el extraño caso del gato que mueve el brazo así.

Esta historia no la viví, me la contaron. Llegó a mí por un viejo que estaba sentado en la puerta de un rancho en una ruta que ya no recuerdo si era al norte o al sur (hay tantas rutas y tantos viejos que uno no puede retenerlos a todos). Sí recuerdo un auto cuyo motor no quiso más y una espera. Y durante la espera, la historia. Quién sabe si el viejo mentía o decía la verdad, pero me juró por la poca vida que le quedaba que él lo había visto con sus propios ojos. El mundo está lleno de energías desconocidas y cosas inexplicables, algunos las llaman dios y milagros, otros nos quedamos con la duda y la esperanza de que alguna vez las respuestas lleguen a través de la ciencia y el conocimiento. Voy a tratar de repetir la historia como él me la contó, porque las palabras son importantes, y no hay nada que pueda evitar la traición que estoy por cometer al intentar repetirlas, pero al menos puedo intentar ser fiel a mi  memoria, cada vez más frágil:

‘Uy. Fue hace más o menos doce años, vea. Yo todavía podía andar con mediana ligereza, no como ahora que apenas me sostienen las patas y tengo que andar inclinado porque la espalda no me resiste derecha. En aquella época todavía estaba el pueblo acá a unos kilómetros nomás. El pueblo donde nací y me crié, el nombre no importa porque ya no existe y a las cosas que no existen a veces es mejor olvidárselas, vio. Usted no sabe porque es joven, pero ya va a ver, ya va a ver… en el pueblo lo único que había era un ramos generales que era almacén, bar y locutorio. No necesitábamos mucho más, éramos gente tranquila y sin mayores problemas. En el almacén nos juntábamos, era el lugar donde se cruzaban los pibes más chicos y los más grandecitos, que venían a charlarles a las mocosas que se ponían a tomar helado en la puerta. También los viejos y los no tan viejos nos juntábamos ahí. Cuestión que nunca había menos de cinco o diez personas rondando. Todos los meses llegaba un camión que traía una caja. En la caja estaba lo que el dueño del almacén, don Oconor, encargaba dos meses antes a Buenos Aires. Era bisnieto de escoceses, don Oconor, de esos inmigrantes que llegaron a los lugares cuando todavía no había nada y se plantaron y construyeron algo y se murieron ahí lejos de donde nacieron. Esos días, cuando llegaba la caja el almacén se llenaba, éramos sesenta o setenta esperando alguna cosita, una herramienta, una tela, un juguete, uno de esos devedés o como se llamen las cosas que miran los pibes. Así que se hizo toda la repartija y en el fondo quedó un paquete que no era de nadie. Don Oconor lo miró, lo sacudió, y al final lo abrió. Era un gato de esos que mueven el brazo así*. El gato era rojo oscuro y cuando nadie saltó a decir que era suyo, don Oconor decidió que se lo iba a quedar. La caja, que estaba en inglés, decía algo así como prosperidad y buena fortuna en los negocios, así que don Oconor pensó que si no era de nadie, lo iba a poner en el mostrador, para que le trajera suerte. No era supersticioso ni creía en la suerte, don Oconor, lo sé porque lo conocía mucho yo, pero tampoco era de esa gente que dejaba pasar una buena oportunidad de prosperar en la vida, así fuera un gato de plástico. La cosa arrancó ya al día siguiente. Estábamos ahí en el almacén, pasando la tarde, cuando de golpe se escuchó una voz de mujer:

 No debemos de pensar que todo es diferente,
ni momentos como este quedan en mi mente,
no se piensa en el verano cuando cae la nieve,
deja q pase un momento y volveremos a querernos.

Al principio pensamos que era uno de los pibes que andaban escuchando cumbia. Todos conocíamos a Gilda, la cantante de cumbia, ¿ubica? Bueno, el santuario no está lejos de acá y los pibes y sobre todo las pibas eran bastante fanáticos. La ponían en los bailes y en las fiestas. La verdad que yo estaba bastante podrido de la Gilda esa. Antes de que pudiéramos ver de dónde venía, la voz se calló. Bué, seguimos ahí, creo que era casi al final de un campeonato peleado y estábamos conversando acerca de quién iba a terminar ganando. Justo yo iba a explicar porque no creía que fuera para Racing cuando me corta Gilda, de nuevo:

por que tengo el corazon valiente ,
voy a quererte , voy a quererte
por que tengo el corazon valiente,
prefiero amarte despues perderte.

