el maestro.

El Maestro cobraba por reflexionar. Todas las tardes se sentaba en un banco de la plaza y se quedaba quieto, con la mirada perdida en algo o alguien o la calle, a falta de horizonte. Parecía no estar haciendo nada, pero los que lo conocíamos sabíamos que estaba pensando, pensando, pensando. Se acomodaba al borde del banco, las piernas estiradas y los brazos cruzados sobre el estómago, los dedos entrelazados. Uno iba a verlo, le planteaba un problema y asi comenzaba una deliberación que duraba lo que durara, lo que tuviera que durar.

Se había hecho una clientela estable, un numeroso grupo de vecinos que se acercaban a él entre las tres de la tarde y las ocho de la noche en verano y entre las dos y las siete en invierno. Hasta volantes tenía: una vez el imprentero, que andaba corto de efectivo, le ofreció pagar con mercadería, algo así como un trueque de servicios. Ahí el Maestro aprovechó para hacerlos. “El Maestro – Pensador – Plaza Plate – Tercer banco a la derecha viniendo desde Morón”. No usó su verdadero nombre, decía que era un nombre aburrido e intrascendente, de hecho hoy nadie lo recuerda con exactitud, era algo así como Juan Pérez, un cualquiera (aunque algunos dicen que en realidad era Manuel García, no interesa. Lo que es seguro es que era gallego).

La cuestión es que desde aquel momento en el bar, en la librería, en el restorán, en todos los locales en los cuales alguien había recurrido a él, podían encontrarse los volantes del Maestro. No sé si alguna vez funcionaron como forma de venta efectiva, y eso que decían “presentando este cupón, 20% de descuento en su consulta – volante entregado en mano, no arrojar en la vía pública” y todo. Con el Maestro funcionaba el boca a boca. Así se hizo conocido y parte de la comunidad.

Es fundamental esta aclaración antes de continuar: el Maestro no era psicólogo, pese a que podía parecerlo, ni era filósofo, pese a que filosofaba. Era lo que él decía que era: un pensador. Pensaba en todo y acerca de todo lo que se le consultaba. Transmitía ideas, conceptos, reflexiones que compartía con el consultante. El error más grosero era tomarlo por brujo o adivino, como le pasó a Matilde, solterona de esas que ya no existen más, cuando tuvo la mala idea de preguntarle cuándo iba a conocer al hombre que le quitara el rótulo y de paso su virginidad. El Maestro reaccionó como nunca. Se levantó del banco de plaza, hizo espamentos y tras algunos “qué se ha creído” “ofende mi integridad” y una serie de epítetos poco agradables despachó a Matilde y la mandó a rezar a la iglesia, no sin antes decirle que la pregunta era equivocada, que debía preguntar por qué no había sucedido, no cuándo sucedería.

Nos ayudaba a pensar. No es que no pudiésemos hacerlo por nuestra cuenta, pero nos guiaba y nos preguntaba y nos obligaba a preguntar. Nos encaminaba cuando el juicio se nublaba de tanto darle vueltas a algún asunto, nos desenmarañaba las ideas. Por unos pesos (no demasiados, en general a voluntad) alguien ordenaba nuestras cabezas que, a decir verdad, a veces estaban demasiado distraídas y ocupadas en otras cosas. También era común preguntarle alguna cosa sin importancia, como el sentido de la vida. La conversación con él era fascinante, ése era su don y su mayor talento.

El Maestro no solucionaba nada, no daba respuestas ni consejos (decía que sólo los idiotas aconsejan, quien ha vivido sabe que los consejos son inútiles porque cada uno ya sabe lo que tiene que hacer, solo debe pensar en ello). Podía uno ir con el problema más abstracto o con el más concreto, el Maestro entornaba los ojos y callaba un rato, luego hacía preguntas o le pedía al consultante que volviera al día siguiente o en unos días.

Cuando Paula González le preguntó dónde estaba el universo, el Maestro la miró fijo y le preguntó para qué quería saber. Paula se fue pensando en eso porque en realidad no tenía ni idea de qué podía aportarle ese conocimiento. Al sábado siguiente (esto había sucedido un miércoles), Paula volvió y le dijo que quería saberlo por saber nomás, porque sí, por nada en particular. Se pasaron horas charlando, haciéndose preguntas sin respuesta y al final llegaron a la conclusión de que no lo sabrían nunca y que el asado de tira es mejor acompañado de ensalada de lechuga y tomate en lugar de papas fritas.

