la vio de sopetón aquel domingo.

La vio de sopetón aquel domingo
saliendo de la iglesia, toda pía
a él lo impresionó, porque volvía
de la trasnoche duro como pingo.
Ni bien se la cruzó quiso decirle
cosas que quedaron atragantadas,
palabras en la garganta trabadas
ni siquiera el uasap pudo pedirle.
Ningún levante, demasiado vino
la noche una vez más fue una tragedia:
en un momento el gil perdió una media.
Qué raye, qué furor, qué desatino
Cupido estaba activo esa mañana
se enamoró escuchando las campanas.

La buscó en feisbuk, en tumblr y en tuiter
sin nombre ni contactos compartidos,
mirando muros de los conocidos
al final la encontró: Amanda Ritter.
Le pidió la amistad, pero ella nada;
le mandó diez mensajes por privado:
el primero cortante, intimidado.
El último decía ‘sos mi hada’.
Esperando un mensaje de respuesta
los minutos se le hicieron eternos,
seis días parecieron seis inviernos.
(las cosas del amor son caprichosas:
ateo declarado como era
se devoró la biblia toda entera).

Memorizó los salmos, los versículos,
las partes complicadas, las sencillas.
Pensaba presentarse en la capilla
con data para no hacer el ridículo.
Supo quién fue San Pablo, San Mateo
Deuteronomio y todos los profetas
Los supo de pe a pa, sin una grieta
No llegó a terminar, quedó en Hebreos.
Pensaba aquel domingo recitar
cantar de los cantares, esa prosa
que habla de la belleza de la esposa.
Sabiendo que podía no alcanzar
se compró un trajecito dominguero,
más un par de zapatos de buen cuero.

El sábado a la noche no salió,
se tomó una sopita y a la cama.
Tenía el plan, no se iba por las ramas,
el domingo a las seis se levantó.
Se mandó por la calle de la iglesia
y se paró en la puerta, vigilante,
todo emperifollado y elegante.
En la mano temblaban unas fresias.
‘Amanda’ gritó él y ella lo vio.
Él se notó bastante transpirado
se le acercó nervioso, acalorado,
se le paró adelante y se mareó.
La primer oración salió completa,
mas los ojos se le fueron a las tetas.

Sin darse cuenta bien de lo que hacía
le dijo que sus pechos eran flores,
que su boca bordaba los colores
del arcoiris de sus fantasías.
Ella no reaccionó como él pensaba:
se lo quedó mirando silenciosa,
la sonrisa se le escapó, borrosa,
se persignó a la vez que se alejaba.
Él no supo qué hacer, se quedó quieto,
parado con las fresias en la mano
sudando como chancho en el verano,
se sentía pelotudo por completo.
Esperarla era en vano y lo sabía
pero se plantó ahí, como un vigía.

Cuando se terminó la ceremonia
ella salió primera y lo fichó.
Al lado de una vieja se amparó
tomándola del brazo como novia.
Él no quiso asustarla y se lo dijo,
se acercó más y caminó a su lado:
‘No quise parecer un desquiciado’.
La vieja, de pasada, lo bendijo.
Intentó algunas cuadras conversarle
trató de convencerla de su anhelo,
le habló de la semana, del desvelo,
pero no encontró forma de explicarle.
Al final se volvió, decepcionado.
Las fresias las tiró en un descampado.

***
gracias Alejo Salem por la revisión y los aportes.
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