 “A ver quién es el pelotudo que está jodiendo”, grité, bien alto para que me escucharan los pibes afuera. Nadie saltó. Uno de ellos, el hijo de la sobrina de un primo mío, al final juntó coraje y me contestó: nosotros no somos. Le iba a contestar que a mí no me tomaran el pelo, pero no pude porque se oyó clarito

y no me importa nada
porque no quiero nada
y aprenderé como duele el alma con un adiós.

Ahí nos dimos cuenta. Como todos estaban callados, pudimos oír con claridad que la voz de mujer – la voz de la mismísima Gilda – salía del gato de plástico. ¿Tiene pilas eso? preguntó uno. Don Oconor se encogió de hombros. Él no se las había puesto, de hecho, el gato todavía no había hecho lo que hacen esos gatos, que es mover el brazo. Debe estar roto, dijo Oconor, y cuando lo iba a tocar ZAS, el gato empezó a mover el brazo solo. No le voy a mentir, me julepié un poco. Qué importaba que fuera un gato de plástico de quince centímetros de alto. Uno se caga en las patas cuando se encuentra ante algo que no puede estar pasando pero está pasando. Y no fui yo solo, Oconor pegó un gritito agudo que hizo reír a uno de los pibes afuera. ¿Qué mierda? dijo Oconor, y se pasó la cabeza por la calva; como hace alguna gente cuando no entiende bien qué pasa, ¿vio?. Se acercó al gato de nuevo justo cuando se escuchó

 YO SOY GILDA.

Volvió a retroceder, pero menos, más por instinto que por susto. Agarró al gato y le miró la parte de abajo. Qué quiere que le diga, era raro que un gato de esos cantara Gilda, pero uno no sabe con que van a salir los que hacen las cosas y por ahí había modelos que venían con canciones de cantantes conocidos. Capaz alguno le había puesto pilas y… pero no. No había pilas. Oconor lo puso de nuevo en el mostrador y todos nos quedamos mirándolo al gato. Todos callados. Lo único que se oía era el ruido del brazo de plástico del gato que subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba. De golpe salió una voz de hombre del gato y dijo

La mariposa revolotea
como si desesperara
en este mundo.

Qué quiere que le diga,  me flaquearon las piernas y creo que me oriné un poco encima. No terminó de decir eso y de nuevo YO SOY GILDA, con la voz de Gilda. ¡El revuelo que se armó! Algunos empezaron a decir que se tenían que ir y salieron rajando, otros gritaban que era un milagro, otros que era el diablo. Un par de evangelistas se arrodillaron frente al gato de plástico y abrieron los brazos, los pibes cantaban canciones de Gilda, un nene se puso a llorar y otros estábamos mudos y duros. Oconor trataba de tranquilizarlos a todos y decía que tenía que haber una explicación y mientras tanto el gato de plástico movía el brazo y

No me arrepiento de este amor
aunque me cueste el corazon
amar es un milagro y yo te ame
como nunca jamas lo imagine

YO SOY GILDA.

O salía la voz del tipo:

Vente a jugar conmigo,
gorrión sin padres. 

