dialéctica del desamor.

(o de cómo el tiempo todo lo cura y todo lo vuelve a enfermar)

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Ella nunca entendió por qué. Puede culparse de eso a ambas partes, por falta de claridad a una y por negación a la otra, lo cierto es que la dejaron otra vez.

Tal vez hay abandonos demasiado dolorosos, que llegan en un mal momento: el de la baja autoestima, el de sentir la soledad más que antes, el de ya no ser joven o esos lapsos en los cuales la humillación y el rechazo golpean más fuerte. Quién sabe. Seguro no lo sabe ella, que llora ante las miradas extrañadas de los conocidos y amigos. Todos la escuchan hablar de él con esa mezcla de nostalgia y odio que la patetiza, aunque ella no puede darse cuenta. Sólo ve las seudorreflexiones derivadas de su breve historia con aquel tipo, que para ella fue el causante de tanto dolor. Los días se vuelven de plomo. Se levanta a la mañana y hace todo lo que tiene que hacer sin dejar de elucubrar realidades paralelas, o de pensar en esos pequeños detalles que capturó enseguida y que después rememoró como si los hubiese visto durante años y años. Es un tipo, le dicen las amigas y a ella se le hace un nudo en la garganta y las quiere matar: ya sabe que es un tipo, lo que no sabe es por qué no puede olvidarse de lo que prometía y no pasó. No se le ocurre pensar en obsesión. El amor y el odio son emociones demasiado sublimes para teñirlas de definiciones terrenales y psicológicas. Mejor es soñar con lo que pudo haber sido y no fue. Mejor es llorar que levantarse. Mejor es la ira que aceptar. Aceptar significa reconocer que el silencio disparó en ella el mecanismo de angustia contra los que lucha todos los días. El síndrome de Penélope, se lo podría llamar. Penélope no esperaba por amor, no. Esperaba porque le daba terror aceptar que estaba sola y volar de Ítaca para siempre. Quién sabe por qué ella sufre y odia a un fantasma. Puede aventurarse que el relato de la fantasía es preferible antes que la gris realidad de responsabilidades laborales y familiares. Le gusta imaginar otros desenlaces, y lo que hubiese dicho ella si él tan solo se hubiese dignado a explicar… en esos finales que inventa, en la explicación que no recibió y se abre a la conjetura, ella lo lastima, lo mata, lo hiere, le reprocha, lo castiga, se niega, accede, lo besa, le pega, se lo coje con furia, se lo coje con bronca, se lo coje con ternura, le recrimina, lo obliga a pedir perdón, lo convence, lo consuela, lo abraza, lo perdona. Cada vez que imagina esa secuencia se siente una santa. Cada vez que piensa en los hubiera sido, termina llorando porque él nunca sabrá lo bondadosa que ella es capaz de ser. En lugar de eso, de la posibilidad del abrazo y el perdón están las preguntas sin respuesta. El llamar y colgar y odiarse por no poder dejar ir ese hilo de esperanza que se regodea en la certeza de que no hay nada que esperar. Y los que la abrazan y la contienen y la escuchan una y otra vez, le dicen que ella está para más y quizás tienen razón, ella no puede pensar en posibilidades sino en ausencias. Y trata de lastimarlo si puede y cuando puede y sabe que a él no le duele tanto como ella quisiera. Terapia inversa: gritos y reproches para que él se de cuenta de lo que se pierde al perderla. Quién sabe si ella se da cuenta de que en realidad no lo conoció. Que él fue apenas un extraño y una ilusión. Que hay líneas que se cruzan sin mirar, y al querer volver atrás no existen los carteles indicadores y ahí queda uno, desconcertado en un lugar nuevo en el cual todo lo que se sabe sobre uno y sobre lo que uno construye se viene abajo sin remedio y sin chances de volver a ser. Puede deducirse – al verla ojerosa y deprimida – que ella necesitaba algo que él pareció poder darle. Pero quién sabe si él realmente podía darle aquello o si ella lo llenó de atributos y lo situó en el parnaso de los ideales. Quién sabe. Ella no, ella ahora se olvidó de que todo pasa y esto también. Cuando pase, ella mirará hacia atrás como si todo le hubiera pasado a otra, con la risa desdeñosa de lo superado, con la condescendencia de los expertos, de los que han aprendido algo. Y se reirá con sus amigas y les dará la razón. Antes estaba ciega, dirá. Ahora puedo ver.

Hasta que vuelva a encontrar un tipo, uno que sí esté a su altura. Y la venda vuelva a caerle sobre los ojos, hasta el próximo desengaño.

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  1. #1 por Tauro el noviembre 14, 2011 - 11:16

    La sanidad, una gran utopía. Seamos agradecidos que hay vendas para tod@s. Besos querida, buen post!

    • #2 por g. el noviembre 14, 2011 - 11:38

      sanidad? y eso qué vendría a ser?
      abrazo, querido.

