los que fueron héroes.

Porque lo importante es sobrevivir, dice León, y yo no sé qué entiende él por sobrevivir: si habla de la mínima expresión vital, de aferrarse a la vida a costa de todo, o si tal vez es algo más amplio, más abarcativo, menos animal. No lo sé, y no quiero preguntar si se refiere a lo que yo entiendo como “vivir” a secas, a la certeza de que  hay que apechugar tratando de reconocer los fugaces momentos de goce o placer que se presentan. Goce o placer. Nunca “felicidad”. Con León no hablamos de felicidad. Sería casi una blasfemia pronunciar esa palabra. Algo que solo dicen los niños o los tontos.

Toma otro sorbo de whisky y me pregunto si faltará mucho para que su voz adquiera el sesgo pastoso y el arrastre en las erres que indica que se acerca el final de la noche. Sigue hablando sin mirarme y ya no lo escucho, me pierdo en la curva de su nariz, en las ojeras y las bolsas debajo de los ojos. Antes no estaban ahí, pienso. Suena una sirena, nos ponemos alertas pero no, es una sirena de ambulancia. Esta noche no habrá bombardeos, parece. León se concentra en el vaso y yo vuelvo a mirarlo. Veo la sutil película acuosa que cubre su globo ocular y brilla con la luz tenue. Desde que ella se fue toma mucho más. Tengo la teoría de que no es debido al dolor de la separación sino a que vio la oportunidad de entregarse al fin a la autodestrucción que buscó toda la vida. Como si todo lo que construyó lo hubiera construido para romperlo, hay gente así, León es uno de esos. Por eso la soledad le sienta. Es mejor así, me está diciendo. Ella por su lado y yo por el mío, que estos no son tiempos para andar perdiendo con quien no te aprecia.

Creo que se equivoca pero no lo contradigo: estos bares, él, el alcohol, volver a casa  en silencio, este es el ritual social que me queda. No hay más. No hay nadie, no hay nada. Eso se debe en parte a mi natural molicie y en parte al temor de que la hecatombe me pesque fuera de casa, desprovista de lo que acumulé durante este tiempo, porque todavía me niego a ver que la hecatombe ya llegó.

Una vez, hace mucho, me contaron acerca de Irak. Las ciudades arrasadas, en ruinas, el riesgo constante, las explosiones, los ataques, las mutilaciones, los gritos, las masacres. Y aún entonces, la gente iba a trabajar; llevaban a sus hijos a la escuela, se juntaban en cantinas, hacían compras, festejaban. Porque eso es la guerra: no la suspensión absoluta de la rutina, sino la comprobación de que no importa lo que pase, los humanos somos animales de hábito y costumbre.  Vivir o sobrevivir y ésa es la cuestión. Cada uno sabe cómo llama a lo que hace.

Hay noches en las que estoy acostada y no puedo dormir porque ni el ventilador de techo me ayuda a combatir el clima, ahora que se tornó definitivamente tropical. Algunas de esas noches escucho en la calle, unos pisos más abajo, un andar pausado y silencioso. A veces arrastran los pies y pienso que ha comenzado, que los pasos significan que viene el exterminio que presentimos y que se hace esperar. Esos pensamientos me ayudan a dormir, y sueño con soldados.

Otras noches pienso en el proverbio de los tiempos interesantes: se dice como maldición y para mí siempre había sido un anhelo, la posibilidad de algo grande, algo por lo que valiera la pena arriesgarlo todo. Ahora me doy cuenta de que en realidad es mentira. Porque es lo mismo. No hay diferencia. Nada cambia con el interés histórico de los tiempos. Nada sirve si uno ya es un fantasma. Sobrevivir, repito en voz alta y León me mira y asiente. Le sonrío, no sé por qué.

Salgo sólo cuando él me llama. Caminamos hasta elegir un lugar, nuevo o conocido, aunque ya no quedan muchos bares nuevos por conocer. Ahora conseguimos lugar en todos lados. Yo voy para acompañarlo pero también para observarlo, ver esas ojeras, las arrugas, la falta de brillo en la piel y en la mirada. Ver en León la decadencia de todos: los que no están más, los que están pero no parece que estén, los que perdí, los que ni me enteré que existían. Eso es la muestra más patente del fin de los tiempos: grises empleados que alguna vez fueron héroes y que ahora languidecen en las brumas del deterioro.

Me dice que verme lo ayuda. Que le gusta hablar conmigo porque lo escucho. Le aprieto el brazo, le digo que ya sé, que lo entiendo, que cuando quiera. No le confieso la verdad: que todavía recuerdo cuando quería conquistar el mundo, cuando nada era imposible, cuando los días eran luminosos y volvíamos de la escuela tomados de la mano, soñando con recorrer países que nunca veremos.

