el once.

Me gusta el Once. La mezcla de colores de piel, el cruce de tonadas y de idiomas, ondas sonoras que surcan el aire y crean una sinfonía. El murmullo constante y los gritos. El andar acelerado de los que pierden el tren, de los que salen temprano o llegan tarde.

El Once está lleno de bares, bares viejos, bares ochentosos color madera, bares con estética neoliberal resquicio de los ’90. En ellos los mozos se acodan en el mostrador, con el brazo libre sosteniendo una servilleta y pierden la vista en televisores pre plasma que cuando no pasan algún programa de chimentos muestran partidos de futbol.

Parroquianos no hay muchos, algún pibe que está de paso y se pide una cerveza, mientras mira la pantalla y acaricia el vaso, dibujando formas en la transpiración del vidrio, pensando tal vez en cómo se va la plata o en su destino, que vendrían a ser dos caras del mismo pensamiento.

La plaza de cemento iluminada con luces de neón y los pastores evangelistas que pregonan el fin del mundo buscando acólitos biblia en mano, traje claro y énfasis discursivo.

Los puestos callejeros inundan las veredas grises de plástico de colores, es una feria alucinante de baratijas, muñequitos diminutos que los transeúntes esquivan mientras los vendedores ambulantes prometen la felicidad de los niños con el monito que despide luces y golpea unos timbales que no suenan a timbales sino a pila gastada.

Los nigerianos con sus anillos de oro en las manos y las pulseras que tintinean en las muñecas, con esas pieles lampiñas azabache, las sonrisas anchas, las promesas de joyas en los exhibidores de tela.

¿Dónde irán los vendedores callejeros cuando llueve? ¿Se meterán en la estación enorme, llena de puestos de chipás y empanadas, de cafés al paso con olor a medialuna?

Ese olor a medialuna me lleva a la tarde en que nos conocimos. Vos venías de Ramos Mejía, habías tenido una entrevista de trabajo y no creías que te hubiera ido bien.

Yo tenía que tomar el rápido a Moreno, y tenía veinte minutos hasta que saliera. Me subí a esas sillas tan altas que me dejan los pies colgando y pedí un cortado al gallego que estaba detrás de la barra y que apenas me miró, me acuerdo patente de eso porque nunca confío en la gente que no te mira cuando le hablás. Lo seguí con la vista y me crucé con vos a dos bancos de distancia. Me sonreíste y yo no sé por qué, te sonreí también.

Me contaste que estabas sin laburo y yo me compadecí. Se te veía apesadumbrado, rendido. Tu tristeza se me contagió como una gripe (era invierno, hacía frío, lloviznaba: el clima ideal para la gripe o para el encuentro entre extraños melancólicos en una terminal de ferrocarriles durante el tiempo muerto de espera). Te comenté que yo tenía trabajo pero no me servía para nada porque andaba con el corazón hecho trizas. Así te dije, “trizas”, como si decir “pedazos” no fuera suficiente para lo que sentía. Como si las trizas indicaran mejor que el corazón se me había roto en mil partes pequeñas, tan pequeñas que no creía que lo pudiera volver a armar como estaba antes.

Te hablé del tipo del tatuaje en la espalda, el tatuaje del ojo que no importaba donde te pusieras te miraba, como la Mona Lisa. De cómo me había enamorado como una loca desquiciada y de que él era el responsable de ese desgarro interior mío que no me dejaba dormir. Vos comprendiste, y me dijiste un piropo, o algo así. Dijiste que ya te parecía que algo me pasaba, porque esas ojeras no tenían nada que ver con el resto de mi cara, no hacían juego.

Me contaste sobre tu esposa que te quería, y a la que vos querías también. Nos reímos un rato ante la posibilidad de cambiar vidas, vos irías a mi trabajo y lidiarías con mi corazón, y yo sufriría el desempleo pero tendría el amor de una buena mujer.

Se hizo de noche y no nos dimos cuenta, tan entretenidos estábamos compartiendo penas. No eran épocas de celulares, así que ninguna llamada inoportuna nos cortó el envión de las confesiones.

Tomamos, no sé, tres, cuatro cafés cada uno y un tostado. Estábamos sumergidos en una burbuja, como si el tiempo se hubiera detenido y los ruidos de la estación fueran el pulso lejano de una realidad de ritmos frenéticos de los que buscábamos escaparnos por un rato.

Eran casi las diez de la noche cuando nos despedimos. Te acompañé a la parada del colectivo para prolongar el instante, para no perder esa especie de magia. Cuando llegó, me abrazaste, me recordaste que todos los corazones tienen arreglo, y yo me puse a llorar. Escondí la cabeza en tu pecho y después te rocé los labios.

Muchos años caminé por el Once buscándote entre los vendedores, los peatones y los predicadores. Muchas veces me pareció verte de espaldas y no eras vos. Al final te encontré, una mañana de verano. Salías de un tren al que yo estaba por subir. Vestías un traje y tenías el pelo engominado. Avanzabas como si tuvieras un rumbo establecido. Te miré fijo para que me reconocieras, pero yo había cambiado, ya tenía este color de pelo que tengo ahora y las ojeras no estaban. Supuse que tenías la cabeza en otra cosa y te busqué un final feliz: trabajo fijo, buen sueldo y chicos que te esperaban en casa para contarte cómo les había ido en el colegio. Me alegré por vos.

