los tacos.

Lo que más recuerdo de Margarita es el taconeo. Hasta me olvidé de su cara, no me resulta fácil reconstruirla, aunque si me mostrás una foto la puedo rearmar en mi cabeza enseguida. Cuando uno ve a alguien que ya murió en una foto no ve sólo la foto, ve a la persona y sus gestos y sus ademanes y hasta escucha su voz. Bueno, con Margarita me pasa eso cuando miro fotos viejas, pero sino no puedo ni recordar la forma de sus ojos. Eso sí: el taconeo no me lo olvido más.

No era pariente, pero sí. Era de esa gente que nunca forma su propia manada, una nómade, un espíritu errante. La abuela contaba que de joven había sido hermosa y había tenido muchos pretendientes pero nunca se decidió por ninguno, prefirió quedarse sola. La abuela y Margarita fueron amigas desde muy chicas y hasta el final. Hay fotos de ellas en todas las edades de la vida y siempre están pegadas, abrazadas, una al lado de la otra, o hablando, ¡cómo hablaban esas dos! Hay una que me encanta: están en la Rambla, en Mar del Plata. Una Mar del Plata muy distinta a hoy, y la foto es en blanco y negro, si uno no pone atención parece que estuvieran en Montecarlo. No sé si no se dieron cuenta de que mi abuelo les estaba sacando una foto, o si sabían y se hicieron las boludas. Se miran y se ríen y se nota que se están riendo fuerte, porque se ven muchos dientes y los ojos son chicos, achinados, como le pasa a uno cuando carcajea tanto que se le llenan los ojos de lágrimas y medio que los tiene que cerrar.

Margarita estaba todos los días en la casa de mi abuela. Llegaba a eso de las dos, después de almorzar, y se iba después de cenar. Se pasaban la tarde tomando mate, leyendo revistas o novelitas de Corín Tellado, o mirando algún culebrón, o el noticiero. Y charlando, charlando, charlando. Hasta que llegaba mi abuelo de trabajar y la abuela se ponía a cocinar. Margarita la ayudaba. Mi abuelo las llamaba ‘las cotorras’. ‘Andá a preguntarles a las cotorras cuánto falta para comer’ me decía a mí y ahí iba yo, que ya las escuchaba desde el pasillo, hablando de cosas que nunca llegaba a entender bien, porque hablaban a medias. Demasiados años de comunicación habían establecido un código íntimo que nadie, ni siquiera mi abuelo, podía penetrar. Nunca escuché que la invitaran a cenar, era obvio que iba a quedarse. Y nunca, pero nunca la vi sin tacos. Tenía, por lo que recuerdo, unos cuatro o cinco pares a la vez, de distintos colores, y los combinaba con la cartera y algún eventual cinturón. Se arreglaba, se vestía bien para ir a lo de mi abuela, aunque vivía a dos cuadras. Margarita no se llevaba mal con mi abuelo, pero no eran amigos. Su relación era cordial, amable, con un afecto respetuoso y distante. No sé si alguna vez le molestó a él tenerla en casa todos los días. Si le molestaba, nunca lo expresó delante mío, nunca lo noté cansado de verla. Tampoco contento. Margarita estaba ahí: era una presencia constante e indiscutible.

Cuando le dio el infarto a la abuela, Margarita estaba con ella y no la dejó durante los cuatro días de agonía. Se sentaba en una sillita al lado de la cama del hospital y le leía revistas o el diario, y le daba agua si mi abuela se despertaba; la atendía, y no hubo manera de sacarla de ahí. Mi abuelo, que estaba destrozado, no tenía esa clase de fortaleza. De noche, para no dormir en la silla, Margarita se echaba en la cama en la que mi abuela yacía inconsciente la mayor parte del tiempo. Se ponía de costado y apoyaba la cabeza en un cachito de almohada, con la cara apuntando a la cara de su amiga, le pasaba la mano por la cintura y dormía así, incómoda y medio doblada, escuchándola respirar con la respiración pesada de los moribundos. Así las encontramos la mañana en que nos llamaron para avisarnos que la abuela había muerto: las dos en la cama, la abuela con los ojos cerrados, como si durmiera pero no, y Margarita acostada, su mano alrededor de la cintura fría, sin llorar ni nada, sólo mirando el perfil de su amiga, grabando su imagen. Y sus tacos – nunca me voy a olvidar – en el piso, al lado de la cama, tirados de cualquier manera, como si ya no importaran más.

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