un día que no sea jueves.

Antes lloraba por las mañanas. Me despertaba con un nudo en la garganta; de hecho, me despertaba el nudo en la garganta. Una cosa casi fisiológica, un despertador triste. Me levantaba sin hacer ruido, todos en casa dormían, me iba al baño, me encerraba ahí y lloraba. Aprendí a llorar en silencio, lloraba callada. Todo el llanto se me quedaba en la cara, lloraba muda. Me miraba al espejo y veía ese rostro colorado, deformado, hinchado. No me reconocía en estas arrugas, en este pelo amarillento, en estas raíces que nunca tengo tiempo de aclarar. Esta no soy yo. Esta ya no es mi cara, este no es mi pelo, estas no son mis manos, estas caderas enormes no son mías. Y lloraba y sentía que la vida se me había terminado. Este bamboleo al caminar, buscando el equilibrio para repartir este peso, que no sé de dónde salió. Tres embarazos, me dice la gente. Y qué, digo yo, miren a esas modelos ultra flacas que tienen hijos todo el tiempo y salen divinas. Ellas no tienen mis caderas. En todo eso pensaba, y lloraba. Seguro que lloraba por otras cosas, pero no podía sentir eso. Lo que más me hacía llorar era pensar en que podía haber sido bailarina. Historia conocida, la de las que fracasamos. Tenía condiciones pero triunfar fue mucho trabajo para mí. Hay gente que puede, que se cree la del éxito y es exitosa, y estamos los que nos creemos la otra, la del fracaso, y fracasamos. Con los casi, con los sino hubiera sido por. No hay libro de autoayuda que te cambie la cabeza. Yo lo sé, los leí todos. Todos.

No puedo decir que esté enamorado de Laura. Estoy grande para esas cosas; grande y pasado. Empezó porque ella estaba ahí, así de fácil. Un hombre como yo no está en posición de elegir, menos después del ACV que me afectó todo el lado derecho y me dejó rengo, entre otras secuelas menos notorias. Si a eso le sumamos que soy tartamudo (de esos que tartamudean cuando se ponen nerviosos) podemos deducir que no soy la primer elección de nadie. Está bien, lo acepto, lo entiendo. Pero admitirme rechazable no me hace menos miserable, al contrario, ¿saben lo que se siente, ver mujeres hermosas, verlas pasar y mirarme con lástima, si me miran? ¿verlas cómo andan del brazo de tipos que caminan simétrico, mientras yo sudo para cruzar una calle con un poco de velocidad para que no me empiecen a tocar bocina? No, claro que no saben. Hasta tuve que aprender a hacerme la paja con la otra mano, porque la derecha, llegada determinada velocidad, se traba y me da un dolor que es como una tendinitis y me sacude hasta el cuello. En fin, una persona como yo no rechaza las oportunidades que se le presentan. Laura fue la oportunidad que se me presentó. No puedo decir que esté enamorado de ella, pero creo que a estas alturas es lo mismo.

Nunca se me hubiese ocurrido mirar a Daniel de esta manera. Nunca hubiera imaginado estar con un tipo así. No lo digo de mala, el tipo es rengo y tartamudo y no son datos que se puedan obviar al establecer una relación con base sexual. Pero fue lo que hubo, y yo estaba tan triste que no lo rechacé. No me olvido más de la noche en que mi nene más chiquito encontró una foto mía de cuando estaba en el ballet municipal. Es una foto preciosa, estoy sola, vestida de blanco, con tutú gris, en puntas de pie, el pelo bien tirante, la cabeza inclinada hacia abajo. Mi nene encontró la foto y me preguntó si era yo, y cuando le dije que sí me dijo “qué linda eras, mami”. Y me abrazó ¿pueden creer? A la mañana siguiente lloré tanto, tanto, que los chicos llegaron tarde al colegio y tuve que decir que estaba con conjuntivitis para no sacarme los lentes de sol en todo el día.

No soy muy conversador. Me gusta ir caminando con ella en silencio. Ella me espera, no se apura. La gente se pone ansiosa cuando camina conmigo. La mayoría trata de disimular, de que no se note, pero se los ve incómodos. Se salen de sí por caminar más rápido. Camina muy rápido la gente en esta ciudad. Por eso no me gusta caminar con gente, salvo con Laura. Ella tiene una forma, un andar lento, un modo de mecer las caderas esas enormes que se adapta a mi paso. Hay una cuadra por la que pasamos cuando vamos para casa, los jueves (siempre son los jueves), tiene un barcito chico, de mala muerte. Dentro siempre hay un viejo que escucha la radio y nunca hay nadie. Cada vez que pasamos por ahí tengo ganas de invitarla a tomar un café. Pero después no sé, no le digo. Sigo caminando, callado, ella también y me mira y nos sonreímos.

