darwin.

El genocidio empezó como empiezan todos los genocidios: nadie se opuso. Al menos, nadie importante. Nada que valiera ocupar la tapa de algún diario de tirada mediana o minutos en un noticiero central.

El agua había comenzado a escasear. No alcanzaba para todos y hubo que  pensar en matanzas rápidas, muertes limpias, en lugar de guerras civiles y hambrunas prolongadas. Si falta el agua falta la comida, si falta el agua nos extinguimos, nos decían.

No nos opusimos porque ya lo habíamos pensado antes de que pasara. Era necesario. Los primeros fueron los presos pero podía haber sido cualquier otro, lo mismo daba, tan desesperante era el panorama para todos.

Arrancaron por los cadena perpetua. Asesinos, criminales de guerra, descartables. Las cárceles estaban abarrotadas. No se puede seguir así, nos dijeron. Nunca saldrán salvo que escapen y no tienen forma de aportar a la sociedad, son prescindibles. Necesitamos hacer espacio, somos demasiados.

Algunos se manifestaron, los familiares, asociaciones de derechos humanos que entendieron lo que venía, que lo vieron antes. Comenzó a circular con más frecuencia aquel poema de Brecht, primero se llevaron a los negros, etcétera. Pero no nos importó, lo cual no hace más que confirmar la esencia del poema, la miseria de nuestra condición.

Entiendan, les decimos ahora. No nos parece bien, pero era necesario.

El agua seguía escaseando y en el mercado negro se vendía cinco, diez, quince veces más cara que en el oficial, donde era una suerte conseguirla. Así que tampoco protestamos cuando siguieron con los violadores. Después de todo, violar es peor que matar, el violador es irrecuperable y consume recursos. Dejamos hacer.

Después los ladrones, los estafadores. Los que protestaron también fueron en cana: ellos también cayeron. Así que muchos dejaron de protestar. Hubo enfrentamientos, claro, pero no tantos como es de esperar cuando uno escucha hablar a la gente en una mesa de bar acerca de los límites de lo tolerable en una sociedad civilizada.

Como nadie quería ir a una muerte segura, la criminalidad civil bajó a tasas históricas. Puro miedo, claro, pura represión, en el cuerpo, en la calle, en casa. Pero el agua, aún racionada, comenzó a verse más en las góndolas y el mercado negro tuvo que cobrarla menos.

Los locos ¿para qué queremos a los locos? dijeron un día. Los manicomios fueron arrasados por los soldados, que ya no distinguían vivos de muertos, así de cebados estaban, así de urgidos de sangre y fuego.

Lo más delirante es que se discutía, que había voces a favor y en contra y que se hablaba del tema en las sobremesas. Entiendan: cuando apareció el agua empezó a faltar comida y el miedo se acentuó. Lo que aprendimos del miedo fue eso: siempre se puede tener más, siempre. Se puede morir de miedo, pero se puede vivir con él y no hay límite para el miedo con el que se puede vivir. Es un pozo ciego que se sabe dónde empieza pero no dónde acaba.

Cuando se habló de los viejos fue casi gracioso. ¿cómo no se les había ocurrido antes? Solo aceleramos, argumentaban – siempre, todas las veces, argumentaban – el trabajo que la naturaleza está por hacer sola. Les falta tan poco y han vivido tanto y nosotros no se sabe cuánto podremos soportar. Y los viejos comen mucho. Ya comieron suficiente y no sabemos si podremos llegar a viejos nosotros, no hay lugar y no hay con qué y no es justo que ellos hayan podido y nosotros no.

Cada grupo eliminado bajaba el precio del agua y de la comida y debilitaba al contrabando y seguíamos adelante pensando que tanto dolor quizás había valido la pena. Todos habíamos perdido a un ser querido, todos conocíamos a alguien que había muerto para que no estuviéramos muertos. Las iglesias, las mezquitas, las sinagogas, los templos se llenaban de voces: letanías, nombres repetidos. Misa por los locos, los viejos, los presos, los enfermos terminales, que fueron los siguientes. El tejido social no se vería desgarrado por su desaparición apenas previa a los meses que les daban los médicos, y los médicos comenzaron a reportar una enorme cantidad de enfermos terminales. Porque entiendan, la salud de los sanos era más importante. Cualquier sospecha de tumor fue cáncer, cualquier enfermedad progresiva fue condena.

