salvador.

1.

¿Cuántas papas se pueden pelar en un día? ¿y en una semana? ¿y en un mes? Salvador lo sabe, es un dato que utiliza mucho a la hora de cerrar el sueldo. Es increíble la cantidad de papas que puede pelar una persona en  una jornada de trabajo. Salvador es el pelador de papas más rápido de La Tasca, el que les enseña a los pibes nuevos el sistema para que cada papa se pele a la mayor velocidad posible, sin que le quede ninguna mancha o protuberancia, y sin desaprovechar nada.

2.

Salvador entra todos los días a las seis de la mañana. Esa hora es tranquila: apenas algunos madrugadores en las mesas y los que pasan a comprar factura por el sector de rotisería. Desayuna ahí: toma un café con leche con tres medialunas de grasa charlando sobre fútbol con Ringo, el cajero del primer turno. Cuando hay pedido reciben los dos, y Salvador se pasa una hora y un poco más seleccionando las papas, descartando las malas, dejando las buenas en dos tachos color verde, y las másomenos en un tacho color amarillo. Las que están en mal estado van a un tacho rojo, y de ahí a la basura. Usan la lógica del semáforo, porque les permite automatizar el trabajo y ahí todo es automático, es necesario no pensar, hacer, pelar, cortar, preparar, condimentar, sazonar, lo que haga falta, sin interrupciones. El pensamiento interrumpe. Todos ahí están escapando de pensar, cree Salvador, que lleva casi veinte años y ha visto pasar de todo por esa cocina gigante que bulle todo el día con ruidos, olores y hervores.

A Salvador le gustaría trabajar solo, como cuando empezó, como cuando el restorán no era más que un localsucho con siete mesas y seis empleados más el dueño. Antes de los tres pisos y las colas de gente esperando para comer, a toda hora. Antes de tanto quilombo. Salvador está desde siempre ahí, y no faltó ni un día. Ni cuando murió su madre, que vivía en Formosa, de donde nunca salió. Salvador no quiso ir, y eso que Antonio, el dueño del restorán, le dijo que se tomara el tiempo que quisiera. Se sintió orgulloso por esa confianza: Antonio no es hombre de andar con sentimentalismos y vueltas, sin embargo lo llamó aparte, le dijo que lamentaba mucho y que entendía si quería irse para Formosa. Incluso le ofreció pagarle el pasaje de ida y vuelta, pero Salvador se negó: ya no había nada que hacer, los muertos están muertos y la presencia de uno no los trae de vuelta, mejor seguir con la vida, mejor seguir con las papas y no pensar.

Le gustaría trabajar solo, en cambio tiene un equipo de tres peladores, hombres en general, que llegan creyendo que les toca el trabajo más fácil y descubren que no es tan así cuando lo ven a él que lo hace tan rápido que apenas se le ven las manos, cuando ven caer las cáscaras en la bacha que se llena enseguida y se dan cuenta de que van a tener que entrenarse mucho para conservar el puesto. Los peladores suelen ser pendejos, soberbios como son los pendejos, que entran pensando en cuánto tiempo tendrán que estar haciendo ese laburo antes de pasar afuera y recibir el uniforme más codiciado: la camisa blanca con cuello rojo que los señala como mozos. Hay de los otros, los tímidos que prefieren quedarse pelando papas y no salir de la cocina, pero esos también se van después de algún tiempo, cuando hace falta personal en alguna otra parte: preparación de carnes, por ejemplo, que es lo que más gente saca a los sectores de ingreso.

Pelado de papas es uno de los sectores de ingreso más temidos. Salvador es implacable, no se anda con vueltas, los tiene cagando y no los deja respirar. El trabajo se tiene que hacer, dice, cueste lo que cueste, porque no puede pasar que se acaben el puré o las fritas, eso siempre es una tragedia, puede costar clientes, nadie vuelve a un lugar que no tiene papas fritas. No todos los pibes se la bancan, y la palabra de Salvador es importante a la hora de determinar quién sigue y quién no sigue en ese pequeño mundo organizado según mérito y capacidad.

3.

