mosca (las heridas).

Me arranco pellejos de las uñas de manera obsesiva compulsiva. Es un tic, un hábito inconsciente que no se va más. Se me forman padrastros ¿por qué será que los llaman padrastros? ¿será porque no pertenecen, por la dureza, por la necesidad de que salgan, se vayan, no estén? Debajo de la piel que se despega hay más piel, pero a veces la piel se termina y aparecen los tejidos. Ahí duele, me lastimo y sangra. A veces no para de sangrar y me aprieto el dedo y la sangre se junta, forma una gota que se oscurece a medida que crece, y ese rojo intenso es hermoso y brillante. Aprieto más, y la gota se rebalsa, la sangre se mete por las cutículas y cae y se acumula y se expande por las incontables líneas de la palma. Me miro la mano ensangrentada e imagino que maté a alguien o que alguien me mató. Para frenar la sangre en esos casos lo mejor es dejar correr agua fría y ver como se hace el coágulo y la capa de piel nueva, o meterse el dedo en la boca y saborear el hierro.

Es una costumbre desagradable pero no puedo evitar hacerlo en cualquier parte, en cualquier situación: cenas familiares, encuentros sociales, reuniones de trabajo (sobre todo reuniones de trabajo). Lo hago con otros dedos o con los dientes. Regular la fuerza de los dientes para el arranque de los pellejitos es un desafío: hay que cuidarse del tirón repentino que corte el disfrute prolongado. Muchas veces es conveniente no excederse y no sangrar, dejar el sangrado para cuando haya tiempo y soledad. Es preferible tirar despacio y sin demasiado ímpetu para lograr que la piel muerta salga y no arrastre piel viva. Para eso son mejores los dedos. Los dientes quedan para situaciones de emergencia: cuando la piel muerta salió pero no se desprendió con su sequedad de la viva, por ejemplo. Ahí es importante el corte, el filo de los dientes. Lo más divertido de todo es jugar con los padrastros de los dedos de una misma mano. Esto sólo es posible hacerlo con el pulgar, hacerlo entre los otros requiere una acrobacia y una soltura articular de falanges que no tengo. Rascar con delicadeza la piel levantada del pulgar con el índice debilita la dureza cadavérica de la costra que se forma y hace más fácil el arranque final. Es muy placentera al tacto la variación entre aspereza y suavidad, entre rugosidad y tersura.

Sé que resulta incómodo verme cuando lo hago, es como ver a alguien escupir mocos o eructar. Me han dicho que es un asco, que no queda bien, que me deforma los dedos, como si la belleza de las manos fuese más importante que el goce de la manía. Hasta me han dicho que por lastimarme así puedo generarme tumores. Trato de asustarme con esa imagen: todos los dedos inundados de bolas deformes plagadas de pellejos y uñas en alguna parte, entre las irregularidades. ¿Será verdad lo de los tumores? ¿esos tumores podrán convertirse en cáncer? ¿existe el cáncer de dedos? ¿se puede tener cáncer por arrancarse piel y hacerse sangrar? Cuando juego con los pellejos alrededor de las uñas soy como las moscas que se limpian las patas de atrás: vulnerable porque desatiendo el mundo. Me concentro tanto que pierdo de vista lo que pasa: dejo de ver, de escuchar, de oler. Es como un mantra, un fragmento del tiempo sin tiempo, lo más cercano al infinito. No estoy en mí, estoy en la sensación. Me hundo en una caverna en la que lo único que hay son dedos, uñas, piel, sangre y tejido, donde no hay frío, calor o gente. Soy mi parte animal, mi parte destructora, piel que muere, carne viva. Juego a degollarme un poco, a des-pellejarme. Lo hago porque sí. Si lo pensamos, todos tenemos heridas que no dejamos que cierren.

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