otras anabelas.

El patio es su lugar solitario. Cuando está cansada o confundida, Anabela sale al patio, se fuma un cigarrillo o dos mirando el limonero, y vuelve a entrar. Dentro está la vida: los chicos, la madre, los tíos, las novias de los hijos, los nietos. Dentro no hay ningún hombre que pueda llamar suyo y mejor, bastante tuvo ya de esos, tanto que ahora no quiere saber nada. Anabela prefiere tener sus ratos solitarios (que son, a lo sumo, dos al día) por la noche. Porque si es de noche, sale con una vela. Le gustan las velas. Le gusta quedarse mirando la llama hasta que se extingue, las formas que esculpe la cera al caer lenta y caliente, por el lado más débil. Siempre hay un lado débil en las velas, un lado que cede y se derrite más rápido y a ella le gusta mirar las formas que se arman, mientras fuma y piensa en cosas, cosas que sólo piensa afuera y que después, cuando entra a la casa, se olvida, casi como por arte de magia. Son más bien imágenes: futuros posibles, presentes y pasados que no fueron. Salir a fumar al patio cuando ya todos duermen es lo que más le gusta en la vida, pero no se lo cuenta a nadie. Cada vez que la ve salir, la madre le dice que se abrigue, que no tome frío, pero a Anabela el frío no le molesta. Tiene treintilargos, Anabela, y parece más. La ha pasado mal, muy mal, tan mal que ahora el hacinamiento, tener que compartir la cama con su madre y una tía, no le jode tanto. Y tiene los momentos solitarios en el patio, cuando está sentada, fumando, mirando la vela que se derrite, y se imagina otras Anabelas: Anabelas que nacieron en otras familias, que se enamoraron una vez y para siempre, que pudieron estudiar, Anabelas en casas blancas y grandes como las casas de las propagandas de la televisión. A la noche no hay muchos ruidos en el barrio, a veces sólo se oyen los motores de la fábrica de la  otra cuadra, que trabaja las veinticuatro horas, un rum rum rum constante, una caricia. Solo los domingos se calla y ahí el silencio puede volver loco a cualquiera. No le gusta salir al patio los domingos a Anabela, se siente más sola sin el rumor. Cuando la máquina funciona, ella se adormece y entra en un éxtasis en el cual le resulta más fácil soñar despierta, dejar que la mente divague y se vaya. Se imagina varias Anabelas, la Anabela que más le gusta imaginar es médica, y atiende nenitos enfermos de alguna enfermedad fea en un hospital y todos la quieren mucho, le hacen dibujos con corazones, que dicen TE QEREMOS MUSHO, con faltas de ortografía, y ella los lleva a su casa y los cuelga en una pared llena de otros dibujos. Esos nenes que Anabela imagina no lloran, no hacen berrinches, son nenes duros, sufridos, pero tiernos y ella les da abrazos y medicina y a veces los cura y otras veces no, otras veces los acompaña hasta que se mueren y consuela a los padres. En la vida que más le gusta imaginar, Anabela vive con un hombre, un hombre que no tiene cara pero que se parece mucho al galán de la novela que esté viendo, y ese hombre es bueno y la quiere y la cuida y no le pega. Y no tiene hijos, no tiene dos hijos adolescentes que apenas la miran y apenas la escuchan, y vive en la ciudad, en un departamento parecido al de la señora a la que le limpia los jueves, que es psicóloga y todo el tiempo está tratando de que Anabela le cuente cosas de su vida y cuando se las cuenta le pregunta por qué dice eso, y Anabela nunca le contesta, porque ella sabe lo que son los psicólogos y lo que hacen, que te quieren hacer decir cosas que no querés decir. A esa Anabela Doctora a veces le pasan cosas malas, dolorosas, pero siempre tiene los brazos de ese hombre para que no parezcan tan malas. Y mientras la cera de la vela se acumula hasta que el lado débil cede y las formas se empiezan a dibujar, Anabela piensa que también le hubiera gustado ser artista de televisión, por qué no, actriz de novelas y vivir en una mansión y tener esos perros tan chiquitos, blancos y peludos que tienen las famosas. Pero cree que no sería feliz, que toda la fama y el éxito la harían sentirse lejos de todo, así que vuelve a la otra Anabela, a la Anabela Doctora Que Ayuda, esa le cierra más, le gusta más. Viviría en un edificio con portero y el portero la trataría de usted y no la miraría de arriba abajo como los porteros de las casas donde limpia, en especial el de los miércoles que no la quiere nada porque la primera vez que la vio se le tiró y ella lo sacó carpiendo y el tipo se fue pero dijo NEGRA DE MIERDA, como para que ella lo escuchara. Y ella lo escuchó pero no dijo nada, era la primera vez que iba a esa casa y ya iba a tener problemas, con lo que necesitaba el laburo, qué iba a decir.

En esas vidas, y en otras piensa Anabela, que es un poco princesa de cuentos algunas veces, otras bailarina, otras jefa de de algo, otras maestra, y siempre vuelve a Anabela Doctora Que Ayuda, aunque una vez pensó que era pintora y eso también le gustó mucho. Y la vela se va consumiendo por el lado más débil, y ella la deja que se consuma e imagina formas esculpidas en la cera, hasta que la Anabela De Verdad le dice que es hora de ir adentro, de ver si todos duermen, si todos están bien, y dormirse, para seguir soñando con las otras Anabelas, las que no puede siquiera imaginar despierta.

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