cómo funcionan todas las cosas.

Estoy tratando de entender de qué va todo. Y cuando digo todo, me refiero a TODO: el aire, la tierra, el fuego, el agua, la tormenta, la humedad, el universo, los microbios, las calculadoras, las bolsas de plástico, los ralladores, las lamparitas eléctricas, la madera, los nacimientos de potrillos, las branquias, los boles de cerámica, el amor, el odio, la libertad, los celos, la envidia, las computadoras, los celulares, las bicicletas, los autos y también las personas, claro, cómo no. No sé bien por qué lo hago ni a qué se debe que no pueda dejar de hacerlo. Un día me desperté y fue muy claro. Mi vida no tenía sentido entonces, mejor dicho: el sentido que le había dado hasta entonces era vano y caprichoso. Había tomado muchas decisiones a lo largo de muchos años. Y quería deshacerlas todas, porque ninguna – subrayen eso: NINGUNA – de las decisiones que tomé eran las decisiones que hubiera tomado si no hubiera estado cagado de miedo. Me refiero al miedo sustancial, el que está por debajo de las cosas que uno va armando para no verlo. Saben de qué hablo, ¿no? del miedo a la falta: la falta de sentido, la falta de cordura, la falta de coherencia, la sensación de que en algún lado del cerebro hay algo así como un cable, un switch, un botón, algo, que mantiene todo en sus cabales, en las vías correctas de funcionamiento. Algo que permite que la gente diga de vos ‘pero qué buen tipo es fulano: qué buen esposo, padre, empleado, ciudadano’. Y ese cable, botón, o lo que sea, está siempre encendido, y todo se mantiene en un equilibrio enfermizo en el cual por dentro podés estar cagado de miedo pero nadie lo nota. Nadie se percata porque todos están igual y es preferible no ver en los demás lo que uno trata de ocultar con tanta desesperación. No es que el miedo esté tan bien escondido, es que todos conspiramos para hacer como que no está ahí. Cumplimos con rutinas y con hábitos, hacemos algo – comprar, crear – que nos distraiga. Todos somos expertos en técnicas de evasión cuando se trata de tapar el miedo. El miedo nos guía, no la ambición o el deseo. Sólo queremos llegar lo más lejos que podamos, como si estuviéramos en una carrera contra la muerte, como en esa película. La metáfora es estúpida, y es mentirosa. No hay tal carrera. La muerte no nos tiene que alcanzar porque ya nos fichó, no podemos huir. La muerte es la meta, la carrera no es contra sino hacia. Nada tiene sentido, salvo que morimos porque todo lo que es deja de ser. Y esa, mis amigos, es la única verdad absoluta. Yo lo sabía bien, como lo sabemos todos. Pero esa mañana, me desperté y lo supe de otra manera, lo supe en la sangre y en las tripas y en la garganta y en los ojos y en la piel y en las manos y en el corazón. Como si esa certeza hubiera estado reposando en el cerebro, dejándome construir la farsa, y de repente hubiera decidido que ya fue suficiente, que era hora de hacer algo. Como cuando te enterás de que no existe papa noel, o los reyes, o dios. Cuando te lo dicen, vos sabés que ya lo sabías y darías cualquier cosa por volver unos minutos al pasado, cuando todavía nadie te había puesto enfrente esa información que no querías admitir. Querés volver atrás pero no se puede. Y te cambia todo y empezás a dudar de todo. Bueno, algo similar me pasó esa mañana. No se confundan, no hablo de ver abismo, o la nada, o lo inefable: hablo de ver el absurdo, en toda su plenitud. Lo vi en mí, en esa mujer al lado mío, en esos chicos que me miraban desde el marco de la puerta esperando que los vistiéramos y los alimentáramos, esos chicos con cuya existencia yo tengo tanto que ver y sin embargo están lejos mío y no me conocen y no me conocerán nunca. Nos vi a mí y a ellos y vi cebras y vi búfalos y vi conejos y vi patos y vi palomas y vi manadas que todos los días hacen lo mismo: despiertan, comen, beben, cagan, buscan provisiones, dormitan, despiertan, son presa o se salvan de serlo, se duermen y se vuelven a despertar y así. Y vi a mi mujer elegir colores de ropa y a los chicos pedir tal o cual cosa y escuché que ella me preguntaba qué íbamos a hacer para las fiestas porque su madre necesitaba reservar la carne para el asado y a mis