la ansiedad es un monstruo tamaño pocket.

Lo quiero ya
TodoYaTodoAhoraTodoAyer.
Lo temo ya,
no espero que llegue,
para qué si no hace falta.
La ansiedad es un monstruo tamaño pocket
que se trae desde adentro, desde antes.
Nosotros los ansiosos
queríamos nacer temprano
y nos enroscábamos en el útero.
La ansiedad te acompaña
desde las noches de insomnio
antes de volver a clases,
al final del verano.
La ansiedad te acompaña,
durante los quince días
– o las tres semanas –
que te tocan de pedo.
En este país peronista
la ansiedad es la única
que no se toma vacaciones.
Puede ser un defecto simpático,
irritante pero simpático:
los que te quieren te pueden decir
‘mirá que sos ansiosa eh’,
cagándose de risa en tu cara
de tus nervios,
de que quieras todo ya,
ya mismo, ahora.
De que tengas miedo hoy
por lo que va a pasar algún día.
Se pueden reír de vos
mientras vos estás
como arriba de un fórmula 1
siempre a punto de irte a la banquina.
No te deja ni comer tranquila
te quemás la lengua,
no podés esperar a que se enfríe.
Cruzás antes del verde,
si total no viene nadie,
y vos tenés que llegar
a algún lugar donde seguro
no te necesitan tanto.
La ansiedad otras veces
es una pesadilla, una enfermedad, un suplicio
te laten la cabeza, el corazón, las tripas.
Sos candidata al alplax,
o a cualquier calmante del vademecum.
Llegás a pensar que podés convivir con ella:
la analizás, la domás, respirás mucho.
Y parece que funciona,
a vos te parece que funciona.
Ponés cara de que estás tranquila,
entonces va el cuerpo y te hace bum
y te dice la verdad, y vos
(que ya conocés a la ansiedad)
sentís que todo se te va de las manos
que no podés hacer nada
más que sentir la ansiedad,
que te gana como sea,
porque es antideportiva,
es mulera, le gusta
jugar con ventaja.
Es como si no hubiera otra cosa
en el mundo
que maquinar, que manijear,
que la certeza de la muerte.
Encima. A la vuelta. Acá nomás.

Nadie entiende tan bien
que no hay tiempo para nada
como nosotros, los ansiosos.

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