo puede expresarse a través de la muerte y una vez muerto. Entiendo que la protagonista no quiera abrir la carta. Un abrazo,

    • #20 por g. el febrero 1, 2011 - 16:39

      si, yo también la entiendo, no sé qué hubiera hecho en su lugar, aunque espero que la haya guardado y algún día se atreva a leerla.
      abrazo,

  11. #21 por Tigre el febrero 1, 2011 - 15:45

    muy bella historia…
    ojala no fuera un sentimentalista de m**da, porq estoy leyendo tu blog desde la oficina, y estoy haciendo un esfuerzo enorme para aguantarme las lagrimas dx…!
    me encanto!! un saludo y un abrazo!!

    • #22 por g. el febrero 1, 2011 - 16:41

      gracias tigre! hay algunos otros para llorar en el blog, si te fijas, pero sino anda hacia los mas divertidos así no hacés esfuerzo por no llorar y te aguantas la risa (bah, espero que los graciosos te hagan reir).
      abrazo,

  12. #23 por >O< el febrero 2, 2011 - 0:51

    todo tu talento conmueve

    • #24 por g. el febrero 2, 2011 - 10:35

      gracias querido.
      beso

  13. #25 por yesi el febrero 4, 2011 - 17:50

    Piel de gallina…..

    • #26 por g. el febrero 5, 2011 - 14:57

      para tanto, che?
      abrazo,

  14. #27 por La Pimpinela el febrero 8, 2011 - 17:18

    Me pareció un texto bellísimo.

    • #28 por g. el febrero 8, 2011 - 17:31

      gracias y bienvenida.
      saludos!

  15. #29 por chrieseli el febrero 9, 2011 - 14:21

    Redondo y muy bien logrado. Entre las cosas notables que he leído en tu bitácora. Te envidié por un segundo, por la fluidez de tus palabras, pero sólo fue un puro segundo. Luego, me puse de pié y mientras te aplaudo, saco mi sombrero.
    Un abrazo

    • #30 por g. el febrero 9, 2011 - 17:40

      un honor viniendo de alguien que sabe – y cómo – usar las palabras.
      gracias tere, me hiciste poner colorada.
      abrazo,

  16. #31 por Juan Sebastián Olivieri el marzo 28, 2011 - 14:49

    Estoy leyéndote de a poco.
    Es mi estrategia para hacer duradero el disfrute.
    Voy de adelante hacia atrás. Después de nuevo adelante. O salteando. Son las ventajas de un blog virgen para mí.
    Cada tanto, para mi felicidad me encuentro con delicias como éstas. Y no puedo más que quererte.
    Te felicito.

    • #32 por g. el marzo 28, 2011 - 14:56

      gracias sebastián!
      vas a encontrar de todo, especialmente más atrás, cuando el blog todavia buscaba su identidad, que va encontrando de a poco, pero es una alegría saber que alguien se dedica a leer todo y encima a veces hasta lo disfruta de forma tan halagadora.
      un abrazo y gracias de nuevo.

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