gatita sexy.

Sebastián saca un paquete de pañuelos de papel de la pila y lo abre. Podría anotarlo para que se lo descuenten del sueldo, pero para qué, si el inventario lo hace él, basta con poner uno menos y que se arreglen para saber dónde está la diferencia. Se seca la frente y la papada y resopla. Suda mucho. Es de mañana y el aire denso anuncia otro día insoportable. Los lamparones en las axilas despiden un olor que ni él soporta, así que se va al bañito del fondo del maxikiosco y se saca la remera, se lava los sobacos y se pone desodorante. Sebastián odia su trabajo y su vida. Tengo veintisiete años, podría hacer la gran Kurt Cobain y pegarme un tiro, así termino con todo, aunque su muerte no afectaría a nadie. Bueno, su mamá lloraría, pero le quedan dos hijos más y Sebastián sabe que de los tres, es el que menos extrañaría. ‘Si fueras más como tus hermanos’ es una frase que ha escuchado demasiadas veces como para tener otra expectativa. Además, le da miedo matarse. Solo pensar en ponerse una pistola en la boca (que por otra parte debería comprar y no tiene un mango), lo hace transpirar de nuevo, así que abre la canilla y vuelve a mojarse los sobacos y a echarse desodorante. Tengo que hablar con don Osvaldo, no me puede tener así, sin aire acondicionado. Con un aire acondicionado Sebastián se sentiría menos infeliz. Escucha unos pasos en el local y se pone la remera. Resopla y sale. Frente al mostrador hay una vieja de unos ochenta años. Odia a las viejas. Cualquier compra que haga una vieja está marcada por dos características: lentitud e indecisión. Que dame esto, que no, que es muy caro, que mejor dame aquello, que no, que sí, que aquello qué es, que las figuritas para los nietos y no me acuerdo el nombre, son unas de unos dibujitos que dan en canal nueve a la mañana, hay un bicho que no sé bien qué es, ¿sale cuánto?, es mucho, este país y mi jubilación y a vos te parece. Y después pagar. Todas traen monederos en los cuales parece que la plata se les pierde y tardan tres minutos o más en buscar monedas y moneditas y a ver si tengo justo. Y a veces se les caen las monedas entre los alfajores y las barras de cereal y hay que encontrarlas, porque empiezan a revolver todo, se creen que uno está para acomodar lo que ellas desacomodan. Las viejas están definitivamente en el top tres de clientes infumables, junto con los padres separados que llevan a los hijos malcriados a comprar dulces para sentirse menos culpables, pendejos de mierda que dan vuelta el kiosco y comprame comprame comprame y quiero esto y lloran y moquean y tocan las cosas con sus manos sucias de mocos y saliva y mugre y los padres son siempre imbéciles y uno se pregunta para qué se reproducen si no saben qué hacer con esos animalitos desquiciados, abusivos y nerviosos.

Esta vieja no toca nada, mira todo sin tocar y está esperando. Tiene una joroba, está encorvada, tiene los brazos cruzados y sostiene una carterita de esas que se compran en los chinos de todo por dos pesos, con arabescos y colores chillones. Y saco, tiene saco. Deben estar haciendo treinta grados de térmica, son las nueve de la mañana y la vieja tiene saco. Qué rancio todo. Qué rancio.

–         Qué le doy, señora.

–         Ah, hola muchacho. Estoy buscando a Sebas666.

–         Soy yo.

Se arrepiente enseguida, pero la vieja no le da tiempo a elucubrar arrepentimientos ni teorías. Le extiende una mano temblorosa.

–         Al fin te conozco.

Sebastián no sabe si darle la mano. No le gusta tocar gente, menos con este calor.

–         Soy Gatita Sexy.

De golpe la temperatura sube para Sebastián, se siente mareado. No es posible, no puede ser. Se ríe.

–         Sí, claro. Jejeje.

La mujer lo mira, todavía le cuelga la mano en el aire, la mano que Sebastián sabe que no va a estrechar así que ya la puede ir bajando, pero no la baja, y el sudor en la frente de Sebastián se transforma en gotones que llegan hasta la ceja y se deslizan entre los pelos y se van para los costados y le pican.

–         Soy yo, Sebas666. De verdad. Soy tu gatita preferida. Eso dijiste ayer, ¿o no? Y que me querías conocer. Bueno, acá estoy. Soy yo. Vine. No sabés lo feliz que me pone verte, al fin.

–         No, señora, usted me confunde con otra persona, creo. Yo, yo no la conozco a usted y

–         No me conocías, y yo tampoco a vos, pero no me digas que no es como si nos conociéramos, tanto tiempo hablando, compartiendo, haciéndonos, bueno, cositas. Jijiji.

