alejandro.

La tarde en que Alejandro decapitó al tío el patio de casa era un lodazal. Era plena temporada de lluvia, mis zapatillas y las medias blancas estaban cubiertas de barro. El tío dormía la siesta después del almuerzo. En verano le gustaba dormir afuera, a la sombra de un níspero frondoso que atenuaba los efectos del sol infernal. Decía que así se le aclaraba la cabeza. Solía tomar vino en el almuerzo, lo suficiente como para que su sueño no se viera interrumpido por nuestro griterío al jugar a su alrededor. El tío se tiraba en una silla de plástico blanca, estiraba las piernas y cruzaba los brazos sobre la barriga. Los ojos se le iban cerrando, primero un poco y los abría, después un poco más, hasta que la cabeza se le iba hacia atrás o hacia delante. Esa tarde se le fue para atrás y esa fue una de las causas de la desgracia.

Alejandro y yo éramos primos, los únicos chicos de la casa. Para mí era como un hermano mayor. Vivía con nosotros durante toda la semana porque su padre trabajaba en la ciudad y sólo volvía los fines de semana. No había demasiado trabajo en el pueblo y al padre de Alejandro le sobraba orgullo para la zafra. No era el caso de mi padre, que se iba por temporadas y regresaba meses después. Pobre papá. Murió pocos años después con los pulmones destrozados, maldiciendo a los ricos y pidiendo perdón a mi madre y a mí porque iba a dejarnos solas.

El día en que el tío perdió la cabeza, nosotros corríamos de aquí para allá persiguiendo a las gallinas y haciendo frente al gallito bravo que mandaba en el gallinero y al que Alejandro hábilmente encadenaba por una pata a un caño del corral para que no molestara.

El juego consistía en soltar a las cinco gallinas y ver quién atrapaba más y las devolvía a su lugar. Por supuesto, Alejandro (que tenía cinco años más que yo) me hubiera ganado todas las veces, pero en general desaceleraba todos sus movimientos para que yo contara a la hora de la leche cómo lo había vencido.

Yo iba dos a una, estaba corriendo hacia la tercera cuando escuché el grito ahogado de Alejandro. Cuando lo miré, se tomaba el brazo y miraba con furia a una bataraza que se escapaba con un trozo de su remera en la boca. El brazo de mi primo se empezó a teñir de rojo y me acerqué a él corriendo, dispuesta a ayudarlo. El tío se revolvió en su silla, se rascó la barriga y siguió durmiendo.

Alejandro tenía los ojos llenos de lágrimas. Que mi primo de doce años llorara no era raro para mí: él lloraba por las noches, cuando creía que yo no escuchaba. La gallina se pavoneaba con el trozo de remera en el pico. Quise mirarle la herida, pero me empujó. En silencio y con los puños apretados, las gotas de sangre dejando un reguero, fue hasta la casilla del fondo, la de las herramientas, y comenzó a revolver el interior. Salió con un hacha demasiado grande para su cuerpo flacucho y estirado. La acomodó sobre su cabeza y caminó en dirección a la ponedora, que sacudía las alas y pegaba alaridos premonitorios que pronto fueron acompañados por los de las demás.

Los recuerdos se vuelven borrosos en ese momento: Alejandro avanzando decidido por el patio. Un paso, dos, tres. El hacha que colgaba detrás de su cabeza. Cuatro pasos, cinco, seis. La gallina que se chocaba contra el enrejado del fondo. Siete pasos y Alejandro se detuvo frente al tío, de cuya boca colgaba un hilo de saliva que se movía al ritmo de los ronquidos. Alejandro descargó el hacha en un pestañeo. Las gallinas levantaron su vuelo bajo. La cabeza cayó con la boca abierta y los ojos cerrados. El chorro de sangre se disparó para todas partes, como los fuegos artificiales de las fiestas del pueblo. Las paredes, las gallinas, el suelo embarrado, el níspero, el marco de una ventana, la cortina que flameaba con la brisa del ventilador de pie, Alejandro: todo fue alcanzado por las gotas brillantes.

Yo enmudecí. Alejandro me miró y tiró el hacha al piso. Cuando el reguero rojo me tocó el borde de la zapatilla, grité “MAMAAAAAAAAÁ”. Una A larga, prolongada, que parecía no terminar nunca. Alejandro se tapó los oídos y se puso en cuclillas. Se balanceaba hacia atrás y adelante, como la cabeza del tío cuando estaba en su lugar, la cabeza que ahora era una masa de sangre y tierra mojada, un ojo cerrado libre de barro y el otro hundido como si el peso hubiera sido demasiado para lo que el suelo podía soportar.

El velorio se hizo a cajón cerrado. Mamá no se despegó de Alejandro un minuto. Yo me pasé el día entero de la mano de la abuela, parada, con mi vestido bueno. Muda. El desfile de gente era incesante. Cuando a la noche llegó el padre de Alejandro cesaron las coplas y los lamentos. Se acercó al ataúd de su hermano, puso la mano sobre la madera lustrada, inclinó la cabeza y cerró los ojos. Murmuró una oración, levantó la cabeza, miró a su hijo y lo tomó del brazo. Partieron esa madrugada hacia la ciudad y nunca regresaron.

