conversaciones con marita.

–          La cuestión es equilibrar.

Siempre me hace lo mismo la boluda ésta. Empieza a hablar por la mitad de los pensamientos y se supone que yo tengo que saber de qué está hablando y contestarle en consecuencia. Tira una así, de la nada, y espera que le pregunte. Un pibe de unos diez años pasa corriendo recién salido del agua. Me salpica y me tira arena, y en las piernas me quedan esas gotas roñosas y rasposas. Odio venir a la playa. Está abarrotada de gente. Las señoras gordas recién llegadas me deprimen con su blancura de oficina pero no puedo definir si me deprimen más que los viejos que ya están marrones y que miran con más o menos disimulo a chicas en bikini menores de edad. El día que tenga una hija la voy a obligar a salir con pareo, qué tanto.

–          ¿No te parece?

–          ¿Qué cosa?

–          Que la cuestión es equilibrar.

–          Marita, como el ochenta por ciento de las veces no tengo idea de a qué te referís.

Marita se mira la uña del pulgar y empieza a sacarse el esmalte violeta a tirones. Odio cuando hace eso. Me da impresión, ella dice que es compulsivo, como cuando yo empiezo a hacer ruidos con la garganta porque me pica la parte de adentro del oído. Es la primera uña, pero yo sé que hasta que no termine de sacarse todo no para. Encima cuando se pone difícil, arranca el esmalte con los dientes Y LO ESCUPE. No entiendo por qué vengo de vacaciones con ella, si estoy mejor sola en casa, pasando los siete míseros días que me dan tirada mirando una serie, o hasta algún programa de chimentos de la tarde.

–          ¿Equilibrar qué?

–          El garche. Un sistema de redistribución del garche.

–          ¿Ah?

–          Eso. Podría llamarse SiReGa.

–          No podés bautizar nada con la palabra garche, Marita, dejá de joder.

–          Bueno, ponele que se llame SiRSe.

–          Como el cuento de Cortázar.

–          No, bruta, con s. Sistema de Redistribución Sexual. Si-R-Se.

Separa en sílabas con las manos. Le cuelga el esmalte del pulgar y enseguida vuelve a la tarea metódica del arranque. Cerca del puesto del bañero la gente empieza a aplaudir. Otro chico perdido. La vez pasada se perdió un viejo, pobre. El hijo lo fue a buscar y se lo llevó como si se tratara de un nene. Qué feo llegar a esa edad. Espero morirme antes.

–          Algo así como un registro nacional de polvos, decís.

–          Claro. Uno por país. Pensalo, ¿cómo puede ser que está la gente que no para de cojer y la gente que no coje nunca? Se tiene que poder reorganizar, me parece.

Lo peor es que habla en serio. Lo peor de Marita es eso. Dice pelotudeces como si fueran posibilidades realizables. Me quiero enterrar en la arena, pero el aburrimiento es el padre de todas las conversaciones idiotas, así que se la sigo.

–          Bueno, pero no les quitemos mérito a los que cojen, qué sé yo. Hay trabajo y esfuerzo ahí.

–          Convengamos que para algunos es más fácil que para otros. Mirate vos. Has tenido una cuota de suerte importante, vamos.

–          ¿Qué? ¿decís que no me lo merezco? Yo laburo para eso eh. Llamo, mando mensajes, mails, hago regalos, tiro perros.

Marita sacude la mano y me quita importancia.

–          Te cayeron cosas del cielo también.

–          Nada, todo me lo gané con sudor, algunas veces con más sudor que otras.

Espero que se ría pero no se ríe.

–          O sea que no te parece bien mi idea – es el momento de decirle que me parece una boludez pero no me da tiempo – de todo lo que te comiste, ¿no cederías algo que a la larga podés pensar que fue innecesario para alguien que ande con necesidad?

–          Sí, qué sé yo. De uno o dos podría prescindir – lo pienso mejor, me acuerdo de alguna encamada olvidable – bueno, tres. Hasta tres podría ceder.

–          Porque no te cambió la vida.

–          No te cambia la vida.

–          ¿Pero te la mejora o no te la mejora?

–          Bueno, sí, te la mejora. ¿Querés churros? – el grito del churrero me distrae y lo sigo con la mirada, casi puedo oler el dulce de leche caliente.

–          Ahora no. Pensá: debe haber un par que pueden haber prescindido de vos.

–          Tampoco es cuestión de que me hagas recuperar la virginidad eh.

–          Vos me entendés – escupe para el otro lado un cacho de esmalte. La señora de la sombrilla de al lado la mira como si fuese una salvaje incivilizada. Me pongo colorada, como si yo tuviera la culpa de que ella sea medio bestia.

–          No, no demasiado. ¿Por qué debería dejar de cojer yo para que cojan otros cuando todos podemos cojer si nos vamos alternando?

–          Porque hay una responsabilidad social, nena. Es lo mismo que pasa con los impuestos: vos pagás para que otros tengan acceso a un bienestar que vos tenés y que ellos no pueden tener.