A Sebastián le flaquean las piernas. Nota que al costado de la boca la vieja tiene un lunar del que salen tres pelos ralos y gruesos, de color gris. Un lunar al lado de la boca. Se sienta en el banquito de atrás del mostrador. Me hice pajas con esta vieja. ME HICE TREMENDAS PAJAS HABLANDO CON ESTA VIEJA DE OCHENTA AÑOS. Sin que pueda evitarlo le viene a la cabeza la imagen que vio en Internet una vez, cuando buscó prolapso para saber qué era: una concha oscura, canosa, abierta, por la cual asomaba una cosa rojiza, rosacea, y esa cosa era el útero. Siente nauseas. La vieja, que parece no darse cuenta de nada, sigue hablando como si tal cosa.

–          Pensaba que podíamos ir a cenar esta noche. Algo livianito, con este calor. Conozco un restorán muy lindo por acá cerca, ¿a qué hora salís? Y después bueno, podemos ver. Yo vivo sola, en una casita al fondo de la casa de mis nietos, a unas veinte cuadras de acá.

Pajas. Me hice pajas. Sebastián no puede parar de pensar en las interminables conversaciones y en que claro, ella nunca le mandó una sola foto. Y en el prolapso, la imagen de la concha abierta con el útero saliéndose le empieza a dar nauseas.

–         ¿Qué decís? Invito yo, no hay problema.

Gatita Sexy lo mira ansiosa. Mueve ligeramente las manos sobre los brazos cruzados. De adentro de la cartera se escucha un tintineo, llaves, monedas, quién sabe.

–         Mirá, Gatita… primero decime tu nombre de verdad.

–         Ah: Margarita.

–         Mirá, Margarita.

–         Marga.

–         Marga… – le sonríe y piensa que se quiere morir y que nunca más va a chatear con nadie sin comprobar que tenga una edad adecuada, o que no le falte un brazo o una pierna, o que sea mujer – Marga, te agradezco que hayas venido hasta acá, de verdad. es… es muy lindo conocernos al fin. Pero Marga, creo que… yo no pensaba que… bueno, es que esta noche no puedo.

–         Ah. ¿Y mañana?

La puta madre que lo parió. Necesita que pase algo, que algo distraiga esta conversación. Le da pena la pobre vieja. Ojalá se quedara dura acá, así no tengo que contestarle. Junta coraje, mejor ser sincero.

–         No Marga, tampoco. Me parece que hubo un error, yo no te entendí cuando me dijiste qué edad tenías y…

–         Pero es que no hablamos de la edad. Dijimos que todo eso no importaba, ¿te acordás?

–         No.

No, no se acuerda. A veces habla con hasta seis personas a la vez, y nunca retiene lo que habla. No es importante, lo importante en esos momentos es la paja y después a dormir.

–         Marga, gracias por la visita pero creo que lo nuestro no va a funcionar.

A la mujer se le abren los ojos. Se balancea sobre los pies, dentro de su bolsito chino tintinean los objetos.

–         Yo no busco nada serio, Marga, solamente buscaba – pajas, piensa y se estremece. – pasar un rato, no sé.

–         Pero hablamos de conocernos, el lunes pasado vos dijiste…

–         Ya sé lo que dije – no sabía, pero qué importa. El calor y la vergüenza y la humillación y el hartazgo, sobre todo el hartazgo, se concentran en este momento, en esta mujer que entendió todo mal y que no parece querer entender. – pero son fantasías, nada más.

A la vieja se le llenan los ojos de lágrimas, justo en el momento en que un cliente entra al local. Es alto, muy alto, parece un oso, peludo y ancho de espaldas. Un oso con las sienes rapadas, musculosa blanca, bermudas militares y ojotas. Tiene los brazos tatuados de arriba abajo, de un lado, una virgen de esas mejicanas, rodeada de flores y calaveras. Del otro, nombres, también rodeados de flores: Mamá, Karina, Coqui. Mira a la vieja y mira a Sebastián. Se le transforma la cara. Cuando habla, tiene voz de cantante de banda de metal pesado: rasposa, áspera, profunda, y enojada.

–         Abu, ¿qué te pasa?

¿Abu? De repente Sebastián tiene mucho miedo. Se encoge detrás del mostrador. Se olvida del calor y de la humillación y mide al nieto de Gatita Sexy, sabiendo que cualquier intento por ganar una pelea con ese tipo es inútil. Me van a cagar a palos, me van a romper el local, me voy a quedar sin laburo. La sucesión de los días venideros se acumula en imágenes sangrientas y desgraciadas que incluyen fracturas expuestas, heridas abiertas y deudas impagas. Eso, o me cojo a la vieja.

–         Nada mi amor. Este es Sebas666.

El mono le extiende una mano peluda. Su mirada es desconfiada y terrible y Sebastián siente que se le contraen los huevos. Sebastián se limpia el sudor de la mano en la remera y le da la mano, que el otro sostiene un poco más de lo necesario y sacude con un poco más de fuerza que la necesaria, mientras no deja de mirarlo fijo. De golpe ve todo lo que está sucediendo como si fuera un documental de Animal Planet: ‘El macho dominante olfatea al macho débil, lo estudia y luego, cuando se da cuenta de que no representa ningún peligro, le permite entrar a la manada. El macho beta agacha la cabeza en señal de sumisión’.