Años después me vine a vivir a la Capital. Mis inquietudes superaban las posibilidades del pueblo y de la provincia, así que terminé la secundaria, armé un bolsito, abracé a mi madre llorosa y me subí a un micro que me trajo aquí. Estudié, trabajé, me recibí. Me olvidé del pueblo, de la infancia, de las tardes de verano. De Alejandro me había olvidado hacía rato, hay cosas que quedan enterradas cuando somos niños y es mejor que así sea.

Puede decirse que triunfé en mi profesión. Puede decirse que fui feliz. Me casé, tuve dos hijos que no tienen idea de lo que es un atardecer en el campo y que lo más cercano a la desolación que conocen son las playas serenas que visitamos durante las vacaciones familiares.

Una noche estábamos cenando cuando sonó el teléfono. Mi hija mayor fue corriendo a atender, con la ansiedad de las pre adolescentes que pasan el día con la oreja pegada al tubo. Volvió al comedor con la voz extrañada.

–          Mamá, es una tal Alejandra, dice que es mi tía y quiere hablar con vos. Apurate que me va a llamar Maby.

Me empezó a latir la cabeza. Mi marido me miró y me tocó el brazo. Le toqué la mano y me di cuenta de que la mía temblaba. Me levanté y fui hasta el teléfono. Mi hija le preguntaba a su padre si ella tenía otra tía y por qué no la conocía.

No reconocí la voz. Sin embargo, fue inconfundible.

–          Soy yo, Tita.

Mi hija me vio empezar a llorar. Corrió a buscar a su padre que se acercó preocupado.

–          ¿Qué pasa, Cristina, qué pasa?

Lo tranquilicé, le dije que todo estaba bien y me fui al teléfono de nuestro cuarto. Cómo estás, cómo me encontraste, dónde estás, necesito verte, tengo tanto que decirte, pero no en tu casa, veámonos en mi departamento, te paso la dirección. Una conversación esperable para dos hermanos del alma separados durante casi veinticinco años.

La mañana siguiente amaneció calurosa como aquellas tardes en el pueblo. No había podido pegar un ojo en toda la noche y di vueltas en la cama hasta el amanecer, cuando me levanté, me preparé y aguardé la hora convenida tomando mate en la cocina. Recordando, reconstruyendo.

A las diez en punto toqué el portero de la casa de Alejandro. La puerta estaba abierta y subí. La zona me resultaba muy familiar: había vivido en la otra cuadra, en una pensión, durante mis primeros meses en la ciudad. Se me ocurrió que tal vez Alejandro y yo habíamos caminado uno frente al otro sin saberlo. Estaba pensando en eso cuando él abrió la puerta.

El impacto es indescriptible: la transformación de Alejandro en Alejandra había sido tan completa, tan eficiente, que yo podía haber estado sentada horas frente a esa mujer alta, delgada, de cabello rubio y lentes de contacto sin siquiera imaginar la remota posibilidad de haberla conocido en aquella otra vida lejana.

Solo la voz, al prestar atención, tenía un vestigio de aquel chico con el que – lo recordé entonces – nos disfrazábamos con la ropa de mi madre y de mi abuela y jugábamos a ser señoras ricas de ciudad.

Y acá estábamos los dos, jugando a lo mismo.

Tras los abrazos y las lágrimas de los primeros cinco minutos, Alejandro me hizo pasar al comedor. Nos sentamos uno al lado del otro y cebó un mate. El departamento no era grande pero era cálido y bien decorado, colores saturados en los muebles y blanco en las paredes. Algunas fotos en blanco y negro cortaban la blancura extrema y una brisa fresca atenuaba el calor exterior que ya se sentía esa mañana.

Tomamos unos mates en silencio. Yo buscaba conversación para no hablar de lo evidente, por respeto a su intimidad, por timidez, tal vez por rechazo. Sentía la incomodidad que se siente ante los extraños. Esa mujer no era mi primo y yo no sabia que estaba haciendo allí.

–          Tenés hijos.

No fue una pregunta sino una afirmación, que yo aproveché para hacer un resumen de mi vida y dar detalles de mis hijos, en parte por orgullo y en parte para decir algo. Me daba cuenta de que mi tono de voz era algo elevado y acelerado, como me pasa cuando estoy nerviosa.

Él – ella – me interrumpió unos minutos después. Me puso la mano en el brazo, me miró con dulzura.

–          Me alegro tanto, Tita, de que te vaya bien.

Nos quedamos calladas. Miré el reloj.

–          Tengo que ir a trabajar, pero me gustaría que vinieras a casa y conocieras a mi familia.

Ya conocía la respuesta. Quizás por eso hice la invitación. Alejandro se encogió de hombros.

–          No, Tita. Sabemos que no es posible ¿qué diríamos?

Nos levantamos y nos abrazamos.

–          Te llamo, ¿dale? Combinemos para vernos otra vez.

Asintió.

Fuimos hasta la puerta, esperamos el ascensor. No nos mirábamos.

–          Aquella tarde…

El corazón me dio un vuelco.

