babel (las langostas).

Es loco que mucha gente crea que es posible que toda la humanidad viva bajo un techo propio y ahorrando guita. Más loco es que muchísimos ni se lo pregunten. Más loco todavía es que gente que tiene un techo y ahorra guita para, por ejemplo, irse de vacaciones, no esté dispuesta a ceder nada de eso y crea que es su derecho, porque trabaja y paga impuestos y ese blablabla de la clase media que ignora o no recuerda la historia de miseria de la especie.

No hay manera, no hay forma de que podamos vivir como vivimos los que conformamos esa clase media, si buscamos de verdad un mundo mejor para todos. NO HAY MANERA. No son sólo los ricos los que tienen que entregar y perder, también es esa mayoría tibia y silenciosa que se aferra a lo que tiene, como si la vida fuera eso. No es para sorprenderse: somos eso, llevamos miles de años matándonos unos a otros. Viéndonos morir unos a otros. Y sin hacer nada para evitarlo, porque no podemos evitarlo. Porque somos animales. Y nos devoramos como animales. Nuestra maldición es la conciencia; nuestro pecado, pensar. No sabemos transcurrir en el mundo y siempre buscamos más. Somos babel, y dios ha muerto. Murió en nuestra adolescencia cuando no pudo responder las preguntas y somos huérfanos y estamos solos y lo sabemos y la fantasía de la salvación se convirtió en un cuento de hadas. Y no alcanza todo lo bueno: todo el amor y la belleza y lo sublime y lo elevado, para tapar nuestra mierda. No alcanza para hacer que nuestra existencia valga la pena, porque el dolor está hecho de plomo, y la felicidad está hecha de aire. Estamos malditos, estamos solos, estamos asustados. Estamos pero no alcanza. Nos esforzamos por trascender sin pensar que no vamos a estar ahí para verlo. Y hay ricos y pobres como siempre; amos y esclavos, como siempre; libres y sumisos, como siempre.

No existió un momento de la historia en que hayamos logrado vivir en paz, pero miren a los leones: ellos también se matan por un poco de poder. Somos depredadores. Tal vez deberíamos abandonar toda esperanza de mejorar colectivamente y entregarnos gozosos a nuestra destrucción. Miles de millones lo hacen, lo hacemos, todos los días, pero no pensamos en eso. Esto somos, y lo único que queda es preguntarnos si alguna vez, en mucho, mucho tiempo, seremos capaces de conseguir que algo de todo lo bueno que somos capaces de imaginar, pero no de realizar, se convierta en instinto.

Y esperar, aunque ¿qué esperanza se puede tener en una especie que se mata a sí misma por placer?

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