No todas las cuestiones que le planteaban eran así. El de la mercería, por ejemplo, no podía decidir si ordenar los hilos por tamaño primero y por color después o viceversa. Luego de varios días llegaron a una respuesta satisfactoria para ambos, no sin acaloradas discusiones.

Cuando no tenía clientes, el Maestro contemplaba y meditaba. Pero no como dicen ahora que hay que meditar, esa cosa new age pretenciosa de cerrar los ojos y hacer todo un preparativo para tratar de encontrar una concentración impostada. Él miraba la nada o cerraba los ojos y reclinaba la cabeza. A veces dormitaba. Hay quien asegura que lo oyó roncar y todo.

Incluso ayudaba a zanjar peleas, como definir si el catenaccio significaría o no la muerte del fútbol como lo conocíamos. El Flaco Larreta sostenía que no, que los tiempos modernos obligaban a adoptar esa estrategia si no queríamos quedar fuera del ámbito internacional. El Loco Suárez en cambio estaba en contra de la adopción de estilos foráneos que arruinaban el espíritu nacional de un juego tan propio de los argentinos. A decir verdad el Flaco Larreta y el Loco Suárez – uno de Boca y otro de River – peleaban por todo. Se contradecían por contradecirse nomás. Si uno de ellos llegaba a alabar que el fútbol tuviera once jugadores, el otro saltaba convencido a afirmar que mejor hubiera sido diez o doce.

El Maestro no tomaba partido. No dejaba que su impresión sobre las cosas interfiriera en el camino. La mañana trágica en que apareció el Capo estaba hablando muy seriamente con Lautaro Passini acerca de si a éste le convenía o no hacerse la tintura para taparse las canas.

Al principio nadie le prestó atención al Capo. Su aspecto sobrador, su sonrisa compradora, sus trajes chillones, eran irritantes y una provocación. Empezó a ir a la plaza todos los días, se sentaba en el segundo banco yendo para el lado de General Paz y tenía un cartel de muchos colores donde se leía EL CAPO – SOLUCIONADOR, hecho con brillantina.

Sin embargo el Maestro  estaba inquieto. No quería que se notara pero se notaba. Empezó a llegar más temprano y a irse más tarde cuando vio que el otro estaba más horas que él en la plaza. No dormía bien, se veía en sus ojeras cada vez más pronunciadas. Nosotros lo tranquilizábamos. Nadie en sus cabales se acercaría a semejante aprovechador, a un sinvergüenza que quería coparle la parada sin saber con quién se metía. Un atorrante que no haría daño salvo que alguien le diera entidad, y nadie pensaba hacerlo. Nadie estaba dispuesto a hacerlo.

Bueno, casi nadie. Porque estaba Matilde.

Fue un día de verano, de mucho calor. Banquitos en la vereda, mates y tererés. Los más chiquitos – y los no tan chiquitos también, todo hay que decirlo – jugaban con agua. Cuando vimos a Matilde nos quedamos de una pieza. Se había sentido tan avergonzada que no había vuelto a la plaza desde aquella vez.

Se hizo tal silencio que me parece recordar que hasta los pájaros y los grillos dejaron de cantar y los perros de ladrar, aunque seguro no fue así y el recuerdo transforme la escena en una película de farwest, con música de Sergio Leone y todo.

El Capo estaba sentado mirándose las uñas, siempre recortadas con prolijidad insultante (se rumoreaba que se hacía la manicura en una peluquería del centro). Hacía ya un par de meses que había llegado y si algo hay que concederle es la paciencia de araña: ignorado, hasta burlado, se sentaba con su cartel estrambótico y saludaba a quienes pasaran por delante con amabilidad aunque apenas le devolviéramos el saludo.

Matilde caminó hasta donde estaba el Capo, dispuesta a soportar una vez más la ignominia. El Capo le sonrió – tenía una sonrisa encantadora – y ella le chantó su pregunta. Yo estaba cerca del Maestro, escuchando por enésima vez la discusión sobre qué hinchada era más grande entre el Loco Suárez y el Flaco Larreta. El Maestro se puso lívido, apretó con los dedos el borde del banco tan pero tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.