hijos que protestaban porque querían ir a la playa para navidad. Absurdos, ridículos, infinitamente pequeños. Nos vi como desde arriba pero desde adentro a la vez. No sé si alguna vez sintieron eso, es una sensación muy confusa y vertiginosa. Ese día no fui a trabajar y los siguientes tampoco. Comprenderán que ante semejante visión, ante una revelación tal, trabajar era directamente delirante. Mi mujer no opinó lo mismo y no logré que entendiera que no me interesaba lo que pensara. Que sus planteos, sus reproches, sus reclamos, sus llantos, sus ruegos, sus gritos, sus amenazas, nada de eso tenía lugar en este yo arrepentido de todo, entregado al miedo y a la visión nueva que me había tomado todo el cuerpo. Traté de explicarle que lo que me planteaba era ajeno a mí. Estaba vacío y ya no me llenaría nunca más. Las cosas de antes ya no andaban.  Cualquier mentira que me hubiera dicho para seguir adelante ya no funcionaba. Yo no era ese nombre y esa identidad, tenía alguien metido dentro, que era otro pero era mío. Temí haber enloquecido, pero estaba en perfecta conexión con lo que pasaba, podía desarrollar mis argumentos y mis motivaciones sin problema. Yo me sentía yo, por qué iba a pensar que se trataba de locura, o de eso que veía en las caras de los que me querían convencer de que estaba sufriendo algún tipo de psicosis. Tuve que ocuparme de explicárselo a todos: no sólo a mi mujer, también a los médicos a los que me obligó a ir, a mis padres, a mis hijos, a mis amigos. Ninguno entendió, y logré algo impensado (no por impredecible sino porque no me había detenido a pensarlo): empezaron a tenerme miedo a mí. Me miraban con esa mezcla de temor y pena con la que se mira a alguien que no está completamente alineado con la lógica social. Me empecé a quedar solo, los que me rodeaban se alejaron, y no puedo juzgarlos, porque no es fácil vivir así. Cuando te vacías como me vacié yo, necesitás volver a llenarte, y el cómo no lo elegís, aparece. Supongo que si me agarrara un psicólogo diría que es un mecanismo de defensa, una estrategia para no desapegarme del todo de la realidad. ¿Con qué te llenás si todo es absurdo? Sólo había una cosa que ocupaba todo mi tiempo: las preguntas. Los qué, por qué, cuándo, cómo. Necesito entender qué son las cosas, por qué son así, cómo fue que fueron, cuándo se podía haber evitado el absurdo, si se podía haber evitado. Es lo que pasa cuando los significados se pierden, hay una cosa (otro botón, pongamos), que empieza a querer llenar. Lo único que quedó fue hacer las preguntas. Y me convertí en el miedo. Soy miedo porque lo provoco en los otros, los que me ven y no quieren verme y no quieren hablar demasiado conmigo porque traté de demoler lo que les impide ver lo que yo vi y ahora no puedo parar de ver en ningún lado en ningún momento. Me convertí en duda, y nada produce más miedo que dudar. Al principio las preguntas fueron grandes y ampulosas: qué es el amor, qué es la vida, cuáles son los principios morales que vale la pena cumplir y cuáles no, qué es la miseria. Pero luego empecé a meterme con todas las cosas: qué forma tiene el fuego, cuál es el verdadero sabor del agua, qué es el verde, cómo mira un perro, de qué color es el viento, por qué no puedo atravesar una pared con desearlo, a qué huele la libertad, cuánto espacio ocuparía la energía de una pila doble A si la pudiera soltar en una habitación cerrada. Las preguntas son miles y las respuestas son complejas e inasibles. Eso es lo que ocupa la mayor parte de mi día, ver las preguntas en cada segundo, en cada centímetro. Cada segundo y cada centímetro generan infinitas preguntas. Y las preguntas generan más preguntas y así. No, no estoy loco. Entiendo perfectamente que nunca podré saber de qué va todo. Sé que jamás llegaré a entender. Pero solo puedo preguntarme y preguntarme, mientras camino, como, me baño, trabajo, educo a mis hijos, le juro a mi mujer que ya estoy bien y que ya se me pasó, aunque veo en sus ojos que ella sabe que le miento, lo sabe pero no dice nada, y vamos así, haciendo de cuenta, mientras yo me pregunto cómo es posible que podamos vivir en tanta mentira.

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