–          Para qué vamos a hablar de eso, Ale, no hace falta.

–          Sí hace. A mí me hace falta. Él te iba a hacer lo que me hacía a mí.

Lo miré. Me empezó a crecer una bola en el estómago, una nausea.

–          No sé de qué hablás.

–          Yo tenía tu edad cuando empezó. Y vos ibas a ser la próxima. Vi cómo te miraba.

Llegó el ascensor y él abrió la puerta. Entré primera.

–          A vos no tenía que disfrazarte, entendés.

–          Pero cómo, cuando…

Me sentía fuera de mí. Yo sabía de qué hablaba, lo había sabido siempre, lo había olvidado, lo había cubierto de recuerdos nuevos, recuerdos felices de tardes de campo. Quise llorar, pedir perdón, pero mi primo miraba al frente, me daba la espalda, callaba y no me daba lugar para decir. Tampoco sabía qué decir.

El ascensor llegó a la planta baja. En la entrada el portero miraba hacia fuera en uno de sus tiempos muertos.

–          Salgo sola. Perdoname, no sé qué decir. Yo te llamo.

Lo abracé rápido y corto y avancé hacia la calle, hacia el aire fresco.

–          Yo no podía soportar que él me dejara, Tita. Por eso lo hice.

Me paré en seco. Giré justo para ver como la puerta del ascensor se cerraba. Alejandro me miró, los ojos brillosos, por la ranura. La luz comenzó a subir y todo quedó a oscuras.

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  1. #1 por Andy el agosto 10, 2011 - 8:51

    Fuerte,,,Muy fuerte y muy bueno. Como siempre, sin decepciones. Un abrazo!

    • #2 por g. el agosto 10, 2011 - 22:45

      gracias, querida!
      beso!

      • #3 por g. el agosto 10, 2011 - 22:45

        notaste que te mande beso, no?

  2. #4 por vivianachapa el agosto 10, 2011 - 9:31

    Impecable.
    Que bueno que volviste al cuento, Gaby,
    Abrazo

    • #5 por g. el agosto 10, 2011 - 22:46

      gracias, vivi, estuve con un cuelgue importante, pero bueno, algo salió al final.
      abrazo,

  3. #6 por Juan Sebastián Olivieri el agosto 10, 2011 - 13:18

    Me hiciste acordar a Lucrecia Martel y La Ciénaga.
    ¡Muy bueno, Gaby!

    • #7 por g. el agosto 10, 2011 - 22:46

      guau, qué elogio, gracias juan sebastián!
      abrazo.

  4. #8 por Chrieseli el agosto 10, 2011 - 16:08

    Wow….. Me dejas de una pieza G. Hace rato que no me aparecía por tu casa y me “recibes” con esto. Me quedo perpleja, paralizada, choqueada tal vez y con la certeza clara, mira qué pelotuda, que realmente ha sucedido.
    Decirte más es romper el encanto de tus letras.
    Un gustazo, como de costumbre. Una costumbre que me había olvidado lo buena que era.
    Abrazos

    • #9 por g. el agosto 10, 2011 - 22:48

      hola tere, qué bueno verte por acá después de tanto tiempo. yo también te debo visitas, que te haré a la brevedad, porque leerte es un placer que tengo un poco demorado.
      quién sabe si esta historia sucedió o no, quién soy yo para decir o saber eso. lo único que pude hacer con ella es contarla de la mejor forma que pude.
      abrazo grande,

  5. #10 por blopas el agosto 10, 2011 - 20:08

    Alejandra, pese a todo, logró sobrevivir a su familia. Y no sólo eso, también pudo esperar una cantidad de años (casi una vida, su nueva vida) para decirle a Tita las frases de ese final genial. Cierra, es redondo y hasta sano y lógico (seguramente labúgi pueda aportar más que yo en este terreno). Así y todo no deja de sorprender porque está muy bien escrito. Nos lleva de las narices hasta dejarnos caer. Felicitaciones por el cuento. Ciertamente no se encuentran cuentos como este con mucha frecuencia en la web.
    Avanti!
    Abrazo

    • #11 por g. el agosto 10, 2011 - 22:50

      no se encuentran porque son tan laaaargos… así que gracias, pablo querido, por leer, por comentar, por preguntar y mostrarme que le pusiste atención.
      abrazo grande.

  6. #12 por micromios el agosto 11, 2011 - 4:44

    Estupenda narración que nos va acercando hacia un final quizás esperado pero que acaba con sorpresa. Ágil narración para acompañar la historia.
    Salut

    • #13 por g. el agosto 18, 2011 - 10:00

      gracias carme, quise intentar algo más largo, entre nosotras creo que es un tanto fallido, pero siempre hay oportunidad de editarlo mas adelante, por ahora esto es lo que pude hacer.
      abrazo!

  7. #14 por catartik el agosto 11, 2011 - 17:27

    uy uy. qué historia, qué buena. causas y consecuencias… tremendo, hermoso cuento y como dice Vivi, me encanta leerte en cuentos. abrazo de futu.

    • #15 por g. el agosto 18, 2011 - 10:00

      después lo analizamos, vos que de esto sabés.
      abrazo de futu 2.

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