Nuestros días son los jueves. Le dije a Guillermo que los jueves voy a terapia. Está preocupado por mí, Guillermo. Creo que está preocupado por cómo puede afectarlo que yo no esté bien. Él sabe que lloraba por las mañanas, aunque nunca hablamos del tema. Así que se puso contento y no me hace problema. Y en realidad es una mentira a medias, porque estar con Daniel es una especie de terapia. Daniel me escucha. No sé si le importa lo que digo, pero cuando estoy con él, después, tengo ganas de hablar y él me abraza y me escucha y me acaricia el pelo y yo me siento bien. Me siento contenida. Y ya no lloro por las mañanas. No es que no esté triste, pero me despierto sin el nudo en la garganta. No es por el sexo. A veces ni siquiera hay sexo. Cuando tengo alguna cosa de los chicos o Guillermo no puede quedarse con ellos, tengo que suspender. Esos jueves Daniel me acompaña hasta la boca del subte, caminamos unas cuadras desde la oficina, y cuando pasamos por alguna cuadra más tranquila, me da la mano. Como si fuéramos adolescentes, entienden. Es cosa de él, lo de la mano. A mí me dan igual las demostraciones de afecto, pero se ve que a él le gusta, no pregunto mucho. Esas veces no hablamos demasiado, hacemos algún chisme del trabajo y después él se queda callado y yo también, y me mira y lo miro y nos sonreímos y no decimos nada. Es raro eso.

El otro día no podía dormir, y me puse a mirar televisión. Era tarde a la noche, serían las dos o tres de la mañana. Tengo insomnio a veces, sobre todo cuando se acercan determinadas fechas del año que me recuerdan cosas que no quiero recordar. Haciendo zapping pasé por un canal evangelista, a esa hora hay varios, se ve que creen que los que no podemos dormir andamos buscando algo en qué creer. Tal vez tengan razón, yo qué sé. No me gustan esos canales, los pastores me parecen unos delincuentes y unos estafadores. Pero justo, justo, el pastor estaba diciendo – gritando más bien – algo que me hizo pensar en Laura. No debes perder nunca la capacidad de maravillarte, decía. Claro que él hablaba de dios. Pero yo pensé en Laura, y me di cuenta de que su presencia me maravilla, que a veces la miro, así como es, así como otros no la mirarían dos veces y me invade la maravilla de saber que puedo abrazarla o besarla o cojerla. Pensé en el culo de Laura, pensé en un milagro. Me hice una paja zurda con ese culo y me dormí como un bebé.

Sé que lo de Daniel no es para siempre. Sé que un día alguno de los dos va a terminarlo, yo o él o las circunstancias, pero no me importa. No es posible más que esto entre él y yo, lo sabemos, creo, pero trato de no pensar por ahora. Así como trato de no pensar en qué pasaría si Guillermo se enterara. Me imagino situaciones posibles: Guillermo llorando, Guillermo enfurecido, Guillermo queriendo cagarlo a trompadas, Guillermo echándome de casa. La peor es la de Guillermo indiferente, o peor aún, aliviado. Esa también la imagino, y vuelven las ganas de llorar. Por eso trato de no pensar mucho en eso. A veces siento ganas de contarle, sobre todo cuando llega y me saluda sin mirarme. Yo era bailarina, así me conoció, le gustaba ir a verme bailar. Pero parece que no solo yo me olvidé. Para Daniel, en cambio, esta es la mejor versión que conoció de mí. Se siente un poco como ser bailarina, otra vez.

Me gusta su presencia porque es silenciosa, excepto cuando le da por hablar después del polvo. Entonces la abrazo, cierro los ojos y siento su piel tibia y pegajosa al lado mío. Era bailarina, Laura. Ahora lo único que le queda de eso es una costumbre que no sé si la nota: los pies, cuando está acostada, quedan en punta, una línea recta perfecta y elegante. Me la acerco al cuerpo como si tuviera frío, aunque no lo tengo, y me hundo en ella otra vez. Habla pausado, cansado, y no tengo que entenderla, solo escucharla. Me sumerjo en su voz, cierro los ojos, le acaricio el pelo, hasta que ella se suelta y me pide que baje a abrirle, que es hora de irse. Nunca me dice cosas como “me espera mi marido” o “tengo que hacer la comida de los chicos”. Se viste y se va. No me besa en la puerta de calle. Somos discretos. Después ceno algo liviano y me voy a la cama. No es amor, pero hubo un día que sentí algo parecido al amor, o a lo que recuerdo del amor. Ese día no sé qué pasó, se rió por algo que yo dije y su risa la volvió luminosa, hermosa. Me di cuenta de que ya no la miraba como si no valiera la pena verla más de una vez, y que quería poder mirarla así siempre. Quise decirle que la quiero, que quiero otros días con ella, días que no sean jueves. Quiero más que esto, pero me dio miedo y no me animé.

Me pregunto qué siente Daniel por mí. En qué piensa cuando me voy a casa y se queda solo, si se acuerda de que estuve ahí o si pasa a otra cosa y no le da mayor importancia al asunto. Igual, no quiero las respuestas. Las respuestas no me importan porque no cambian nada. Quiero sentirme bailarina y no llorar por las mañanas. Quiero que alguien me mire como me mira él a veces: le brillan los ojos. El otro día pensaba en eso, y me di cuenta de que es importante que te miren así. La vida no es lo mismo si alguien no te mira así. Esas miradas hacen que el fracaso parezca menos fracaso. Qué sé yo.

*el título de éste relato se lo debo a andrea pérez casas, quién generosamente me lo cedió en medio de una conversación sobre bueyes perdidos en la que creó esta conjunción de palabras que me gustó mucho.

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