Mire, dijo el Capo, empecemos porque se viste como monja de clausura y se peina como institutriz decimonónica. Cómprese un lindo solero floreado, suéltese el pelo, maquíllese y vaya a la milonga que en un mes consigue novio seguro.

Matilde le agradeció con los ojos llenos de lágrimas y se alejó de la plaza apretando un pañuelito blanco con puntillas.

Pasaron varias semanas. Nada parecía haber cambiado. La hostilidad hacia el Capo se mantenía, la sequedad en el saludo, la obvia indiferencia de los vecinos hacia él que sin embargo había agregado otro cartel que decía “la primer consulta gratis” y seguía sentado ahí como si nada.

Pero el Maestro estaba cada día más desmejorado. Un día, ganado por el cansancio, se quedó dormido y apareció a las cuatro de la tarde, despeinado y con la camisa abierta y salida del pantalón. Llevaba varias semanas durmiendo poco y mal y el cuerpo no le aguantó, así que para evitar futuros sucesos similares decidió no irse. Se llevó una carpa atrás del banco, la armó y desde ese momento durmió ahí. Le dijimos que no era necesario, que no se preocupara, pero no nos escuchaba. Su concentración estaba perdida y tardaba más de lo común en responder a los pedidos.

Cuando Matilde apareció – irreconocible con cabello suelto y vestido ajustado – con su flamante novio, un vendedor de tijeras inoxidables de Parque Patricios que se peinaba de costado para disimular la calvicie, fue el principio del fin. En los locales, en las casas, se hablaba. En voz baja, pero se hablaba. El Maestro es bárbaro, decían. Pero el Capo te soluciona el problema más rápido, imaginate, lo dela Matildees casi un milagro, comentaban. No te hace preguntas. No tenemos nada en contra del Maestro, pasa que el Capo parece, cómo decirlo, más efectivo.

De repente, los problemas fueron demasiado urgentes como para esperar, tanto los graves como los menores. El Capo contaba a su favor con una honestidad brutal y muchos meses de observarnos, ventaja que le dimos nosotros y que se acentuaba con la creciente inseguridad del Maestro. A Matilde le siguió el imprentero, después dos o tres más. En pocas semanas el Capo había ganado la parada.

El final definitivo llegó el día en que el Maestro, en una jugada desesperada, colocó su propio cartel con brillantina. No sé si alguna vez vieron la palabra “PENSADOR” escrita con brillantina: es la cosa más triste que puedan ver. Supimos que todo había terminado para él. Peor: él también lo supo.

Así que a eso de las seis de la tarde el Maestro se acercó al Capo, que le sonrió como si fuera un cliente más. El Maestro se paró frente a él erguido y habló tan alto que lo escucharon desde la otra punta de la plaza.

Es sabido, dijo, que los seres humanos somos mucho más básicos de lo que podemos ser. Aún así yo siempre tuve fe en nuestra especie, en lo que es capaz de dar con apenas entender que el pensamiento y la reflexión pueden aplicarse a la situación más trivial, y cada pensamiento nos lleva a otros y así se abre el mundo. A través del pensamiento y la reflexión es como se encuentran las verdades propias y lo auténtico de cada uno. Pero ahora – hizo una pausa, tenía un nudo en la garganta, y me di cuenta de que a mí me pasaba lo mismo – Ahora – dijo más fuerte, perdí esa fe. No sé qué hacer, ¿qué hago?

El Capo hizo sonar los dedos. Asintió, se llevó el puño a la barbilla. Movió un poco el pie. Para un lado y para otro. Esperó, pareció una eternidad. Tuve que frenar al Flaco Larreta, que quería irse a las manos con el Capo. Se oyeron algunas toses. El Capo miró al Maestro y – ¿pueden .creer? – le sonrió. Una sonrisa que era un tiro en la frente, una patada en el estómago.

Retirarse, señor. Acá ya no lo necesitan más.

El Maestro levantó la cabeza. Extendió la mano abierta y el Capo se la tomó y la sacudió efusivamente. El Maestro pegó media vuelta y se fue y nunca lo volvimos a ver. Dejó el cartel con brillantina y la carpa, que los chicos usaron para jugar hasta que la alcanzó un rayo, en una noche de tormenta.