A Salvador le gusta la rutina, por eso funciona bien dentro de esa estructura. Pero hoy es diferente. Anoche, poco después de las once, Salvador vio el graffiti. Había ido a cambiarse al vestuario, el día se había acabado, los pibes se habían ido cuando pasó a revisar que todo estuviera en orden para el día siguiente. Sobre el azulejo blanco, en fibra roja, alguien había garabateado JUBILATE VIEJO CHOTO, y dibujado un pito al lado de ‘CHOTO’, por si no quedaba clara la idea. Estaba justo frente a él, en SU lugar. No supo qué hacer. Si borrarlo, si mostrarlo a alguien, si dejarlo y confrontar mañana con los pibes para ver quién había sido el de la idea. Se sabe odiado, es el precio a pagar por ser la puerta de entrada para tantos chicos sin experiencia, pero nunca, nadie, le había escrito la pared.

Decidió esperar y observar. A veces no hacer nada es la mejor decisión, las cosas se decantan solas. La noche pasó como todas: poco sueño, mucho moverse en la cama. Y las palabras JUBILATE y VIEJO danzando frente a sus ojos, en fibrón rojo indeleble, recordándole lo que no quiere recordar.

Esta mañana llega y desayuna con Ringo, que lo nota callado, pero no le hace ningún comentario al respecto. Hablan de Racing, del Rojo, del descenso, del campeonato. Siente que Ringo sabe del JUBILATE VIEJO CHOTO pero no le pregunta por respeto. Así como al pasar, Salvador le pregunta a qué hora llega Antonio, porque quiere hacerle una consulta. Se lo pregunta sin mirarlo, mientras moja una medialuna en el café con leche. Ringo no sabe, pero le dice que le avisa.

4.

Cuando llega el pedido lo reciben juntos, como siempre. En la cocina ya hay al menos quince personas, así son las cosas ahí: casi tres pisos de gente yendo y viniendo desde las seis am hasta las tres am. Salvador elige las papas, las tira donde corresponde, trata de no mirar el graffiti. Los pibes que laburan con él empiezan a llegar. Kevin llega primero, saluda con gestos y se va para el vestuario. Kevin es tímido y callado, respetuoso. A priori no cree que él haya sido el culpable, aunque no se puede descartar a nadie y en definitiva, qué importa quién lo hizo, importa que pasó y que ahora deberá haber consecuencias. Kevin no ve el graffiti porque acostumbra andar con la cabeza gacha, mirando al piso. Pero después llegan Pablo y Alex y ellos sí lo ven y se paralizan y lo miran a Salvador, que no los mira pero los presiente, los ojos abiertos fijos en el JUBILATE VIEJO CHOTO. Ninguno se ríe, ninguno amaga nada, hasta que Salvador los enfrenta con la mirada y los dos lo saludan (hola don Salvador, hola don Salvador) y se van para el vestuario. Ninguno parece culpable. Salvador se pasa toda la mañana mirándolos, con el JUBILATE VIEJO CHOTO delante, haciendo como que no está, tratando de pescar a alguno de ellos distraído, buscando algo que los delate. Pero Salvador no nota nada. Mientras tanto, de Antonio ni noticias. Nadie ha venido a buscarlo. Así que al mediodía deja a Pablo a cargo del sector y baja hasta el mostrador. Antonio está ahí, como todos los mediodías: saluda a los clientes, los llama por el nombre, les pregunta cómo están, les recomienda platos (en general los que menos están saliendo), sonríe pero no ríe, los libera rápido, apenas lo necesario para que se sientan en su casa, pero no agobiados. Antonio anda por los sesenta y cinco, tiene una panza importantísima que se tapa con una servilleta al comer para no ensuciarse las camisas, que suelen ser blancas y de mangas cortas. Usa corbatas de colores fuertes, o con motivos raros – esas suelen ser las que le regalan los nietos, como la azul oscuro con un montón de Bugs Bunnies alineados que lleva puesta ahora -. Es muy bajo, pero no parece, es esa gente que disimula la altura con la actitud opuesta a la que le correspondería. Cuando lo ve a Salvador, se levanta de donde está, en medio de un estrechar de manos con dos viejas. Las palmea y les indica su mesa, la misma de siempre. El restorán trabaja mucho con los clientes habituales, que quieren comer en la misma mesa cada vez que van. Todos – no sólo los de adentro – tienen su puesto asignado ahí.

5.

Antonio se lleva a Salvador al despacho, una oficina atiborrada de papeles y cajas.

–          Me enteré de lo que pasó. ¿Por qué no lo borró, Salvador?

–          Quiero saber quién lo hizo.

–          ¿Para qué?

Salvador se encoge de hombros, no sabe para qué. No se le ocurrió pensar en esa parte, sólo quiere saber, no pensó en qué hacer con la información. Antonio carraspea.

–          Tenemos que hablar de ese tema, usted lo sabe, ¿no?