Con los huérfanos, sin embargo, fueron distintos. Los ofrecieron en adopción y algunos se salvaron. Pero no todos podíamos – queríamos – adoptar. Los adultos que vivían en la calle no corrieron la misma suerte, no tuvieron la posibilidad.

Era irreal, era inhumano pero era el precio del agua y la comida. No teníamos salida, entiendan, les decimos.

Una noche me despertaron unos ladridos. Acababa de dormir a mi hijo recién nacido y andaba con el sueño ligero, pendiente como toda madre primeriza de cualquier sonido, cualquier respiración anormal, cualquier amenaza. Lo primero que hice fue correr a su habitación y asegurarme de que estaba bien y que no había oído nada. Lo levante, lo abracé, abrió los ojos y me miró y empecé a amamantarlo. Así, amamantando al único hijo que podía tener, ahora que sólo estaba permitido tener uno, me asomé a la ventana, con cuidado, con sigilo. Y vi como mataban a la mujer que a veces dormía enfrente abrazada a un perro blanco mezcla de bulldog y callejero. El bicho ladraba como para despertar a la calle entera pero no se encendió ninguna luz. La vi a ella acostada, levantando apenas una mano para protegerse, y vi a los soldados, cinco o seis, que la rodeaban. Uno de ellos tomó al perro de la correa – el perro tenía correa y estaba limpio y bien alimentado – y otro la degolló. Así de fácil. Un gorgoteo y después nada. Y el perro que ladraba hasta que el soldado que lo tenía de la correa le dio unas palmadas en la cabeza, mientras los otros envolvían el cadáver en una bolsa negra y se lo llevaban en andas. El perro se había calmado y movía la cola, ¿pueden creerlo? Creo que lloré, pero no puedo afirmar que haya sido por lo que vi o por las mordidas en el pezón que mi hijo me propinaba en busca de más leche. Vi alejarse a los soldados y al perro, que marchaba obediente, con la cabeza gacha y en silencio, con el que lo había adoptado. Como si él también supiera que no había remedio.

Entiendan, nos decían. Entiendan, les decimos.

Siguieron con los sospechosos, con los sospechados, con los drogadictos, con los alcohólicos, con los suicidas, con los depresivos, con los lisiados, con los retrasados, con los deformes, con los ciegos y los sordos – dejaron a los mudos -,  con los enfermos crónicos, con los desempleados, con los morosos.

Un día no pudimos pagar la tarjeta de crédito.

Escapamos hacia las cuevas, bien adentro en la cordillera. Somos una pequeña comunidad, pacífica y silenciosa. Los adultos tenemos la espalda encorvada y vemos crecer a nuestras crías, que no recuerdan pero que son chicos tristes y taciturnos porque nosotros les contamos. Un día vendrán a buscarnos, les decimos. Lo sabemos, los hemos oído con sus helicópteros por las noches, los días que el viento trae el sonido de los vuelos cercanos. Nos encontrarán, no hay nada que hacer. Y nos van a matar, les decimos. Entiendan. No será personal, es la ley de la vida, los padres por los hijos y Darwin y la supervivencia. No se pudo hacer otra cosa. Ni agua, ni comida.

Les explicamos que no tiene sentido sufrir, nosotros ya vivimos, pero ustedes podrán vivir en un mundo mejor, creemos que hay lugar para ustedes. No les contamos que tal vez, posiblemente, también los maten a ellos. ¿Para qué? Necesitamos que crean que hay esperanza.

Entiendan, les decimos. Entiendan.

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  1. #1 por Hernan Dardes el marzo 22, 2012 - 10:23

    Vos sabes que yo siempre dije que si es verdad que en un futuro va a faltar agua, y los seres humanos somos 70% agua, no faltará el día en que empiecen a exprimir negros.