Se imagina lo que tardamos en ir a buscar al cura. ¡Disparados como cuetes salimos! El cura del pueblo era un viejo un poco ciego, un poco rengo, que se quedaba dormido en misa y que cuando tomaba de más gritaba que venía la Apocalipsis y que nos teníamos que arrepentir de nuestros pecados. Cuando llegó, el almacén era un quilombo. Estaba todo el pueblo ahí. Unos estaban de rodillas y rezaban el rosario, sobre todo las dos viejas solteronas que vivían juntas en una casa al final de la única calle asfaltada. Otros habían llevado pósters de Gilda y los dejaban en la entrada, junto con flores cortadas de los jardines, dibujos, cartas y osos de peluche. Oconor gritaba que basta, que no fueran pelotudos, que se fueran todos a sus casas, pero nadie lo escuchaba. Uno no paraba de persignarse y gritaba posesión posesión. Cuando llegó el cura lo rodearon todos, casi no lo dejan entrar al almacén, tuvimos que abrirle paso con Oconor y Hernández, el mecánico. Algo le habían dicho al cura, pero todo chapuceado y a borbotones, vio cuando la gente habla muy rápido porque está nerviosa y no se la entiende, bueno, así. Si a eso le suma que el cura no era muy despierto, el tipo había entendido que había un gato mortal que cantaba en chino, y había venido munido de la pala que usaban para cavar las tumbas atrás de la iglesia. DÓNDE ESTÁ EL BICHO, DÓNDE ESTÁ EL BICHO, gritaba el viejo, y sacudía la pala de acá para allá. Le digo, si hubiera habido un gato vivo, el viejo perdía la pelea, porque era un desastre con esa pala, con la ceguera no le atinaba a nada y rompió dos frascos y una lámpara. Intentamos explicarle pero no hizo falta porque

Tiendo a arrancarme de tu piel
de tu recuerdo de tu ayer
yo siento que la vida se nos va
y que el día de hoy no volverá.

Cuando le dijimos que el gato no tenía pilas, se puso blanco como un dinamarqués (una vez vinieron unos dinamarqueses al pueblo, estaban haciendo un documental sobre Argentina y se quedaron sin nafta y justo no había en la estación de servicio y bueno, se quedaron un par de días a esperar. Eran tan pero tan blancos que desde entonces decimos blanco como un dinamarqués cuando alguien se pone muy pálido). No se había recuperado del sorete el cura, y escuchó al gato poner voz de hombre y decir Tampoco yo he encontrado un hogar. Tarde de otoño. El cura pidió una silla y un vasito de vino. Mientras el gato seguía alternando Gilda con la voz de hombre diciendo esas cosas sin sentido, se tomó cuatro vasos de vino y nos dijo que tenía que comunicarse con la iglesia, que esto era un claro caso de posesión de un íncubo o un súcubo, o los dos, y que él no podía hacer nada. En ese momento, el gato – se lo juro, lo vi con estos dos mismos ojos – empezó a mover la mano más rápido y la voz de hombre cantaba canciones de Gilda y la voz de mujer decía cosas como 

Cae bocarriba
la cigarra de otoño
y sigue cantando. 

¿Y si lo rompemos?, pregunté yo, que para esas alturas estaba bastante harto de las cancioncitas y del YO SOY GILDA. NO, gritó el cura, si rompemos el reservorio podemos liberar a las bestias y quién sabe, quién sabe lo que puede pasar en ese momento. Y se persignó tres veces seguidas con los ojos medio en blanco medio hacia arriba. Yo le dije que tampoco eran bestias, que Gilda era casi una santa y que el otro diría cosas raras pero no estaba amenazando con matarnos a todos. Además, se metió Oconor, se me ocurre que podemos llegar a cobrar una plata por que lo vean. Lo miramos todos. Qué tiene, dijo. Capaz podemos atraer al turismo. Le brillaban los ojos. De repente, Oconor había visto el futuro, un futuro promisorio: filas y filas de gente esperando frente al almacén, gente de todas partes, hasta gente de otras partes del mundo. Y la televisión, la televisión también. ¡Era cierto!, gritaba, ¡trae suerte!. ¡BLASFEMO!, gritó el cura, EN NOMBRE DEL ALTÍSIMO TE ORDENO QUE ABANDONES TUS ANSIAS TERRENALES DE FAMA Y TU CODICIA Y PERMITAS QUE QUITEMOS A LOS DEMONIOS DE NUESTRA TIERRA. Yo en ese momento pensé, a la mierda, miralo al cura. Porque no sabe cómo se había puesto. Parecía el de El exorcista, se ve que los entrenan para poner voz así toda amenazante y decir cosas como esas en estas situaciones, vaya uno a saber. La discusión fue bravísima, usted viera, uno que quería llamar al noticiero y otro que quería llamar al vaticano. El gato movía el brazo y cantaba canciones de Gilda y decía las otras cosas, a veces con la voz cambiada, otras empezaba con la voz de ella y terminaba con la voz del tipo, o al revés. Créalo o no: ganó el cura. A mí me sorprendió, siempre me pareció un flojo, pero fíjese que cuando hubo que ponerse firme, fue y se puso firme. Aunque pensando en el resultado, hubiera sido mejor seguir a Oconor y probar la fama. Esa noche hubo vigilia en el almacén. El gato no paraba de cantar y de decir esas oraciones rarísimas.  Para colmo, a mitad de la noche a uno de los pibes se le ocurrió empezar a anotar los mensajes, para interpretarlos. Así que encima de Gilda y el otro, los que rezaban y los que cantaban, los teníamos a éstos afuera diciendo, por ejemplo

