todos deberían poder comprarse una guitarra.

Tuvo su primer guitarra a los treinta. Pensó en tener su primer guitarra cinco días antes de tenerla. Hasta ese momento, no se le había ocurrido. Nunca había deseado tocar la guitarra antes de los treinta. Alguna vez se le dio por agarrar la guitarra de alguno de sus novios y hacer algo, algún chingui chingui que no salió y que no le interesó que saliera. Ellos – los novios – intentaron enseñarle, pero no hubo caso. No era para ella.

Un domingo a la tarde, a los treinta, se puso a ver una película. Era junio, lo sabe porque cinco días después se compró la primer guitarra: es uno de esos recuerdos que sólo podrá llevarse el Alzheimer que la espera. La película era Once (Una vez): un guitarrista callejero irlandés recién separado conoce a una inmigrante rumana que trabaja de empleada por horas para mantenerse a sí misma, a su madre y a su hija, y es una pianista de la sanconcha. Tienen un romance breve, platónico, que dura algo así como una semana, el tiempo que tardan en grabar un demo, conocerse y saber que se aman pero que no va a poder ser, porque los dos tienen el corazón roto. El romance, entonces, sucede a través de la música, que es hermosa y triste y serena y perfecta para esa historia. En una escena él chico lleva a la chica a una especie de reunión en una casa, donde un grupo de irlandeses, la mayoría viejos, están sentados alrededor de una mesa, con una luz amarillenta. Es invierno, hace frío. Delante de cada uno hay un vaso de alcohol. Nadie se mira, todos miran para abajo, y alrededor de ellos un violinista va de aquí para allá tocando. No hace falta explicar qué tipo de música hace el violinista, porque la escena no da para una polka. Los irlandeses cantan. De a uno, de a dos, con sus voces irlandesas, con voces un poco pastosas por el alcohol y muy cansadas. Y cantan esas canciones irlandesas que parece que siempre hablan del verde y de la lluvia y de los muertos. La escena es por la mitad de la película: ésa fue la primera vez que pensó en tocar una guitarra. Irlandeses tristes cantando = quiero tocar la guitarra. Ahora bien: como en todas las revelaciones que vienen de esa manera (le gusta llamarlas epifanías, aunque tal vez el nombre quede grande), tal vez no haya una lógica entre ambas cosas, pero la relación parece, sin dudas, ineludible. Fue como si se le hubiera abierto algo adentro, en la parte de pensar o de sentir, no sabe bien. Una conexión neuronal adecuada, desencadenada.

El sábado siguiente la compró: una criolla barata, para principiantes. Empezó a practicar acordes abiertos (los primeros que aprenden los autodidactas). Su mano derecha tuvo que entender que había ritmo y compases, y su mano izquierda tuvo que entender cómo ubicarse para lograr una nota concreta. Fue una de las cosas más difíciles que tuvo que aprender. La constancia nunca fue lo suyo, pero de golpe se pasaba horas tratando de armar un Sol, un Re y un Do. Todos los días. Le dolían los dedos y se le empezaron a formar callos en las yemas; no podía parar de mirarlos o tocarlos. Gracias Bob Dylan: cuatro acordes fáciles y ahí estaba ella, una semana después – ella que dos domingos atrás ponía una película para ver si se le pasaba el aburrimiento – tocando la guitarra como podía y cantando Knockin’ on heaven’s door. Recién al año y pico pudo hacer una cejilla aceptable. De ese año y pico, se pasó por lo menos tres meses sacando el punteo de Blackbird, que jamás salió bien, pero salió. En ese año y pico de práctica constante, de darle todos los días, le quedó en claro que nunca lo haría bien del todo.

Llegué con la guitarra hasta donde me dio la voluntad, pero no me volví buena nunca. No pude salir del chingui chingui ejecutado con mediana decencia. Carezco del talento, la disciplina, el tiempo, la capacidad, llamémoslo como quieran. Hoy la guitarra me saluda cada vez que llego a casa, y yo a veces le devuelvo el saludo y la rozo, y suena, y es tan lindo hacerla sonar, y a veces escucho una canción que me gusta, y la toco y cada vez es placentero, aunque no suene de puta madre. Nuestro romance inicial se transformó en una amistad sin reclamos ni exigencias, sólida y duradera. Después de ese año y pico, no volví a tocar la guitarra todos los días: estaba haciendo otra cosa. Por esa época y tras mucho, muchísimo tiempo, volví a escribir. Y tal vez no haya una lógica entre ambas cosas, pero la relación parece, sin dudas, ineludible.

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