    • #2 por g. el marzo 26, 2012 - 19:25

      va a ser una lotería, sí. y va a estar jodido para las periferias, las que sean.
      abrazo,

  2. #3 por Mariano el marzo 23, 2012 - 18:14

    Me gustó el texto. Me gustó como se va carcomiendo la sociedad de afuera hacia adentro como si de un disco se tratara. Por ahí los del centro del disco se salvan, pero uno tiene el miedo de saber que uno no es el centro del disco que se va achicando parejo por los bordes.
    Algo que me llamó la atención es que no aparecen las palabras sed y hambre (aparece sólo hambruna al principio). Al no tener hambre y no tener sed potencia una desesperación de miedo puro. No se teme morir de hambre o de sed, se teme no tener agua o no tener comida. Están un escalón o varios antes de la real desesperación,donde están todavía tienen energía para tener miedo.

    • #4 por g. el marzo 26, 2012 - 19:27

      mariano, qué buen comentario. es cierto, y no lo había notado, viste que a veces uno no analiza lo suficiente sus propias cosas, pero si, y la idea era esa: la bola de nieve de la sensación, como dice alguien acá abajo, que a veces termina siendo más real que la realidad misma. y después de todo, ¿qué es la realidad? quién sabe, no?
      gracias por pasar, y por comentar.
      un saludo,

  3. #5 por Ricardo el marzo 26, 2012 - 14:19

    Nunca me arrepiento de pasar por acá.

    • #6 por g. el marzo 26, 2012 - 19:29

      qué bueno, ricardo!
      un abrazo y sos siempre bienvenido.

  4. #7 por edgardoariel el marzo 26, 2012 - 17:03

    muy bueno, el miedo que te va llevando a justificar lo injustificable, algo asì como lo que se quiere instalar con la inseguridad,
    realmente fue un placer disfrutar este escrito

    • #8 por g. el marzo 26, 2012 - 19:30

      tal cual. no se me había ocurrido la analogía pero es muy cierto. qué feo pensar que en el fondo somos tan miedosos, no? como individuos y al final como sociedad, claro. tan capaces de ir como ovejas al matadero porque nunca entendemos que somos uno y parte de lo mismo. algún día entenderemos?
      saludos, bienvenido.

  5. #9 por edgardoariel el marzo 26, 2012 - 17:09

    un gusto leer este texto, es un disparador de sensaciones y comparativo de realidades, ¿cuanto faltarà para que algo similar ocurra ante la instalaciòn permenente del tema inseguridad ?

  6. #10 por micromios el marzo 31, 2012 - 5:31

    Dijo Munñoz Seca: podreis quitarme con vuestros fusiles los biens, la libertad y la vida. Pero hay una cosa que nunca me podréis quita: el miedo.
    A lo mejor es el miedo el que hace que salgamos adelante, que nos rebelemos. Lo peor la indiferencia.
    Excelente texto para reflexionar.
    Salut

    • #11 por g. el marzo 31, 2012 - 18:44

      muy buena frase, carme. qué cosa el miedo eh. cómo determina tantas acciones y no nos damos cuenta.
      un abrazo.

  7. #12 por Jesus el septiembre 12, 2012 - 23:01

    Siempre hay algo que no me deja ser feliz
    Todas las personas tienen ideas
    Todas las persona hablan y hablan
    Todas las personas son egoístas …
    y podría seguir pero bueno eso ya lo saben todos ya estoy cansado de que las personas solo hablen y hablen, sean egoístas, tengan ideas al final todo es lo mismo.Pero nadie hace nada
    por mas que intento nadie me hace caso nadie no tengo con quien hablar no tengo con quien compartir mis ideas realmente me siento mal espero pueda hablar con alguien de ustedes de por favor cada vez siento ganas de desaparecer. todo lo que quiero decir todo lo que quiero cambiar tengo que ver como mis compañeros programados por esta sociedad. Podría estar escribiendo toda mi vida pero eso no cambiaría nada.

    a lo que quiero llegar es que si alguien me puede ayudar por favor cambiemos al mundo comenten
    si quieren estar en contacto conmigo tengo muchas ideas

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