–         ¿Qué onda loco? ¿Le estás diciendo algo que no le gusta a mi abu?

–         No, no. Bueno, no, le estaba explicando que estoy complicado para cenar y que por ahí hubo una confusión, que yo no estoy buscando nada serio porque bueno, yo no soy

–         ABU, ANDÁ AL COCHE.

Esto lo dice sin mirar a la mujer.

–         Pero no, Pablito…

–         ANDÁ AL COCHE ABU TE ESTOY DICIENDO.

Gatita Sexy mira a Sebastián y él se da cuenta de que lo mira con lástima. Me va a matar este chabón. Piensa en pedirle que se quede y en aceptar la cena, y después escaparse, desaparecer de todas partes, cambiarse el nombre y empezar de cero en algún otro barrio, provincia, país.

–         Bueno, Sebastián, igual es lindo haberte conocido.

No te vayas, no me dejes con éste. Pero está mudo. Ella sale del kiosco mirando hacia atrás de a ratos. ‘Pablito’ espera que ella se vaya para volver la vista a Sebastián.

–         Loco, ¿vos sabés quién es mi abuela?

–         Eh, no, o sea, sí, porque bueno, yo chatee con ella, no sé si te cont

–         Sí, me contó. Pero ¿sabés quién es mi abuela?

–         Eh, no sé.

–         Mi abuela era modelo. Era una modelo que estaba buenísima en los cincuenta. Fue modelo para televisión, para un jabón de tocador que ya no existe más.

El mono se lleva una mano al bolsillo y Sebastián no puede evitar pensar tiene una navaja, me capa, me la corta y en el acero frío tocando la piel pero se equivoca, porque no saca una navaja ni nada parecido, saca un recorte de revista metido dentro de papel celofán. En el recorte se puede ver la foto blanco y negro de una mujer muy hermosa y muy arreglada, con el pelo inflado al estilo de los años cincuenta, posando, mirando hacia arriba, sonriendo, unos dientes perfectos, y el lunar al lado de la boca, sin pelos grises saliendo de él.

–         Sí, eh… es muy linda. Te felicito, pero – se aclara la garganta – estamos de acuerdo que ahora es otra cosa, digo, eso fue hace como sesenta años y bueno, ¿no?, je, o sea, jeje.

Le tiembla la voz a la mitad porque Pablito frunció el entrecejo. Se da cuenta de que tiene la remera empapada de transpiración, no puede más.

–         Loco, mi abuela está enamorada de vos.

Sebastián cede a la tensión. No quiere, pero no lo controla. Empieza a llorar como si tuviera diez años y estuviera a la salida del colegio y lo hubieran rodeado los de sexto grado y no tuviera escapatoria.

–         Perdoname, por favor, Pablo. Te llamás Pablo, ¿no? – los sollozos le entrecortan la voz – pero, pero, no puedo, yo no puedo cojdigo, hacer el amor con tu abuela porque no se me va a parar, loco, no puedo, perdoname, no me pegues, por favor.

El por favor es puro llanto. El mono lo mira con algo que ya no es sólo enojo, también hay pena.

–         Bueno. Listo. Dame 300 pesos y yo le explico.

Sebastián para de llorar y lo mira. El otro no dice nada. Se suena los dedos de la mano.

–         ¿300 pesos?

–         300 pesos.

–         Yo no…

–         300 pesos.

–         Es que no tengo.

–         Escuchame, hijo de puta. Le hiciste creer a mi abuela que estabas enamorado de ella. Le hiciste el verso. A MI ABUELA. Ahora no te dan los huevos para hacerte cargo. Vos me das 300 pesos y yo la llevo a comer, le regalo algo, le digo que sos un forro de mierda. Es eso o salís con ella, o bueno…

Se vuelve a sonar los dedos. Fracturas expuestas, heridas, deudas impagas. Sebastián abre la caja, saca 300 pesos y se los da. El mono se guarda la plata y revuelve el mostrador.

–         Me llevo dos, no, cuatro alfajores. No, mejor seis.

–         Sí. Bueno.

–         La próxima vez no te va a salir tan barato. Forro.

Sale del kiosco. Sebastián agarra un paquete de pañuelos de papel de la pila, lo abre y se seca la cara mojada de sudor y lágrimas.

*****

–         ¿Y?

–         Todo bien. ¿Ahora?

–         A ver… tengo a CampeóndelSexo, MorochoCaliente y BosteroCapo.

–         Vamos con BosteroCapo, ¿te parece abu?

–         Sí, m’hijito, me parece bien.

–         Tomá, comete un alfajor.

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