 

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  1. #1 por lasletrasoque el febrero 16, 2012 - 18:39

    vaya derrota. vaya metáfora de otras tantas cosas vinculadas a la fe y el poder.

    che, atiende todavía el Capo? dónde lo consigo?

    • #2 por g. el marzo 2, 2012 - 17:36

      me dijeron que el capo perdió muchos clientes con la llegada y masificación de google. viste que la gente si puede no sale de su casa.
      abrazo

  2. #3 por Concha Huerta el febrero 17, 2012 - 7:18

    Un relato construido con dos personajes que son dos metáforas. La verdad es que nadie es indispensable y pensar de otro modo tiene sus problemas. un saludo

    • #4 por g. el marzo 2, 2012 - 17:37

      claro, y el maestro sabía eso, era consciente de que su batalla estaba perdida. quién sabe, por ahí se fue a otra plaza y ahí encontró un poco de sosiego, pero ya no debe haber sido lo mismo.
      salut, concha!

  3. #5 por Sergio Mauri el febrero 17, 2012 - 18:37

    Hay gente que se especializa en copar paradas. Uno no sabe la razón, y hasta es probable que tal razón no exista. Si embargo, están ahí, agazapados, al acecho de cualquiera que demuestre algo parecido al ingenio, a la inteligencia, o a tener interés en dar una opinión, para saltar desde atrás de un almendro, un malvón o una maceta con tierra seca para patearle el nido a quien se le ponga adelante. Esa gente, habitualmente, no tiene escrúpulos, ni madre ni el mínimo deseo de comportarse como seres humanos relativamente decentes. A esa gente, entre los que seguramente se contaría el Capo, habría que machacarles la cabeza contra el piso al grito de “que te metés, torlica”. O, en su variante pacifista, decirles, con tono semi melifluo, “olive de acá, caballero, sus opiniones no tienen, en estos lares, ninguna importancia”. Pero para personas íntegras como el Maestro, encajar la derrota es una cuestión de honor. Yo, básicamente, tendría que pedir consejo para tomar partido y salir del NS/NC.
    Abrazo tamaño baño con jacuzzi y espejo con lamparitas.

    • #6 por g. el marzo 2, 2012 - 17:39

      ha visto? qué gente jodida esa. y siempre parece que el que no tiene escrúpulos triunfa, pero yo estoy segura de que a la larga todos se dieron cuenta de su error, y ahora extrañan al maestro.
      abrazo!

  4. #7 por chrieseli el febrero 21, 2012 - 16:58

    Me queda una penita paseándose alrededor de mi corazón. El triunfo de la solución fácil. La papilla en la boca, el linsojeo, la baratura, lo inmediato.. Qué pena por este Maestro y sus ganas de contagiar al resto con una premisa tan básica y verdadera: está todo dentro tuyo, sólo debes saber escuchar..
    Me gusta cómo llevas de la mano por el paseo de tus letras. Cómo muestras tus barrios, tus personajes, sus avatares, sus mezquindades y sus verdades. Es un agrado leerte, bueno, eso ya lo sabes. Y no eres de las que le gustan mucho las lisonjas, asi que abrazos y nada. Abrazos.

    • #8 por g. el marzo 2, 2012 - 17:40

      jejeje, es verdad, no sé qué hacer con los halagos, pero son bienvenidos, más viniendo de una escritora como vos, cuyo estilo y solidez admiro.
      abrazo tere!

  5. #9 por Cine Braille el febrero 23, 2012 - 20:11

    Lo peor de todo es que el Maestro seguro que ya sabía la respuesta.
    Pero así son ciertos dones, no se pueden usar para ayudarse uno mismo.

    • #10 por g. el marzo 2, 2012 - 17:42

      sí, tal cual. ya sabía, hizo lo que hizo para demostrar un punto.
      hola don, qué bueno verlo por acá.

  6. #11 por micromios el febrero 25, 2012 - 5:50

    Al final nos dieron hechas las respuestas para que nos olvidaramos de hacernos preguntas. lástima que se les olvidó de hacer desaparecer los interrogantes.
    Dura reflexión, pero muy interesante.
    Salut

    • #12 por g. el marzo 2, 2012 - 17:43

      siempre habrá quienes prefieran buscar las respuestas a recibirlas masticadas. creo que es una de las cosas buenas de nuestra naturaleza.
      salut, carme.

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