Claro que lo sabe. Lo sabe tan bien que desde que leyó JUBILATE VIEJO CHOTO siente que no puede respirar bien. Un apretuje, como un elefante sentado en el pecho, le impide recuperar el aire. Ahora que Antonio acaba de decir lo que dijo, la sensación empeora: el mundo se oscurece un poco y siente palpitaciones y ve venir el sudor frío, pero respira, se para sobre uno y otro pie, toma el poco aire que puede tomar, y asiente.

–          ¿Qué quiere hacer?

–          Yo no me quiero jubilar.

–          Pero se lo merece, y está más que en edad.

–          Pero no quiero.

–          Pero yo no puedo seguir teniéndolo en cocina y usted lo sabe, Salvador.

El elefante hace lugar a otro elefante y ahora el pecho de Salvador está bajo la presión de miles de toneladas. Antonio le pone una mano en el hombro.

–          Lo lamento, lo lamento mucho y esta siempre será su casa, pero tengo que cumplir con la ley. Tenemos que pensar en un traspaso ordenado, yo diría unas seis semanas o dos meses, ¿le parece?

Salvador no puede hablar. La habitación se vuelve más chica de golpe, se cierra sobre él. Hace calor, mucho calor. Sube como puede las escaleras y llega a su lugar de trabajo. El JUBILATE VIEJO CHOTO y la pijita dibujada siguen ahí, como antes. Sus tres subalternos están pelando papas, una tras otra, Pablo es el más rápido y los otros hacen lo que pueden, aunque Kevin se defiende mejor que Alex, al que no le gusta tanto el laburo. En todo eso piensa, y escucha el bullir de gente y huele mil olores y ve las luces de neón sobre su cabeza y la cocina blanca y el fibrón rojo y JUBILATE VIEJO CHOTO y las letras bailan frente a él y los sonidos se alejan, mientras cae al piso y el dolor es fuerte pero no puede cerrar los ojos todavía y después el cansancio y todo se vuelve negro.

6.

Abrir la puerta. Qué ingrato, qué mierda. El sector rotisería es como una sala de espera: gente con la mirada en cualquier parte esperando que la llamen, y él plantificado ahí, moviendo el mismo brazo todo el día. Hola señora cómo le va. Qué tal don, cómo anda. Buenas, buenas. Pibe, mostrame el ticket, ¿tenés ticket para esa bolsa de comida? ¿El ticket señora? Gracias, que tenga una buena noche.

Tres pisos más arriba, Pablo comanda a los pelapapas. Los azulejos blancos son blancos y no hay signos de que alguna vez haya habido nada escrito en ellos. A veces Salvador se pregunta si de verdad eso estaba escrito ahí, las horas antes del infarto son confusas, como si todavía no hubiera podido reconstruirlas del todo. Pase señora, buenas noches, qué tal. ¿Me permite el ticket, señor? Muy amable. Sospecha de todos, sospecha de cualquiera. Sospecha hasta de sí mismo, ¿y si fue él? ¿y si enloqueció por el ataque? Pero más sospecha de Pablo, de Pablo que ahora ocupa su lugar, y que todas las mañanas lo saluda al llegar, cuando él está tomando su café con leche con tres medialunas de grasa, hablando de fútbol con Ringo, que nunca le habla del graffiti ni del ACV, sólo de Racing. Buenas noches, qué tal, cómo le va, sí, hasta la una estamos, señor. Ahora son los jubilados de las ocho de la noche y en un rato serán las familias y los más jóvenes se quedarán hasta el cierre y encima hoy hay partido y sí, lo transmitimos, ahora no hay lugar, si quiere puede esperar a que se libere una mesa. Sospecha de Pablo, que no le sostiene la mirada pero no sabe si es porque él fue el de la broma o por sacarle el trabajo, y sospecha de Kevin y de Alex, que siempre lo odió y ahora le pasa por al lado riéndose y Salvador sabe que se ríe de él, pase señora, para pedir en mostrador saque número ahí al costado, la van a llamar, y entre tanto bullicio no hace más que pensar en todas esas cosas y en que la muerte lo va a encontrar abriendo esa puerta, y Antonio pasea por las mesas y saluda y pregunta si todo bien y a veces lo mira y le sonríe, pero Salvador no se da cuenta porque entre tantos saludos, y tanto odio por las putas vueltas del destino, está atento, siempre atento al mostrador, siempre a la espera de que un día, una noche, se terminen las papas fritas.

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