–          Estás diciendo cualquiera.

–          Vos no me estás prestando atención.

Escupe.

–          Es difícil prestarte atención cuando estás haciendo esa asquerosidad en la playa, donde lo único que no hace falta es más mugre de la que hay.

Me mira y no entiende de qué estoy hablando. Le miro las manos.

–          Ay, disculpe la condesa. Es una manía. No le hago daño a nadie.

–          Le hacés daño al buen gusto, querida.

–          Bueno, delicadita, voy a ser más discreta y voy a juntar un piloncito de esmalte para tirar cuando estemos de salida, ¿sí? Pero parar no paro, vos sabés que cuando empiezo no puedo parar.

Agarra una servilleta de papel del bolso playero y se la pone en las piernas. Se saca una tira de esmalte del meñique con los dientes. El pedazo de esmalte se pega a la punta de la lengua rosada que asoma, lo toma con los dedos y lo apoya en la servilleta que queda un poco húmeda de saliva.

–          ¿Me vas a prestar atención sí o no?

–          Qué remedio.

–          Bueno, primero, deberíamos dejar de relacionar tanto el sexo con el amor. No se puede implementar una política de este estilo si la gente no tiene en claro si quiere amor o una revolcada.

–          Y cómo hacés eso, me querés decir.

–          Campañas de concientización. Machacás, machacás, machacás con el tema hasta que más o menos queda claro. Se puede usar la canción de la Bersuit. La de cojer no es amor, es mucho mejor, esa.

–          Decime, ¿no se te ocurre usar el cerebro para cosas más útiles?

–          A ver, ¿me vas a decir que el sexo no es bueno para la salud?

–          No.

–          Ah, no es bueno.

–          No, sí, digo que no te voy a decir que no es bueno, es bueno.

Pienso en Ignacio y me recorre un estremecimiento por la espalda. No sé si lo redistribuiría a Ignacio, aunque está claro que sería un aporte positivo al SiRSe.

–          ¿Me vas a negar que cuando la gente coje está mejor, menos predispuesta a la violencia?

–          Depende. Ahora yo te daría un golpe, ponele ¿te falta mucho con eso?

Me muestra la mano izquierda, apenas un poco de violeta en las cutículas, y las uñas de la derecha todavía intactas. Sonríe.

–          ¿No estaría bueno que todos estuvieran con las energías canalizadas, poco propensos a discutir, de buen humor?

–          Sí…

–          Y bueno, ahí tenés: se redistribuye el garche y que los que cojen mucho renuncien a algo para los que cojen poco o nada y listo.

Siempre me pasa lo mismo: su lógica es tan delirante que ni sé por donde empezar a debatirla, más bien sé que no tiene sentido debatirla, pero igual entro y busco la vuelta para demostrarle que no hay racionalidad en sus ideas.

–          Pero escuchame una cosa…

–          A vos la idea no te gusta porque sos defensora del sistema capitalista, eso pasa.

–          Yo no s

–          Sí, sos. Vos pensás que uno el garche se lo tiene que ganar o pagarlo y sino mala suerte, estás en contra del bienestar común, apoyás el mérito individual, porque claro, como no tenés problemas en ese campo…

Me late la sien y quiero reírme a carcajadas pero no puedo. Además, me acabo de dar cuenta de que la señora que mira a Marita hacerse su tan particular manicura está escuchando la conversación y empezó a hablar en voz baja con el marido, que dejó de leer el diario y ladea la cabeza un poco para nuestro lado. Bajo un poco la voz. Decido actuar con madurez, no seguir con esta pavada.

–          No voy a seguir con esta pavada.

–          Porque tengo razón.

–          Pensá lo que quieras.

Nos quedamos calladas. Marita se saca esmalte del índice. La odio. No voy a venir más de vacaciones con ella.

–          Mirá que no estar de acuerdo con redistribuir algo tan fundamental como el garche. Hay que ser chota eh.

Me tengo que callar. No puedo entrar en su juego.

–          NO DIJE QUE NO ESTABA DE ACUERDO, ESTÚPIDA.

La gente de todas las sombrillas aledañas nos mira. Se hace una especie de silencio alrededor nuestro, el barullo se aleja un poco, como si hubiésemos entrado en un cono. Marita me mira como si la loca fuera yo y le sonríe al matrimonio de al lado como diciendo “pobre, es así, qué va a ser”. La señora baja la mirada y el marido vuelve al diario.

–          Entonces estás de acuerdo.

Me parece sentir el clic de una trampa para osos que se cierra encima mío.

–          No sé, lo tengo que pensar, creo que es un asunto complejo y que hay que estudiarlo un poco.

–          Te hago una pregunta: ¿vos sos la presidenta de la nación?

–          ¿Eh?

–          Eso. ¿sos la presidenta, o una diputada, senadora, algo?

–          No.

–          Estás en la legislatura, ¿algo de eso?

–          No, pelotuda, qué te pasa.

