para describir al jarrón.

Qué difícil describir ese jarrón. Ése, el de porcelana verde con arabescos plateados y terminación delicada, como ondas, u olas, también plateadas, en el borde que no es recto sino ondeado. Y arabescos que se dibujan sobre el verde que es oliva, o aceituna, discreto, tan discreto es el verde aceituna u oliva que si no te fijás bien no te das cuenta del color, sólo de los arabescos plateados. Cuando lo mirás mejor, tiene una, dos, tres, no, cuatro pequeñas rajas y no está roto, es decir que no se ha caído de ninguna parte pero sí está cuarteado y ahí es donde la descripción pierde fuerza ante el objeto porque necesitás saber por qué ese jarrón está cuarteado y rajado en cuatro, no, ahora que lo veo, en cinco partes.

Para describirlo debería decir además que está vacío, pero que tiene marcas de agua estancada en él, y comentar que está apoyado sobre esa mesa con otros objetos que ahora no importan y que la mesa es negra, rectangular, de madera pintada.

Si vamos a describir realmente al jarrón, deberíamos decir que fue gestado y realizado entre las tres y veintitrés de un lunes y las cinco y cuarenta y uno de un jueves de octubre de 1997, lo cual ya marca una diferencia que no podemos zanjar: ¿es un jarrón de Libra o es un jarrón de Escorpio? No es lo mismo una cosa que otra, eso está claro, y los influjos y las estrellas determinan que ese jarrón tenga determinadas características siendo de un signo u otro, pero no soy dada a la astrología, prefiero pensar que el día exacto no importa, basta saber que se terminó un jueves de octubre del ‘97 y en todo caso, quienes estén interesados en cuestiones como los signos, que se rijan por el horóscopo chino, que es constante y anual y no cambiante y mensual como el otro.

También sería necesario, para describir el jarrón, contar que su creador, que no era artista pero sí podemos decirle artesano (aunque trabajaba en una fábrica y hacía productos a pedido y qué puede haber de artesanía en eso, es una discusión para meternos en otro momento, no ahora que estamos concentrados en el jarrón verde oliva con arabescos plateados que está sobre una mesa), se llamaba Víctor y que murió de un cáncer de esófago el 14 de noviembre de 2008, a los sesenta y tres años, después de estar cinco años enfermo y en bastante mal estado –, y que era de Piscis. Que no tuvo sentimiento especial alguno por este jarrón, que fue uno más, y que en cambio había hecho uno color blanco con adornos negros una vez en el 82 del cual nunca pudo olvidarse y consideraba su mejor trabajo, por ningún motivo en particular, simplemente así son los recuerdos en general, caprichosos y abstractos en sus razones. Habría que contar también que Víctor lo hizo mientras atravesaba un duelo por el final de su matrimonio de más de veinte años, del que sacó una úlcera y cinco hijos (ambas cosas muy relacionadas entre sí), sin contar uno que había muerto al nacer y que él, a decir verdad, apenas recordaba por estar demasiado ocupado en que no se le murieran los otros que tenía. Que de sus cinco hijos tres eran varones y dos mujeres y que uno trabajaba con él, que de hecho pintó el verde aceituna de fondo del jarrón mientras él preparaba las herramientas, porque el hijo recién empezaba y al empezar les tocaban esos trabajos menos precisos pero igual de importantes y fundamentales. No podemos dejar de lado que Víctor era un hombre triste y que esa tristeza se reflejaba en sus ojos, y que mucha gente creía que más bien era una especie de sabiduría silenciosa, pero no, era tristeza nomás y un poco de astigmatismo, y que cuando murió no le dedicó ni un pensamiento al jarrón verde aceituna con arabescos dorados, pero sí pensó en el blanco con adornos negros, en su hijo muerto y en su mejor amigo de la infancia, que se había ahogado frente a él cuando ambos tenían diez años, una tarde de verano en Entre Ríos.

Podemos decir también que el jarrón salió de la fábrica y fue a parar a un local de antigüedades de esos que no sólo venden antigüedades sino también cosas que parecen antiguas. Un local ubicado en la calle Juncal, yendo para 9 de julio a mano derecha. Un local atendido por sus dueños, que anduvo bien durante los setentas y los ochentas pero que se vino a pique en los noventas con el resto del país, para fundir definitivamente en 2002. Que el jarrón no se vendió hasta que no entró en la liquidación por cierre y que el dueño del local entró en una fuerte depresión que preocupó mucho a su mujer, y que fue ella la que se hizo cargo de la economía familiar y que un par de años después pudieron abrir otro local, un maxikiosco en Burzaco con el cual pueden vivir con una cierta tranquilidad más allá del estrés lógico de administrar un negocio de lo que sea.

