sobre la genial idea de los colectivos con asientos móviles y sus nefastas consecuencias en la vida real.

Al principio pensé que era joda. Los muchachos del trabajo, o por ahí el pelotudo de mi cuñado. La gente es muy chota con los chistes y no entienden que le pueden hacer mal a uno, más cuando ya tuvo un infarto y tiene que cuidarse de cualquier emoción violenta. Tuvieron que llamarme tres veces para que les creyera, y no me acuerdo de lo que pasó en el rato siguiente a que la voz me dijera, ya un poco irritada ‘Señor Gandulfo, no es un chiste, usted se ganó el Gordo de Navidad, le pido por favor que no me corte y no me insulte más’.

¿Qué hace uno a los cincuenta y cinco, con veinticinco millones de pesos (menos impuestos y deudas)? Yo no tenía ni idea. Los primeros días fue el shock, era como si todo fuera un sueño, estaba aturdido, confundido. Tanto, que seguí yendo a trabajar a la empresa durante toda esa semana. Cuando arrancó el acoso de la televisión decidí tomarme unos días, ahí me di cuenta de que era al pedo seguir yendo, y no volví más. Tuve que ponerme a pensar en algo en lo que no había pensado nunca: qué hacer con tanta guita. Yo no era un jugador empedernido ni mucho menos, jugaba de vez en cuando y siempre me olvidaba de mirar los resultados para ver si había ganado, esa poca fe me tenía. Al Gordo de Navidad había jugado un par de veces en los últimos años. No elegí los números por nada en particular, eso los volvía locos a los timberos compulsivos y les encantaba a los que me vinieron a entrevistar de la tele. No sé por qué, me parece que les gustaba que un tipo sin método la pegara, era como una patada en las bolas del método, una celebración de lo improvisado, de lo hecho así nomás, sin importancia. Eso es lo que hace la televisión, ¿no? hacer que las cosas que no le importan a nadie sean importantes. Bah, qué sé yo, a mi señora le gusta la televisión, mira telenovelas, esas de los actores jóvenes, yo no le digo nada porque ¿qué le voy a decir?, ¿saben cómo le brillan los ojos cuando los mira? Yo en cambio no miro nada, ni el noticiero, por eso no me enteré de que había ganado.

El entusiasmo de los noticiosos por mí duró un pedo: a los pocos días no sé qué dijo el presidente y chau, a otra cosa, caí en el olvido antes de poder acostumbrarme a la fama. Los que siguieron llamando fueron un montón de contadores y administradores, de agentes de bolsa y abogados. Y los buscadores de inversionistas. De esos se llenó, y la mayoría eran unos chantas. Al final contratamos al abogado de mi cuñado, que nos recomendó contratar a un contador de su confianza, y a un agente de bolsa conocido del contador. Yo la verdad que no sabía nada de cómo manejar esta situación. Sí, compramos otra casa, y una casa para mi mamá, una para mi suegra, una para cada uno de los chicos. Cambiamos autos, compramos televisión gigante y todas las cosas que queríamos. Hasta le hicimos una cucha de tres metros por tres metros al perro, en madera de pino canadiense, o no sé qué mierda. Y así y todo nos quedaba guita. Mucha guita. ¿Qué hacer con esa cantidad de plata? ¿Dónde meterla? Teníamos la cabeza quemada de pensar, de escuchar propuestas, algunas absurdas, otras razonables, pero todas, todas, riesgosas.

Tal vez fueron el cansancio y la confusión, pero cuando una noche el Gordo Topolinsky vino con la idea de los asientos móviles para los bondis, me pareció una genialidad. Yo había sido chofer durante muchos años. Después me jodí la cintura, no pude laburar más en un coche y tuve que pasar a otras tareas en la empresa. Ofrecer asientos con imanes en la base para que puedan sentarse todos en el colectivo, y que nadie viaje parado, me pareció una de esas ideas sobre las que uno se pregunta ‘¿cómo no se le ocurrió a nadie antes?’. El sistema era sencillo: se quitaban todos los asientos de los bondis y se reemplazaba el piso por un piso especial que estuviera imantado, aunque no en exceso porque la verdadera potencia del imán estaría en los banquitos. Topolinsky había hecho unos años de ingeniería en su juventud, después, las cosas de la vida lo llevaron a terminar de colectivero. Nadie elige ser colectivero, es algo que viene, que a uno le pasa. Es un laburo de mierda: gente todo el día, tráfico, inseguridad, cacerolazos, piquetes y marchas. Y apretuje. Por eso me pareció genial lo de los asientos: si toda la gente podía ir sentada, tal vez el humor adentro cambiaba, mejoraba, y nos hacía a nosotros más fácil el recorrido.