–          ¿De qué complejidades me hablás, tarada? Estamos en la playa, descansando, yo hago un comentario al pasar sobre cómo hacer para que la gente coja más, una idea sin ambiciones de ser más que una reflexión en la arena y vos me salís con “complejidades” y “estudiar el asunto”. Haceme el favor, querés.

–          Bueno, está bien, Marita, está bien. Tenés razón, es una buena idea que exista un registro nacional de redistribución del garche, es una idea buenísima y te digo más, se puede hacer como con el censo. Declaramos ese día feriado nacional, vamos casa por casa, hacemos una encuesta con multiple choice y en un mes procesamos los datos y tenemos la información de todos los ciudadanos. Sería una inversión, claro, pero valdría la pena, por qué no, todo sea por tener la posibilidad de darle a la gente lo que quiere. Y que haya oficinas y puestos en los que se pueda consultar quién está disponible si uno anda con ganas y todos aceptan lo que les toca y

–          Nooo. ¿cómo vas a hacer eso? – hace un bollo con la servilleta y la tira en el bolso – Querés que el Estado se meta en la cama de la gente, que te diga con quién encamarte, vos estás completamente equivocada, nena, no es así.

Tengo ganas de llorar.

–          Pero vos dijiste

–          Yo dije otra cosa, lo tuyo es fascismo, sos una fascista.

La señora de la sombrilla me mira, el marido me mira. Respiro, me levanto de la lona, me ato el pelo y camino hacia el agua, pensando en que hoy mismo me voy a la terminal y me tomo el micro de vuelta. Mientras me alejo escucho la voz de Marita, cada vez más opacada por el sonido de la multitud.

–          ¿Dónde vas? No me dejes hablando sola, che, estamos charlando. ¿ves? ¿ves cómo sos? No se puede dialogar con vos. No hay manera, te das cuenta, ¿no?

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  1. #1 por blopas el marzo 13, 2012 - 8:34

    Ah, ¡un regreso con todo! Qué bueno, valía la pena esperar. En algún punto del diálogo creí que podía aparecer la famosa frase ‘atendéme una situación’. Buena idea la de democratizar el garche. Alguna vez se me había ocurrido que todos tendríamos que llevar un chip bajo la piel, el alcahuete del garche. Uno se acerca a la otra persona y al sobrevolarle la cabeza (o cualquier parte del cuerpo, a elección) con la mano a modo de mouse se despliega un globo digital que indica tu estado, como días a la última revolcada, cantidad de ppm (polvos por mes), polvos en el año, polvos totales acumulados desde la primera vez, etc. (es configurable pero no reseteable).

    Qué sé yo, divagues.

    Seguí escribiendo, porfa!

    • #2 por g. el marzo 14, 2012 - 0:41

      callate que en un momento en el fragor de la escritura pensé en poner el atendeme una cosita, posta.
      está bueno el aparato pero te imagginás que feo si te pasas mucho tiempo sin cojer? la gente te va a mirar raro.
      abrazo!

  2. #3 por Anti SiRSE el marzo 13, 2012 - 11:38

    Ah, noooooo. No me conviene. ¡Voy a tener que renunciar a mucho! No, de ninguna manera. ¡Aguante el capitalismo del amor!
    (¡..y agardezco que todavía no cobran impuestos!)

    • #4 por g. el marzo 14, 2012 - 0:52

      ya van a cobrar, viste que estamos en una diktadura (?).
      abrazo!

  3. #5 por chrieseli el marzo 13, 2012 - 12:51

    Yo la mato, te lo juro que la mato!!!

    Se te dan impecables estos diálogos donde una conversación de nada, crea un todo. De antología los viejos de al lado, escuchando solapados y pensando en sus propias opiniones, Y el detalle del esmalte!!!!! Muy bueno de verdad.
    Abrazos,

    • #6 por g. el marzo 14, 2012 - 0:53

      gracias tere. sí, a veces hay amistades que no se sabe por qué se conservan, pero te aseguro que la protagonista al final se quedó y siguió teniendo esos diálogos que no van a ninguna parte.
      abrazo!

  4. #7 por micromios el marzo 16, 2012 - 3:59

    Hoy he leido un estudio de esos que hacen las universidades no se sabe bien para qué que investigó que ocurre cuando se deja a las moscas machos sin sexo: concluyeron que se dedican a beber.
    Las moscas hembras no sabe/no contesta.
    Salut

    • #8 por g. el marzo 16, 2012 - 8:50

      quizás las moscas hembra se dediquen a charlar.
      salú!

  5. #9 por Hernan Dardes el marzo 16, 2012 - 13:18

    si sobre la mesa de un bar se puede aniquilar el sistema capitalista, bajo una sombrilla en la playa se puede terminar con la injusticia sexual. Buen relato, aunque reconozco que no puedo sacarme de la cabeza el doble sentido a eso de ” machacas, machacas, machacas”

    • #10 por g. el marzo 16, 2012 - 21:39

      bien hernán, bien, es el subtexto, qué bueno que no fue tan subtexto.
      bienvenido!
      abrazo,

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