rojo.

Se miró al espejo y se lavó la cara. Vio su barba colorada y recordó que ya era más gris, y que los espejos mienten. Apuró el paso, lo habían llamado del bar porque hacía varios días que no iba, y el viejo le había cortado diciendo ‘no le puede hacer eso a la nena’. El asfalto estaba húmedo y no tardó en sentir las aureolas de sudor. Qué puto calor, pensó. El viejo estaba detrás de la barra, se escuchaba una cumbia a todo trapo y los de siempre se sentaban en las mesas de siempre sin prestarle atención, como siempre. Pasó por el costado y se metió detrás de la barra y cruzó una puerta y un pasillo y otra puerta a un patio con cuatro puertas más y abrió la tercera desde la izquierda. Adentro estaba la vieja mirando televisión en semipenumbras, tejía como si no hiciera un calor delirante allá afuera. La vieja no lo miró tampoco y él se sintió un fantasma, encerrado en ese ritual continuo de entradas y pasillos y puertas, y la cortina que corrió para ver a la nena en su cuarto de luces rojas. Se paró delante de ella, agachó la cabeza, rezó sin convicción, escuchando la televisión de fondo. Tocó el vidrio que los separaba, la nena era colorada como él, pero sin las canas. Lloró un poco. Después salió y le dejó cien pesos en cambio en el mostrador al viejo. Le prometió que le traería pronto lo del mes pasado, y lo saludó hasta mañana.

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