Los asientos eran portatiles y los entregaba la empresa a los pasajeros a cambio de veinte boletos de viaje consecutivos que demostraran que usaban la línea asiduamente. Eran plegables, doblados no superaban el tamaño de una mochila pequeña, y traían tiras para colgarlos. Además, la empresa garantizaba sesenta asientos en cada unidad (al ser plegables y ocupar tan poco espacio se acomodaban fácilmente en los costados del coche). En lugar de treinta y tres asientos promedio, entrarían cerca de sesenta personas en plena capacidad, y la posibilidad de que los asientos fueran móviles habilitaba que si el pasaje iba menos cargado, pudieran sentarse a gusto en cualquier parte. Me dejé llevar por el entusiasmo del Gordo, que apareció con un prototipo de la sillita en casa un día a eso de las once de la noche. Y con unos afiches llenos de números y cuadros de barras, esos que usan en los diarios para explicar cosas. Las sillas eran de plástico, salían dos mangos si las comprábamos directo de fábrica. La mayor inversión se iba en los pisos de los coches y en los imanes, pero el Gordo conocía a uno que nos hacía precio por el laburo, si se lo dábamos. Topolinsky tenía un programa de aplicación progresiva (así lo llamó en cada reunión que tuvimos): empezaba con cinco coches, al mes diez y recién a los tres meses toda la flota.

Fue tan convincente Topolinsky que a fines de la misma semana habíamos acordado la reunión con los capos de la empresa, para presentarles el proyecto, y estábamos seguros de que iba a funcionar. Nosotros conocíamos el palo, lo habíamos vivido, esos burócratas nos tenían que escuchar. No nos importó que ni el abogado ni el contador creyeran en nosotros. El agente de bolsa renunció diciendo que no quería ser parte de esa locura. Pero qué sabían esos, si se movían en taxi o en auto, no tenían que estar todos los días viajando parados en transporte público. Sólo la gente, el pueblo, iba a saber valorar nuestro invento. La inversión era arriesgada, sí, pero el mundo es de los valientes, y cuando en la empresa nos dieron el visto bueno (después de mucho insistir y decir ES MI PLATA), le dimos para adelante. Hasta conseguimos notas en un par de diarios y noticieros el día que empezaron a funcionar las primeras unidades de asientos imantados. Yo estaba en el primer coche que salió, con algún directivo de la empresa y un par de familiares. Iba adelante.

Fue mala leche. No lo puedo llamar de otra manera. Que el Gordo Topolinsky estuviera justo detrás mío, que su asiento móvil fuera uno de los que no estaban bien imantados y que se me viniera encima a la primer frenada con tanto ímpetu… el fabricante dijo que era culpa nuestra, que lo apuramos. En ese momento yo estaba en el hospital, con la columna partida en cuatro, adormecido por los calmantes, sino lo hubiera cagado a trompadas.

La cosa fue mucho peor, porque ese mismo día hubo cuarenta y tres asientos fallados más:
quince fracturas de tibia y peroné
ocho de brazo
siete de metatarso
cinco de muñeca
siete de caderas (todos viejos)
y una señora que decía que los asientos móviles discriminaban a los gordos, porque se sentó y el asiento se abrió a la mitad y quedó de culo en el piso, se rieron de ella y paf: trauma psicológico. Qué ridículo, y sin embargo, cayó el INADI y la empresa tuvo que ponerse también ahí.

Tuve que afrontar una parte de los juicios, como responsable directo por haber invertido la plata. Ahí se me fueron casi cinco millones de pesos, los autos y todas las casas menos una, en la que vivimos ahora mi mujer, mi mamá, mi suegra, mi hijo el menor, y yo. Y el perro, claro. Rehabilitarme me tomó dos años y la poca guita que me quedaba. Al Gordo Topolinsky le perdí el rastro después de la quiebra de la empresa. Creo que él estaba muerto de vergüenza, y yo estaba demasiado ocupado en tratar de caminar de vuelta. Además, el abogado me sugirió ni aparecer por el tribunal, para evitar problemas, porque los de la empresa me querían matar, como si hubiera sido sólo mi culpa.

Ahora laburo en un mostrador: soy empleado de ferretería. Tengo una renguera crónica bastante pronunciada, y mi casa es un infierno de mujeres que pelean por cualquier cosa, todo el día. Ojo: no soy más infeliz que antes, si tengo que decir la verdad. Cuando en casa me rompen mucho las bolas, agarro un colchón y me voy a la cucha del perro, la cucha de pino canadiense que conservamos porque creemos que el bicho se encariñó. Me echo a dormir ahí con él, que es el único que siempre – cuando fui millonario, cuando fui lisiado – me trató igual. En esas noches, con el perro respirando a mi lado, la televisión y las voces de minas que se oyen de lejos, como en sordina, pienso y pienso en segundas oportunidades, y en lo que haría con la plata esta vez. Al Gordo de Navidad le juego todos los años, porque uno nunca sabe.

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