Para realizar una completa descripción del jarrón verde aceituna con arabescos plateados que está sobre la mesa, no podemos obviar que en la barata del local de antigüedades fue adquirido a un precio irrisorio por una escenógrafa, o más bien una estudiante de escenografía en los tramos finales de la carrera, para ambientar un escenario en el que se representaría una obra llamada “Las espantosas noches grises del empleado del McDonald’s de Corrientes”, el unipersonal de un dramaturgo más bien mediocre que quería contar la experiencia de haber trabajado en el turno nocturno de un local de venta de comidas rápidas a los dieciocho años, recién llegado del litoral, como metáfora de la soledad de las grandes ciudades y las relaciones que le habían dejado el corazón roto. El unipersonal tenía lugar en un espacio casi desnudo, decorado solo con el jarrón verde aceituna con arabescos plateados apoyado sobre un cajón de verduras. Era dramáticamente necesario un jarrón, decía el dramaturgo, ya que dentro de él estaban, se supone, las cenizas de amores pasados y experiencias angustiantes. Daba lo mismo que el jarrón fuera ese u otro, ya que él creía que el texto era tan poderoso que no necesitaba nada más que un buen recitado y su presencia. La escenógrafa, que trabajó gratis, esperando que el dramaturgo la registrara, porque estaba un poco enamorada de él (lo suficiente como para no darse cuenta de que era homosexual), le llevó el jarrón verde aceituna con arabescos plateados esperando recibir una felicitación o un agradecimiento y no recibió ni una cosa ni otra, ni tampoco pago alguno porque la obra estuvo en cartel un mes, viernes y sábados, y sólo fueron a verla algunos amigos del protagonista y algún familiar que viajó especialmente para tener la oportunidad de ver como su pariente triunfaba en la gran ciudad. La escenógrafa se fue antes de que la obra bajara el telón y terminó casada con un empleado de una empresa de radiotaxis que se había enamorado de su voz.

El jarrón verde aceituna con arabescos plateados fue a parar a manos del dramaturgo, que lo tuvo en su departamento, dentro del cajón de verduras, y allí quedó hasta que él se marchó a probar suerte a París, convencido de que aquí no estaban listos para su vanguardista y avanzada visión de la vida y el arte. No triunfó ni mucho menos, pero allá conoció al amor de su vida (que cree que su novio tiene un talento inconmensurable, por esas cosas de ceguera que tiene el amor), e hizo un hogar a su lado, en los suburbios parisinos.

El dramaturgo regaló todo lo que no se podía llevar, y así el jarrón fue a parar a la casa de la tía abuela soltera de uno de sus amigos, que justo cumplía. La vieja soltera murió, eventualmente, como acostumbra hacer la gente que vive, murió sola y nadie se enteró hasta que el olor se volvió insoportable y entró la policía con los bomberos en sus trajes blancos que los cubrían de arriba abajo. La retiraron ante los vecinos espantados (la gente siempre se espanta cuando se entera de que tuvo un muerto de vecino, como si la cercanía volviera el asunto más contagioso). El jarrón verde aceituna con arabescos plateados llegó así a manos de un policía, que se lo regaló a la cajera oriental de cierto supermercado del barrio de Villa Crespo porque quería cojérsela, y nadie sabe si lo logró o no, sí que lo cambiaron de destino y no la vio más, y que el jarrón quedó detrás del mostrador hasta que un cliente fascinado por los arabescos plateados preguntó si estaba a la venta, y se lo llevó a su casa hasta que decidió, con la crisis, irse a vivir afuera y como ese hombre es mi tío, me dijo que me llevara lo que quisiera y no sé por qué yo elegí el jarrón verde aceituna con arabescos plateados, y ahora no sé qué hacer con él, porque la verdad es que ni lo miro, y nunca le puse flores y nunca le di un uso y no me gustan las cosas solo de adorno, sin utilidad, trato de tener lo menos posible para limpiar lo menos posible, pasa que no me animo a deshacerme de él: nunca quedó claro si era un regalo o un préstamo por los años en que él estuviera afuera, aunque ya han pasado bastantes, y supongo que puedo apropiarme y disponer a gusto del jarrón de porcelana fría con arabescos plateados, que se dibujan sobre el verde aceituna (o verde oliva), que es tan discreto que si no te fijás bien no te das cuenta del color, y terminación delicada como olas u ondas de plata, un poco cuarteado y rajado en cinco partes, blanco tiza por dentro, con marcas de agua estancada a tres cuartos de altura del interior, una casi imperceptible rajadura interna que lo atraviesa en diagonal desde la base hasta la mitad, y un sello redondo debajo que forma un círculo que dice Industria Argentina – Made in Argentina. Claro que decir sólo eso deja muy poco librado a la imaginación.

 

 

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