León pide un whisky más. Siempre pago yo. Ahora es un acuerdo tácito, pero al principio me juraba que la próxima iba por su cuenta. Después no pareció necesario. Le gusta emborracharse a mi lado, yo no lo juzgo, no lo conmino a mejorar, no le doy discursos ni lecciones. Ya no. Se emborracha rápido, siempre primero. Cada vez habla menos y más embarullado. Las ideas no tienen conexión y empieza el proceso de hablar conmigo y hablar consigo mismo que me indica que ahora sí, es hora de irnos. Al final se calla del todo. Cuando se aleja de la barra me toma el hombro, medio se apoya, medio me reclama atención.

Sobrevivir. Eso es lo importante.

Salimos a la madrugada, la brisa nos pega en la cara y nos desembota. Quedamos en hablar. León se va para un lado y yo para el otro. Lo escucho alejarse a mis espaldas y emprendo la vuelta preguntándome qué será de todos nosotros.

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  1. #1 por micromios el diciembre 31, 2011 - 6:15

    Ahora ya pasó y nos convirtió en supervivientes de antes.
    Tu relato me hizo pensar que sobre y super son prefijos que nos indican por encima, superior y sin embargo con vivir pierden su superioridad y nos acercan a la miseria o nos regalan un poco más de dolor. Quizás por esto algunos necesitan beber para no recordarlo.
    Muy buen texto.
    Salut y te deseo que el 2012 tarde mucho en dejar de ser nuevo.

    • #2 por g. el diciembre 31, 2011 - 13:59

      ése es el mejor deseo para un año que comienza, así que te lo devuelvo junto con un abrazo interocéanico. que podamos vivir.
      salut.

  2. #3 por Ricardo el diciembre 31, 2011 - 8:34

    Qué lindo escribís. Hasta las historias más tristes.

    Salud, amor, pan y muchas felicidades.

    • #4 por g. el diciembre 31, 2011 - 14:00

      gracias ricardo. que esas tres cosas (salud, amor y pan) sean extensivas cada vez a más personas. de felicidad no hablamos, como León.
      abrazo,

  3. #5 por blopas el diciembre 31, 2011 - 13:53

    Tantas cosas sucedieron en estos días alrededor de mí… Cosas que están abarcadas en estos párrafos, pensamientos, temores. No puedo decir mucho más que me gustó, que me fascinó como todas aquellas lecturas en las que descubrimos que alguien ha dicho lo que pensábamos, pero mucho mejor.

    • #6 por g. el diciembre 31, 2011 - 14:01

      decir eso es más que suficiente.
      abrazo, mi amigo, que el 2012 nos encuentre unidos y con menos sobresaltos.

  4. #7 por soyyogil el diciembre 31, 2011 - 14:09

    Ta bueno, la primera frase es muy buena y fiel al resto. Me gusta el tono de sensatez incompleta e inquieta, cautelosa; un toque del narrador de El Perseguidor.
    Sobrevivir en sentido amplio, no es una consigna nada pava, eh.

    • #8 por g. el diciembre 31, 2011 - 14:12

      para nada pava (cuantas aes, mi dios).
      me gustó lo de “sensatez incompleta e inquieta, cautelosa”.
      gracias por pasar, estimado, un abrazo!

  5. #9 por acidcaramelo el enero 1, 2012 - 17:01

    desolador.

    • #10 por g. el enero 1, 2012 - 17:03

      uf, viniendo de vos…
      abrazo, feliz año, genia de la vida.

  6. #11 por lasletrasoque el enero 1, 2012 - 22:57

    yo diría: dosis perfectamente iguales de tristeza y afecto entre estos dos personajes. nos queda la tristeza, nos queda el afecto. lo demás “es sobrevivir”.

    abrazo de picadita con cerveza a las cinco de la tarde en Flores.

    • #12 por g. el enero 1, 2012 - 23:40

      yo diría que sí, que es un afecto cargado de tristeza, o viceversa, funciona en ambos sentidos.
      abrazo,

  7. #13 por Juan el enero 3, 2012 - 15:22

    Yo también creo que se equivoca.

    Y tampoco lo voy a contradecir.

    Ojalá sigas así, sin equivocarte. Y un día nos tomemos un whisky; y esa vez; esa vez, pagaré yo.

    Beso.

    • #14 por g. el enero 3, 2012 - 15:27

      ojalá nos equivoquemos mucho, siempre. viste que cuando acertás lo que te queda es una sensación de “y ahora qué” que no esta buena, es preferible la expectativa del fracaso al aburrimiento de la certeza, creo.
      abrazo,

  8. #15 por Ismael el enero 23, 2012 - 23:56

    Absoluto, maravilloso, completo.

    Gracias por el regalo.

    • #16 por g. el enero 26, 2012 - 15:03

      ey, gracias ismael, cuántas palabras elogiosas. está bueno lo de “regalo”, en definitiva lo que hacemos en estos espacios chiquitos y humildes es eso, regalar algo propio, compartirlo con todos los que se interesen por leer.
      salut!

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