Por sí sola,
la cabeza se inclina,
Monte Kamiji,

una y otra vez, para tratar de entender el significado de la voz del gato que movía el brazo así. Y siempre alguien saltaba a decir me habla a mí, me habla a mí, es un mensaje para mí. Le digo, llegó un momento en que no sabíamos si de verdad lo creían o lo decían para no quedar afuera. Dos pendejas se agarraron de los pelos porque decían que

No se piensa en el verano cuando cae la nieve,
Deja que pase un momento
y volveremos a querernos

era para ellas. Para mí que no era para ninguna de las dos. Y ni le cuento cuando el gato movía el brazo más rápido y las voces se mezclaban – se ve que se mareaban, vaya a saber – y pasaba algo así  

Todo lo di sin esperar 
Era feliz pudiendo amar (con voz de Gilda)
Mi pueblo: todo
lo que me sale al paso
se vuelve zarza (con la otra voz)
Como podré sobrevivir
Sin su calor no sé vivir (con voz de Gilda)

Ahí se armaba un despelote bárbaro, tremendas discusiones acerca de si los espíritus habían hablado al mismo tiempo y dicho cosas separadas o si habían querido decir algo entre los dos. Pero le hablo de peleas con puños eh, y gritos, y cachetadas y hasta alguno que otro revoleó una piedra.

Salía el sol cuando llegaron ellos. No me pregunte como hicieron tan rápido, no lo sé. Pero esos no eran curas. No tenían ropa de curas y no traían cruces sino enormes lanzallamas. ¿Que cómo sabía que eran lanzallamas? Porque los usaron. A mí me salvó el baño ocupado en el almacén. De golpe necesité ir a mear y para no esperar me eché una corrida hasta la entrada al bosque, unos cien metros más allá del almacén. Desde ahí vi todo: los blindados, tipos de traje que bajaron y hablaron con Oconor, que les señaló para adentro del negocio. Todos se habían callado. Ni las viejas que rezaban seguían rezando. Los vi salir con el gato metido en una caja transparente, moviendo el brazo frenético. Y los vi prender fuego el almacén, al cura, a Oconor y a todo el resto del pueblo, casas y gente. Me escondí lo mejor que pude. No sé cuanto tiempo duró, pienso y pienso y hago cálculos y no me puedo acordar. De lo que sí me acuerdo es del olor a carne quemada y de los gritos, y de los osos de peluche prendiéndose fuego. Si sigue por la ruta, va a ver todavía parte de los cimientos de las casas. Ahí la llaman, parece que arrancó el coche. Acuérdese: si alguien le regala un gato de esos que mueven el brazo así, tírelo a la basura. Yo le juro, por esta vida que me queda, que no traen suerte.’

 

 

* el viejo se refería a los Maneki Neko, o gatos de la suerte.

NOTA: tiempo después de haber escuchado la historia, navegando por Internet, supe que la otra voz que salía del gato ‘poseído’ era la de Kobayashii Issa, uno de los maestros del Haiku, poesía tradicional japonesa. El motivo por el cual el supuesto espíritu de Issa recitaba haikus en español y no en su propio idioma permanece desconocido para mí hasta el día de hoy.

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