 

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  1. #1 por Alan Rulf el febrero 11, 2011 - 0:47

    Y yo me alegro por ambos, por él y por ti, y también un poquito por mí, que he disfrutado de la lectura de esta historia que has querido compartir con todos.

    Saludos.

    • #2 por g. el febrero 11, 2011 - 0:48

      gracias alan, yo me alegro de que esta historia te haya alegrado un poquito.
      abrazo,

  2. #3 por carolina el febrero 11, 2011 - 1:58

    ay qué ternura. es muy hermoso el cuento, y lo decís de una forma tan vívida, que ahi estaba yo, espiándolos…

    • #4 por g. el febrero 11, 2011 - 10:32

      gracias caro, qué bueno que lo pudiste ver así tan claro.
      abrazo,

  3. #5 por Ana Maria Banga el febrero 11, 2011 - 3:30

    Excelente!!!! lo leí como si lo estuviera viendo.

    • #6 por g. el febrero 11, 2011 - 10:33

      me alegro, me alegro.
      beso!

  4. #7 por chrieseli el febrero 11, 2011 - 9:30

    Auch, qué te digo para no romper el encantamiento… Te quedan bien estas historias vivenciales, patentes, habladas en primera persona. Te quedan bien estos paneos a los decorados típicos de la ciudad, a esa ciudad donde todos son sólo todos, pero te las arreglas para robarle extraños que dejan de ser masa y se convierten en personas.
    Un abrazo

    • #8 por g. el febrero 11, 2011 - 10:34

      qué lindo comentario tere.
      gracias, abrazo,

  5. #9 por Concha Huerta el febrero 12, 2011 - 14:12

    Una historia tierna de dos almas que compartieron unas horas. Me gustó como describes aquel bar y aquel ambiente tan especial para aquel corazón partido. Un saludo

    • #10 por g. el febrero 12, 2011 - 15:58

      gracias concha, a veces no hace falta demasiado tiempo para que alguien te ayude sin saberlo.
      abrazo,

  6. #11 por micromios el febrero 12, 2011 - 15:52

    Si hay un buen escenario todas las historias son hermosas, incluso las tristes y las de final abierto. Y este escenario parece perfecto.
    Salut

    • #12 por g. el febrero 12, 2011 - 15:59

      uy, si, no se si ustedes tienen allá un lugar tan extraño, es una mezcla rarisima de cosas, que tiene una belleza extraña, sobre todo si lo miras con ojos foráneos, para nosotros es un lugar de paso, pero cuando logras abstraerte y ver, está muy bueno.
      abrazo,

  7. #13 por Claudia Ibañez el febrero 14, 2011 - 13:14

    Me encantó! Meter el tiempo detenido para dos en el movimiento infernal de once con esa ternura natural…como dice nuestra amiga (que le puso palabras a lo que sentía mientras leía la historia): “sos GROSA”! Un abrazo!

    • #14 por g. el febrero 14, 2011 - 14:17

      ja, gracias clau, me gusta hacer esos contrastes entre dinamismo y estatismo (aparente), y esta bueno cuando me sale.
      abrazo,

  8. #15 por Javier el febrero 14, 2011 - 14:13

    Salvando las (enormes) distancias, terminé tu post pensando en Perdidos en Tokio, ese final abierto y esas historias personales que se cruzan por un instante y luego de ese chispazo mágico, se separan y vuelven cada uno a su realidad.

    Muy bueno realmente, una ambientacíón tan agradable que te hace estar allí… sentados en la mesa de al lado, escuchando esas conversaciones entre el murmullo de aquél bar.

    Un beso.

    Javier.-

    • #16 por g. el febrero 14, 2011 - 14:19

      enormes enormes distancias, la distancia que hay de once a tokyo, o un poco más. igual, esta bueno que te lo haya recordado, aunque sea un poco y muy de lejos.
      abrazo javier,

  9. #17 por Vi el febrero 22, 2011 - 14:50

    Que linda historia. Me encantan estos finales abiertos hasta para vivirlos. Nunca había mirado el once con tanto afecto, en general me fastidia mucho pasar por ahí, demasiada gente. Pero vos le diste un toque particular, desde Mosca y Smith que no me caía en gracia ese barrio. El momento en el que ella llora es muy bueno! muy sutil y tan real que hasta se puede sentir estar ahí, ser ella.
    Muy bueno, geniales las descripciones y los sentimientos. Me dejó con ganas de seguir leyendo.
    Y tenés razón, trizas es mas sufrida que pedazos.
    Abrazo

    • #18 por g. el febrero 22, 2011 - 14:54

      es lindo mirar la ciudad con otros ojos, ojos extranjeros. cuando puedo (cuando el ritmo de la vida y la ansiedad que me quema la cabeza me dejan) lo hago y me maravillo, porque nuestra ciudad (con todos sus defectos horribles) es tan pero tan linda… ves? no sé cómo haría para irme.
      abrazo,

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