  2. #3 por Gilda Manso el noviembre 14, 2011 - 11:37

    Cada vez que paso por una situación de estas, me acuerdo de una parte de un texto de Dolina: “(…) Sus buenos amigos le aconsejarán el olvido, pero este hombre ha nacido en Flores y no tiene la menor intención de gambetear el dolor”.
    A menudo cambio hombre por mujer y Flores por Lanús, y todo calza perfectamente.

    • #4 por g. el noviembre 14, 2011 - 11:39

      ah sí sí. es lo que hacen los amigos, aconsejar vanamente lo que saben que no se va a poder practicar. es como yo le digo un amigo que sufre: “yo sé que tenés todos los motivos para sentirte así, pero mi obligación es decirte que no es como decís”.
      abrazo,

  3. #5 por Gilda Manso el noviembre 14, 2011 - 11:37

    Firma: Gilda, la terca.

  4. #6 por Andy el noviembre 14, 2011 - 11:44

    Muy buen relato. Lo único que nos queda a los humanitos es justamente el corazón, que gracias a dios o a quien sea, siempre encuentra razones para autoregenerarse cuando está destrozado. Y así vamos, amando, rompiendo, sufriendo, olvidando, amando de nuevo, sufriendo de nuevo,olvidando de nuevo y así hasta el último gran amor. Que es obviamente, el tipo que está a punto de abandonarte pero al que madrugaste muriéndote antes. JA. Soy una canción de Dyango, hoy.

    • #7 por g. el noviembre 14, 2011 - 11:50

      y eso en el mejor de los casos, el que te seguís poniendo ahí para que te rompan el corazon. hay quienes ni eso, che.
      abrazo.

  5. #8 por catartik el noviembre 14, 2011 - 21:33

    claro, completando con nuestra cabeza-fantasías-deseos-miedos-fantasmas-yquéséyocuántomás ese instante.
    hablé como psicóloga, perdón, prometo no hacerlo más.
    zarpetti, te lo comparto. de nuevo.

    • #9 por g. el noviembre 15, 2011 - 1:05

      me gustas cuando hablas como psicóloga porque estás como ausente.
      cuac.
      compartime, amiga, para eso estoy.
      abrazo.

  6. #10 por enerk el noviembre 15, 2011 - 12:10

    Necesitamos amigos que nos digan la verdad tan tristes y desesperados como cada uno se pone cuando le toca el desamor. Que nunca vuelven los amores perdidos, que la soledad es un aguijon envenenado que te mata lentamente, y que no vale la pena ningun intento. Amigos que lejos de apiadarse nos revuelquen en el fango de la amargura y solo nos aconsejen tomar mucho wisky y mucha cocaina, pero no para superarlo sino para permitirle doler mas profundo.

    • #11 por g. el noviembre 15, 2011 - 13:21

      eso, y que sufran con nosotros y nos abracen y nos recuerden que después de esto todo va a estar mejor, hasta que no, pero que ellos siempre van a estar ayudando a pasarla.
      beso.

  7. #12 por Larabi el noviembre 18, 2011 - 10:40

    Una sola observación . El texto contiene una etiqueta que lo cataloga como “Raras historias de amor”. No sé digo, pero de rara no tiene nada. Rara en estos tiempos sería que hubiese continuado con su amor, tener 3 hijos, que esos hijos encuentren a su media naranja, se casen y también tengan hijos y los fines de semana todos, abuelos, hijos con sus parejas y nietos, coman pastas alrededor de una mesa en armonía. Eso si sería raro.
    Saludos.

    • #13 por g. el noviembre 18, 2011 - 21:41

      es que esa etiqueta es la que más me gusta, je. pero tenés razón, es tan habitual.

  8. #14 por blopas el noviembre 23, 2011 - 8:41

    Como dice uno que yo conozco, a los amigos se los ve en las buenas. En las malas los consejos no sirven para nada. Es como ponerle azúcar al café cuando no queda nada en la taza. Si es que hemos de aprender algo alguna vez, cosa que dudo, podríamos pensar en escuchar a los amigos, a los amigos posta, en esos momentos en los que pensamos que está todo bien y que así va a seguir. Cuando no queremos que nadie nos moleste ni nos diga cosas que no queremos escuchar. Tal vez ahí no nos vaya tan mal.
    Me gustó!

    • #15 por g. el noviembre 23, 2011 - 11:56

      me alegro que te haya gustado. no sé, me parece que el problema de los consejos es que llegan tarde, que en definitiva casi nadie los pide o acepta y que no hay manera de saber cómo vamos a actuar en situaciones “extremas”, por decirlo de alguna manera.
      por eso lo mejor es la palmada en el hombro y el silencio de acompañamiento.
      abrazo,

      • #16 por blopas el noviembre 23, 2011 - 12:30

        Anotálo para charlar el lunes.

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